Opinion | Gualeguaychú

El acierto de confiar en el Poder Judicial (o en parte de él)

En medio del descrédito del Poder Judicial es posible advertir que se puede confiar en parte de él.

Julio Majul

Opinión

Desde que el menemismo instauró la horrible práctica de comprar jueces (y comprarlos en la forma más descarada, repartiendo sobres con dinero extra) el Poder Judicial está bajo sospecha. Y es razonable que así sea; ¿quién confía en alguien que acepta coimas?

Afortunadamente, no todos los jueces son lo mismo. En Gualeguaychú, por ejemplo, uno puede estar seguro de la buena fe de los jueces. Que pueden equivocarse, por supuesto, pero no interesadamente. Se equivocan igual que uno mismo, por supuesto.

Personalmente, confío en esta Corte Suprema que tenemos, y lo ocurrido en el caso “Amarras”, recientemente, muestra que es posible confiar en el Poder Judicial.

Claro: hay que estar dispuesto a esperar cuatro años y seis sentencias, como pasó en este caso. Pero si uno está seguro de lo que hace (todo lo seguro que se puede estar humanamente, digo, que no es todo); si uno está seguro de lo que dice, digo, y sabe que es una batalla importante para toda la ciudad, y en parte para tantos casos similares en la Argentina, por cierto; entonces, hay que confiar que en algún momento el Poder Judicial hará justicia.

Aquí tuvimos que esperar el fallo ejemplar del juez Arnolfi, el rechazo del Superior Tribunal provincial por motivos de forma; el fallo ejemplar del juez Portela, la anulación por el Superior Tribunal por motivos formales; el fallo ejemplar de la Corte Suprema de la Nación, y la aceptación por parte del Superior Tribunal, que al fin no pudo hacer otra cosa.

Tanta espera, de casi 1.500 días, valió la pena.

Esperemos que esto sirva para que más gente se atreva a poner la cara por lo que cree justo y lo intente. No todos saldremos bien, porque muchas veces uno cree tener la razón y no la tiene, pero es mejor intentarlo, que no. Se sabe: batalla que no se da, se pierde.

Y este pensamiento no es sólo mío, sino de los colegas que me acompañaron, ante todo de Selva Cecina y Luis Leissa, que estuvieron desde el primer juicio hasta el final; pero también de quienes apoyaron, trabajaron y empujarnos en la medida de sus posibilidades, como por ejemplo Juan Ignacio Weimberg, Ana María Angelini, Natacha Crimella; en ellos simbolizo a todos los que ayudaron, que no es posible recordar pero fueron varios más.

Y lo que nos enseña este final feliz es, creo, fundamentalmente, que hay que luchar por lo que se cree.

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