Ecos del 17 de octubre: cómo vivió Gualeguaychú el hito fundacional del peronismo
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Mientras la Plaza de Mayo se llenaba de trabajadores exigiendo la liberación de Perón, la ciudad tuvo su propia movilización masiva al día siguiente. Un repaso de las crónicas de 1945, de la llegada de las clases populares a la política y de la reacción opositora que reavivó una histórica fractura social.
Pocas movilizaciones obreras son tan recordadas en la historia argentina como la del 17 de octubre de 1945; una fecha que no sólo dio origen al movimiento peronista, que luego la recordaría como el Día de la Lealtad, sino que significó una irrupción activa de la clase trabajadora en la vida política del país.
Hacia finales de 1945, Argentina estaba gobernada por una dictadura militar iniciada con el golpe de 1943. Desde febrero de 1944, el general Edelmiro Julián Farrell ejercía como mandatario de facto. Dentro de ese gobierno, el entonces coronel Juan Domingo Perón había acumulado un gran poder ocupando tres cargos simultáneos: Vicepresidente, Ministro de Guerra y Secretario de Trabajo y Previsión.
Desde la Secretaría de Trabajo, Perón había impulsado políticas inéditas que beneficiaban directamente a los trabajadores, como el Estatuto del Peón Rural, los tribunales de trabajo, el derecho a las vacaciones pagas, el aguinaldo y un fortalecimiento de los sindicatos. Esto generó una fuerte alianza con la clase obrera, pero le valió un rechazo al interior de las cámaras empresariales, los partidos políticos tradicionales y los sectores más conservadores de las propias Fuerzas Armadas. Ante la presión de estos últimos, y temiendo que el poder de Perón fuera incontrolable, el 9 de octubre de 1945 una facción militar lo obligó a renunciar a todos sus cargos. Tres días después, fue detenido y trasladado a la Isla Martín García.
La noticia de su captura generó una profunda inquietud en los cordones industriales del Gran Buenos Aires, zonas como Avellaneda, Lanús, Berisso y Ensenada, así como también en distintas ciudades del interior. Desde abajo, los trabajadores gestaron una gran movilización para pedir por la libertad de Perón, principalmente los obreros de la industria frigorífica, metalúrgica y textil.
Aunque la Confederación General del Trabajo (CGT) había convocado a una huelga general para el 18 de octubre, las bases obreras se adelantaron. Durante la madrugada y la mañana de aquel miércoles 17, los trabajadores comenzaron a abandonar espontáneamente las fábricas; cruzaron el Riachuelo a pie, en camiones o improvisando puentes cuando la policía levantó los puentes levadizos, y marcharon masivamente hacia el centro del poder político: la Plaza de Mayo.
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Fue ahí cuando el gobierno del general Farrell se vio paralizado. La Plaza de Mayo y las calles adyacentes estaban desbordadas por una multitud pacífica pero firme, que exigía ver a Perón. La policía y el ejército se mostraron renuentes a reprimir, ya que el costo en vidas habría sido masivo y muchos efectivos simpatizaban con los reclamos.
Al comprender que habían perdido el control de las calles y que la única figura capaz de desmovilizar a esa masa era el propio Perón, el gobierno cedió. El líder fue trasladado desde el Hospital Militar (donde había sido llevado por un supuesto problema de salud) hacia la Casa Rosada. Cerca de la medianoche, salió al balcón para hablarle a la multitud, sellando una suerte de pacto de lealtad mutua y pidiendo a los trabajadores que se retiraran en paz, lo que efectivamente ocurrió.
A partir de este día, Perón pasó de ser un funcionario militar depuesto a líder indiscutido de un movimiento de masas, forzando al gobierno a convocar a elecciones democráticas para febrero de 1946, donde resultaría vencedor.
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El pulso en la ciudad: diarios divididos y la marcha del 18
Según el historiador Marcos Henchoz: “Los trabajadores en el interior del país siguieron con atención lo ocurrido en la capital, a través de los medios de comunicación y los telegramas gremiales. En Gualeguaychú, durante la intervención municipal de Capriotti, se realizaron reuniones, actos políticos y una marcha a favor de Perón, aunque esta se llevó a cabo el día 18. El periódico El Diario convocó a la marcha. El Censor continuó con su prédica antiperonista. El Argentino se mantuvo equidistante. La concentración de los trabajadores y adherentes fue en la intersección de las calles Del Valle y Pellegrini, a las 19:30. Tomaron esta calle hasta la 25 de Mayo y se dirigieron hasta la Rocamora regresando por Urquiza hasta el escenario central de Humberto Primo (hoy, Italia) y 25 de Mayo. Entre los oradores estuvieron Pedro Bachini (exdirector del diario El Argentino e integrante de la Federación Agraria Argentina), Roberto Massaferro y Alejandro Vela (dirigentes del radicalismo yrigoyenista). Si bien hubo algunas concentraciones menores el mismo 17, la movilización central, en diferentes localidades de Entre Ríos (Concepción del Uruguay, Concordia, Paraná, Gualeguay), fue el 18. Y, en algunos casos, el 19 como en Villaguay”.
La crónica de la movilización local publicada por El Argentino el 19 de octubre describe que los oradores hicieron alusión al momento político actual y a las conquistas sociales logradas en los últimos tiempos e incitaron al pueblo trabajador a mantenerse unido para asegurarlas: “Los oradores fueron muy aplaudidos y al terminar, la manifestación siempre guardando la mayor corrección, se disgregó por distintas calles. Según cálculos de personas entendidas, el número de concurrentes al acto superaba los mil”.
Por su parte, Henchoz también aportó el dato de que tanto la convocatoria como los activistas en Entre Ríos provenían de diferentes sectores sociales, económicos y políticos: “En Concordia jugó un rol importante el sindicato de empleados de Comercio. En Paraná, la oficina de la Secretaría de Trabajo y Previsión organizó la jornada. Mientras que, en Gualeguaychú hubo una base heterogénea, cuyos principales promotores fueron el radicalismo yrigoyenista y El Diario como herramienta de propaganda”.
De las “patas en la fuente” al estigma del “aluvión zoológico”
Si hay una postal que se volvió icónica de aquel día es la foto de “las patas en la fuente”, donde se ve a hombres, mujeres y hasta niños refrescando sus pies doloridos por caminatas de kilómetros en la Plaza de Mayo. Dentro de la construcción de la mística peronista, la imagen refleja el nacimiento del movimiento y la irrupción espontánea de los trabajadores y "descamisados" en la escena pública. Un emblema de la apropiación y conquista del espacio público por parte de una clase trabajadora antes invisibilizada (el "subsuelo de la patria sublevado"), marcando el inicio del Día de la Lealtad.
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Para los sectores opositores, en cambio, el 17 de octubre fue un evento traumático, y el gesto de los pies en la fuente fue interpretado de forma despectiva como la marca de la "barbarie" invadiendo los espacios tradicionales de la alta sociedad y el poder político.
Radicales, socialistas, comunistas y conservadores, agrupados en la Unión Democrática, junto con las clases medias y altas, interpretaron la movilización con asombro y rechazo. Acostumbrados a una política de corte institucional e intelectual, vieron en la irrupción de las masas populares una amenaza a las instituciones democráticas e incluso un acto de demagogia fascista. También una amenaza a sus privilegios económicos y su control de la esfera política. Desde la prensa opositora y la dirigencia tradicional se utilizaron términos despectivos como "aluvión zoológico" o "cabecitas negras" para describir a los trabajadores del interior del país y de los suburbios que habían ocupado el centro histórico de la ciudad.
El primero corresponde a una frase del diputado radical Ernesto Sammartino, cuando casi dos años más tarde se refería en la Cámara de Diputados a que las elecciones de 1946 y la llegada de legisladores peronistas: “El aluvión zoológico del 24 de febrero parece haber arrojado a algún diputado a su banca, para que desde ella maúlle a los astros por una dieta de 2.500 pesos. Que siga maullando, que a mí no me molesta”.
El término “cabecitas negras”, en cambio, tiene su origen en la nueva clase obrera industrial que surgió en los márgenes de Buenos Aires desde mediados de la década del 30’ y durante los años 40’. Estos trabajadores provenían en gran parte de zonas rurales del Interior del país, de poblaciones con un mayor componente de raíces indígenas y afrodescendientes, lo que a los ojos de las elites y burguesías nacionales contrastaba con el proletariado europeo que había ocupado las fábricas a principios del siglo XX.
Sociólogos como Alejandro Grimson, Mario Margulis y Marcelo Urresti sostienen que en Argentina el racismo y el clasismo están profundamente entrelazados. Para Grimson, cuando la industrialización atrajo masivamente a trabajadores del Interior, la élite y las clases medias urbanas no pudieron procesar esa visibilidad mediante sus categorías tradicionales, dando origen al estigma del "cabecita negra". De esta forma, ser "negro" en Argentina pasó a ser una categoría donde se fusionaron el color de piel (morocho, mestizo), la procedencia geográfica (provinciano o de países limítrofes) y la adscripción política y de clase (obrero, peronista).
De todos modos, el rechazo al contingente peronista no era nuevo. Algo similar había sucedido un siglo atrás con la experiencia de Juan Manuel de Rosas, quien había incorporado de manera activa a las clases populares rurales y urbanas, como los guachos y afrodescendientes. Tal es así que la oligarquía porteña, los sectores unitarios y las élites intelectuales (como la Generación del 37 de Sarmiento, Alberdi y Echeverría) calificaban a su gobierno como una "tiranía bárbara", y denostaban que el orden social dependiera del fervor de "la chusma" y los sectores subalternos.
Una fractura fundacional que perdura
La grieta que quedó al descubierto en aquella histórica jornada no hizo más que profundizarse y cristalizarse durante los gobiernos de Juan Domingo Perón y en las décadas posteriores. La vieja dicotomía de "civilización y barbarie" encontró una nueva y perdurable encarnación en la antinomia "antiperonismo-peronismo", estructurando desde entonces la identidad política argentina contemporánea. Mientras el peronismo en el poder institucionalizó su vínculo con las masas mediante la ampliación de derechos sociales y la centralidad del Estado, el antiperonismo consolidó una identidad cohesionada por el rechazo visceral a esa matriz popular, a la que siguió percibiendo como una anomalía autoritaria y demagógica.
Tras el violento derrocamiento de Perón en 1955 y a lo largo de los años de proscripción y resistencia, este antagonismo de clase (profundamente atravesado por los prejuicios raciales y culturales que nacieron en aquella plaza) dejó de ser una reacción coyuntural para convertirse en una cuestión permanente sobre la cual se edificarían los conflictos, las violencias y las disputas de sentido de la Argentina moderna.

