El camino no es el atajo de la fuerza
La conmoción social provocada por los saqueos, que ya costó vidas humanas, lleva a preguntarse sobre la fascinación argentina por la acción directa como única razón.La creencia de que las cosas se pueden conseguir por la fuerza, anulando las normas de convivencia, y alterando la vida pública, está arraigada en la conciencia de muchos argentinos.Algunos conectan esta idea con el hecho de que en esta parte del mundo nos vinculamos a la política a través del pensamiento mágico: pensamos que el bienestar debe llegar de golpe, desde arriba, y no es producto del continuo esfuerzo o de la búsqueda progresiva.Aunque visto en otro plano, cabría postular la existencia de una matriz política autoritaria e intolerante, que es el telón de fondo que explica de algún modo la violencia entre nosotros.José Ortega y Gasset, al explicar la aparición del fascismo de masas en Europa, en la primera parte del siglo XX, alertaba sobre la supresión del diálogo social y la mediación institucional, propia del régimen republicano, por otro en el que se va "directamente a la imposición de lo que se desea"."La forma superior de la convivencia es el diálogo en que se discuten las razones de nuestras ideas", recordaba el español, ante la asunción de un poder omnímodo que decretaba que sólo él tenía razón.Esta cultura política, decía, termina inoculando en la sociedad la "acción directa" como único medio de intervención, desconociendo así la coexistencia plural bajo normas, que es la esencia de la democracia republicana.Toda realidad ignorada prepara su venganza. Despreciar la ley que regula la convivencia cívica no es gratis: genera las condiciones para que cada quien, individuo o grupo, imponga su voluntad.La violencia en Argentina es tributaria del autoritarismo, la exaltación de la homogeneidad cultural e ideológica y la intransigencia sectaria. No es casual, en este sentido, que entre nosotros no haya cuajado el Estado de Derecho, el gobierno de la ley.Los gobiernos de facto, y las prédicas ideológicas contra la "democracia formal", llenaron de descrédito la noción de una convivencia reglada por las instituciones republicanas.De hecho en el pasado la organización nacional, que debía poner fin a las guerras civiles, fue una empresa ardua. Los constituyentes del ´53, que fraguaron el orden jurídico, proclamaban que la felicidad sólo era posible en un contexto de paz y de sometimiento a la ley.Hoy la realidad es opaca, no permite distinguir con claridad las causas que operan detrás de la violencia en la Argentina, más allá de que sepamos que anida en esa matriz cultural de largo plazo.¿Acaso habría que descartar la pervivencia de la violencia política, protagonizada por grupos que estarían dispuestos a llevarse puesto el orden legal y la convivencia republicana, para acceder y controlar el poder?.Los sociólogos, en tanto, dicen que ha surgido un nuevo tipo de conflictividad, que arraiga en los excluidos sociales. Aunque no son reclamos que cuestionan el orden social, pueden materializarse en una violencia que cuestiona la convivencia.Paralelamente, existe la violencia delictiva, que está hoy en el centro de las preocupaciones ciudadanas, y tiene sus raíces en el deterioro de la sociedad y el Estado.Probablemente uno de los grandes desafíos de la institucionalidad democrática en la Argentina sea conjurar la tentación de la fuerza y la violencia. Para que el conflicto no se desmadre y se tenga que lamentar la pérdida de la paz social.
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