Droga, narcos y gatos encerrados
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La droga y el narcotráfico han crecido de manera notable. Cada tanto se conocen algunos procedimientos, pero son insuficientes. A nadie se le ocurren programas serios y posibles. Paso a paso los narcos parecen dominar la situación. Mario Alarcón Muñiz Es un asunto de consideración común y cotidiana. No hay jornada sin noticias, declaraciones o comentarios acerca del flagelo de la droga. Su crecimiento en nuestro país durante los últimos 20 años ha sido notable. No hacen falta estadísticas ni encuestas para comprobarlo. Unos más, otros menos, cada uno de nosotros lo sabe.Entre Ríos no es la excepción, todo lo contrario. Hace tiempo se creó en el Estado provincial una repartición pública específicamente dedicada al problema. La actual administración le otorgó mayor jerarquía. Sin embargo, la droga circula sin trabas y los narcotraficantes se mueven como en el patio de su casa. Si algo les molesta desenfundan, la emprenden a tiros en cualquier lugar y asunto concluido. Reclamarle a Mongo. Los que tienen que enterarse y tomar medidas, nada saben. O no lo quieren saber.Tanto el quiosquero como la señora que barre la vereda conocen -con la entendible reserva- quién vende droga en el barrio. La Policía nunca se entera. Claro que la distracción o el desinterés o la complicidad -vaya uno a saber- no son atribuibles sólo a la Policía.Un mes atrás, a raíz de un incidente en la vía pública, fue detenido en Paraná el conocido narcotraficante Elvio Caudana, que debía estar en la cárcel cumpliendo una condena, pero gozaba de arresto domiciliario "por razones de salud". Lo más grave es que al mismo individuo, hace dos años y medio, le otorgaron "salidas laborales". En eso estaba, seguramente, cuando en febrero de 2013 la policía lo sorprendió rumbo a Santa Fe a bordo de un automóvil de alta gama con 285.000 pesos encima. Era una "salida laboral", sin dudas. Volvió a la cárcel y luego a su casa, esta vez para "atender su salud", hasta la pelea callejera del mes pasado.El vecino común, pacífico, trabajador, se queja con razón: "Los que estamos encerrados somos nosotros". Y uno lo comprueba caminando las calles de cualquier ciudad al observar la cantidad, en aumento, de casas enrejadas Violencia en crecimiento Desde hace algún tiempo, probablemente en esta "década ganada", se ha impuesto entre las bandas de narcotraficantes la modalidad de resolver a los tiros sus rivalidades por dominios territoriales. Esto suele manifestarse en mayor medida en las ciudades más pobladas.Tanto en Paraná como en Concordia los enfrentamientos son frecuentes. Motivan más de una crónica, pero ninguna detención. Nadie sabe nada, salvo que por ahí se registre alguna víctima.En lo que va del año se han producido 34 homicidios en Entre Ríos, la mitad de ellos en Paraná, 9 en Concordia y el resto en otros lugares de la provincia. Es imposible -al menos para nosotros y probablemente también para las autoridades- determinar cuántos de esos asesinatos han sido motivados por el comercio de la droga.Es mínima la estadística si se la coteja con Rosario o Buenos Aires, pero debemos saber que en Entre Ríos hasta hace algunos años este problema era desconocido. Si algún homicidio se registraba respondía, por lo general, a cuestiones circunstancialesEl incremento de los niveles de violencia en nuestra sociedad actual, se debe a dos factores principales, según los estudiosos del tema: el consumo de drogas, incluyendo la necesidad de conseguir de cualquier manera recursos para adquirirlas y un malestar generalizado que deriva en intolerancia. De ahí los resultados que señalamos. Ni la escuela se salvaEn ciertos barrios de Paraná, las bandas de narcos no tienen horarios para enfrentarse. Antes solían hacerlo por las noches. En la actualidad, a cualquier hora. La ineficiencia policial es asombrosa. Y afligente, desde luego. Muchos vecinos aseguran que hay zonas liberadas, pues los patrulleros desaparecen.Un caso singular, demostrativo de la situación, es el del barrio Yatay, donde funciona la escuela María Auxiliadora. Las autoridades de la casa, con apoyo de la comunidad educativa, frente al peligro que entrañan las frecuentes balaceras, han implementado su propio sistema de seguridad. Consiste en colocar banderas en el acceso al establecimiento: verde si no hay riesgo alguno; amarilla si se debe circular con precaución y roja que significa no acercarse y volver a casa porque hay tiros en la zona.Cabe añadir, por si eso fuera poco, que el comedor de la escuela queda a tres cuadras de distancia. Cuando se presenta algún riesgo, los alumnos deben caminar hasta allí custodiados por un patrullero policial. Si no hay patrullero disponible se quedan sin comer.En varias escuelas del barrio Lomas del Mirador, las autoridades educativas tomaron medidas precautorias tan antológicas como las banderas del barrio Yatay, pero más baratas. Aconsejaron a docentes y alumnos que "cuando escuchen balazos se tiren al suelo". Cosas rarasA todo esto, no se conocen programas de gobierno tendientes a combatir el narcotráfico, asistir y orientar a los consumidores a cambiar de vida, contener la expansión del flagelo y elaborar planes preventivos mediante acciones organizadas de carácter cultural, educativo, deportivo y de salud. Interceptar cada tanto algún cargamento es bueno, pero no alcanza.Además, respecto de estos secuestros, suelen suceder cosas raras. Observemos, como prueba, el mayor secuestro de droga en lo que va del año. Lo realizó la Gendarmería Nacional el 11 de abril último en Santo Tomé, Corrientes. Interceptó un camión procedente de Ituzaingó con 6.137 kilos de marihuana. Destino: Paraná. ¿Curioso, no? ¿A nombre de quién? Detuvieron a los dos tripulantes del camión, que algo han de saber, pero todo es silencio en torno. ¿Dónde entregarían la carga? Han transcurrido tres meses y una semana. Nadie sabe nada. El profundo misterio sugiere que hay gato encerrado
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