Droga: ¿quién se hace el distraído?
A pesar de ser conocido y denunciado, el mal se expande sin que haya una reacción institucional acorde. La advertencia la hizo por este medio el obispo diocesano.
En realidad monseñor Jorge Lozano no ha hecho más que verbalizar una preocupación común entre los vecinos y las familias. Una preocupación, en realidad, que no es nueva.
El dato es que la droga existe en Gualeguaychú y hace estragos en las distintas capas sociales. Sin embargo, parece que el enemigo ya tomó la plaza sin resistencia.
Da la impresión que se despliega con impunidad, ante la permisividad de los controles estatales. Es decir ante la ausencia de una represión enérgica de los poderes públicos.
Los mismos jóvenes, blanco de este siniestro negocio, cuentan sin desparpajo quién, dónde y cómo se distribuye la droga. Señalan, por ejemplo, que el tráfico se suele dar en las cercanías de los colegios.
Hay vecinos que dicen conocer a los vendedores al menudeo. Algunos dan con lujo de detalles los lugares o locales donde tiene lugar esta comercialización ilegal. Los vendedores se mueven, al parecer, con relativa autonomía.
Frente a esta situación, la pregunta cae por su propio peso, ¿dónde están los organismos de seguridad y de justicia, en teoría los resortes institucionales para combatir este flagelo?
En este contexto, es fácil que se cuele la teoría según la cual la droga tiene poder para sobornar a quienes le hagan resistencia. Su poder de “persuasión” es muy eficaz.
Se sabe que los grupos y redes que trafican con ella tienen la capacidad de permear las estructuras institucionales y estatales. La corrupción aquí es parte del negocio.
Acaso una movida de la sociedad civil, como ya se insinúa en otras localidades, pueda generar presión –y en algunos casos despertar de la modorra- a las autoridades competentes.
No va a ser la primera vez que los ciudadanos peticionen ante la ausencia del Estado. Como sea, la cuestión institucional, o la falta de reacción de los poderes públicos, es sólo una parte del problema.
Al respecto, monseñor Lozano denunció que si los jóvenes van a la droga es porque los adultos están fracasando. Y no sólo porque promuevan el negocio o se desentiendan del asunto.
El prelado exhortó a un mayor compromiso de los padres. Habló de la necesidad de que promuevan más el diálogo intra-familiar. Los chicos y jóvenes, dijo, necesitan mayor contención afectiva y moral.
Los desbarajustes familiares están en la raíz de los males sociales. ¿Qué hace que un joven prefiera drogarse? ¿Experimenta así nueva sensaciones porque está aburrido?
¿Acaso ya perdió las ganas de vivir y entonces busca una falsa evasión? Por otra parte, las motivaciones cambian según la condición social. A veces los jóvenes pobres ven en la droga una salida a su falta de horizontes.
Mientras tanto, se sabe que el alcohol es la antesala de los estupefacientes. Y todas las encuestas locales indican un incremento exponencial de su consumo entre los jóvenes.
Aquí lo que pesa mucho es la cultura de los fines de semana. Parece que divertirse es emborracharse. Ésa es la consigna juvenil. Algo por otra parte perfectamente estimulado por los negocios de la noche.
¿Y qué decir de la venta de alcohol a menores?.
En suma, no se ven reacciones acordes a la problemática ligada a la droga. Por lo pronto, parece haber muchos distraídos.
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