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Duhalde pifió feo pero acertó en algo: la gente está podrida

No se crea que es fácil entender lo que pasa. En medio la pandemia que nos anoticia con 200 muertos y más de 10.000 contagios diarios. Porque justo en el peor momento, la política está en punto de ebullición. Atraviesa cualquier comportamiento y siembra más dudas sobre el futuro. Si hasta Duhalde derrapó feo agitando viejos fantasmas que la sociedad dejó atrás hace mucho tiempo.

Jorge Barroetaveña

Lo que dijo el ex presidente Duhalde no tiene gollete, diría mi tío. Nadie en su sano juicio puede pensar que los militares son una alternativa de poder en la Argentina. Lo llamativo es que el razonamiento, parte de la absoluta ignorancia de la situación de las Fuerzas Armadas hoy. La Argentina no es ni Chile, Brasil, Bolivia o Perú, países donde los militares siguen siendo un factor de poder más o menos determinante. En la Argentina, merced al trabajo meticuloso de todos los gobiernos, las Fuerzas Armadas están desahuciadas. Aunque quieran no pueden. De todas maneras, y es lo más profundo, a ninguna de las nuevas generaciones de militares en la Argentina le pasa semejante cosa por la cabeza. Nacieron y se criaron en democracia. Por eso agitar esos fantasmas es inexplicable y más en un hombre experimentado como Duhalde.

¿Qué lo llevó a decir semejante cosa? Sólo él lo sabe, aunque luego ensayó algunas explicaciones todavía menos claras. Es cierto sí, que la situación es grave y similar a la del 2001, algo que lo marcó como Presidente de la Nación. Lo debe enloquecer la falta de consensos y las rencillas permanentes entre el oficialismo y la oposición. Lejos quedó la concordia de la primera etapa de la pandemia. Casi como una película del pasado llegaron los comentarios del Presidente Fernández sobre la conversación con Macri de marzo, en la pre-cuarentena. La supuesta revelación de lo que le dijo el ex presidente, tampoco contribuye demasiado a recuperar la confianza de la relación entre las partes. Uno de los dos mientes está claro. O es sordo, en el mejor de los casos. Casi no importa, porque pelearse en medio de semejante tembladeral está más cerca del suicidio político que otra cosa.

Pero el Presidente parece haber abandonado definidamente la moderación a la hora de encarar los temas. ¿Se está pareciendo a sí mismo o a Cristina? Contestar esta pregunta es más cuestión de psicólogos que otra cosa. La opinión pública puede evaluar o analizar las actitudes del mandatario a partir de sus decisiones de gobierno y todo indica que es más lo segundo que lo primero. Eso quedó cristalizado con el proyecto de reforma que finalmente obtuvo media sanción en el Senado. El ruido que hay en la relación entre el Presidente y la Vice es fuerte, pero jamás llegará a la ruptura. Se necesitan mutuamente y los dos lo saben.

La iniciativa, rodeada de polémica, salió limpia de la cláusula Parrilli y sufrió algunas modificaciones, pero su espíritu quedó inalterable. Cristina no movió un dedo para defenderla en forma personal, pero la sacó lo más rápido posible del Senado. Puntualmente, unas horas antes de la media sanción, publicó un twit dejando asentado que esta no es ‘su’ reforma. Es que el tira y afloje con los gobernadores y sus senadores se volvió insoportable en los últimos días, algo de lo que ella estuvo al margen y dejó en manos de Massa y Máximo.

Justamente, estos dos últimos son los que tienen el termómetro de lo que pasa en Diputados. Ellos pidieron la borrada de la cláusula Parrilli y margen para sentarse a negociar con los mismos gobernadores. Los votos están ajustados y si la votación fuera mañana, no les alcanza. “No hay apuro”, sentenció el titular de Diputados hablando con una periodista el martes cuando le preguntaron por el tratamiento. Es que la reforma judicial, más allá del efecto práctico, es una asignatura política vital para el Presidente que debe hacer una demostración de poder y no puede darse el lujo de un “Vicentín II”.

A nadie cuerdo se le pasa por la cabeza una ruptura con Cristina. Sería imposible y abriría un abismo en el gobierno. Pero la autoridad presidencial necesita de mayor sustento y debe ser refrendada en los hechos. Las críticas del kirchnerismo a la Ministra de Justicia Marcela Losardo, son dardos que apuntan a lo más alto de la Casa Rosada. Losardo es Fernández. Lo saben bien.

En el interín la pandemia sigue suelta y ahora azotando grandes centros urbanos del interior y también ciudades más pequeñas que tampoco se salvan. El gobierno nacional luce resignado a esta altura a acotar los daños lo mayor posible y evitar que el sistema de salud colapse y eso termine con más muertos.

El punto llega en el peor momento, con una sociedad exhausta después de meses de cuarentena. Ni el estado de ánimo, ni los bolsillos soportan más encierro. Es el peor de los escenarios que nadie imaginó cuando esta historia arrancó en marzo.

Todo luce peor cuando las miserias aparecen. ¿Alguien cuerdo puede estar pensando en las elecciones del año que viene? En sus incoherencias, el ex Presidente Duhalde dijo algo cierto: en el 2001 la gente pidió que se fueran todos y no se fue nadie. Se quedaron, puntual y religiosamente. El enojo, dos décadas después es el mismo, aunque potenciado. La democracia sigue sin poder darnos de comer, curarnos y educarnos. Aunque nadie imagina una salida sin ella.

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