El comercio ilegal y la herencia colonial
El comercio ilegal en la Argentina facturaría 33.000 millones de pesos anuales, es decir 4 puntos del PBI. Esta práctica empalma, en realidad, con una costumbre que se remonta al virreinato.Días atrás, en Salta, durante un encuentro de entidades empresariales del norte argentino, se denunció el comercio ilegal y la falta de voluntad política para evitar el contrabando, el mercado negro y la evasión.El diagnóstico es que este fenómeno en expansión está derrumbando pymes y empleos en la economía formal. Quién lideró la queja fue el titular de la Confederación de la Mediana Empresa (CAME), Vicente Lourenzo."Hoy el comercio ilegal factura en el país no menos de $33 mil millones anuales, un monto que equivale a 4 puntos del PBI y que supone un volumen de evasión cercano a los $14 mil millones. Estas descomunales sumas se relacionan con la actividad de al menos 54.000 puestos de ventas ilegales que facturan entre $45.000 y $60.000 por mes", puntualizó.El presidente de la Cámara de Comercio e Industria de Salta, Daniel Zózzoli agregó: "El contrabando y la evasión desfinancian al Estado; y los organismos de control y recaudación, en lugar de contrarrestar el comercio ilegal, ejercen cada vez mayor presión fiscal sobre las empresas legalmente registradas. Así, se derrumban cada vez más pymes y puestos de trabajo".De hecho el país cuenta con la feria ilegal más grande de América: La Salada, cuyas ventas superan la facturación que tienen en conjunto todos los grandes centros comerciales de la Argentina.Ubicada a orillas del Riachuelo, con una superficie de 20 hectáreas, la fama de La Salada ya trascendió las fronteras: la Unión Europea la declaró como el mercado ilegal más grande del mundo, superando incluso a Ciudad del Este (Paraguay).Durante 2009 las ventas en este mercado informal movieron cerca del doble de dinero que los shoppings: casi 15.000 millones contra 8.500 millones de los centros comerciales (según datos del Indec).Al margen de la significación económica del comercio ilegal, conviene detenerse en este fenómeno cómo síntoma social de un país cuya anomia es constitutiva y viene de lejos.Desde el Virreinato la costumbre entre nosotros ha sido encontrar resquicios para impedir que la ley se cumpla. La decisión de la monarquía de cerrar el puerto de Buenos Aires fue, por paradoja, el acicate que transformó al Virreinato del Río de la Plata en el mayor centro de contrabando de la época.Contrabando a cambio de los frutos de la tierra: ésa fue la ecuación económica que marcó a este país en sus inicios. "Todas las clases sociales -escribe el historiador Juan Agustín García- encontraron más cómodo sacudir el yugo de la legalidad".Las implicancias de esta ruptura, asegura García, fueron vastas: "Las nociones de lo bueno y de lo malo, del derecho y la justicia se confundieron fácilmente en las almas semisalvajes de los proletarios campesinos y urbanos: la ley fue la voluntad del patrón, y el primer deber, la fidelidad".El monopolio español, en suma, creó una cultura en la cual para enriquecerse y ascender había que violentar la norma. Las relaciones de poder, en este contexto, se enmarcaron en el abuso y el favoritismo.Hay ensayistas que aseguran que este ethos criollo está en las antípodas del que poseían los colonos de América del Norte, donde el protestantismo aportó una ética para los negocios.Benjamín Franklin -uno de los padres fundadores de Estados Unidos- sostenía en sus textos que la moralidad es útil porque proporciona crédito, al igual que otras virtudes.La cultura del contrabando, fraguada en el Virreinato, sigue campeando entre nosotros.
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