El conurbano y el negocio del poder
Al diseño poblacional de la Argentina no lo dicta la geopolítica, sino la necesidad egoísta de su clase política. La existencia del conurbano bonaerense es la prueba palmaria.Producto histórico de la emigración interna de los provincianos -dentro de la matriz inalterable del modelo unitario- ese territorio concentra la zona urbana más importante del país.Allí viven, aproximadamente, 12 millones de personas, repartidos en municipios que por sí solos superan en habitantes a algunas provincias.El de La Matanza, por caso, alberga más población que Entre Ríos. De ahí que los intendentes de estos distritos sean de hecho virtuales minigobernadores.El conurbano bonaerense, en suma, es un producto contra-natura en un país des-vertebrado, que aún no ha conquistado su espacio geográfico, cuyo interior sigue vacío.Paralelamente allí predomina una población empobrecida, con escasa educación, falta de trabajo y que vive en condiciones de hacinamiento.En realidad, el conurbano no es un problema de la provincia de Buenos Aires: es un problema nacional. Por donde se lo mire es un drama: social, político e institucional.En efecto, es un territorio gobernado por poderes oscuros, informales, muchos de ellos vinculados al delito y la droga. Es el imperio de las mafias y los lobbies enraizados con el poder político y judicial.De hecho los minigobernadores del conurbano tienen fama de gestionar como padrinos o jefes cuasi-mafiosos. Es aquí donde hace sus delicias el modelo clientelista y populista de la clase política argentina.El conurbano ha sido y es donde se definen la política y la economía de la Argentina. La zona subió su cotización desde que la reforma constitucional del '95 consagró la elección presidencial por voto directo y distrito único.El distrito representa el 23% del padrón electoral, de suerte que quienes tengan acceso y control relativo de esos votos poseen una ventaja clave. Ni hablar de la importancia estratégica de reclutar a los barones políticos de la zona.No es casual que cada vez que se acerca una elección, todos miremos al conurbano bonaerense. Por eso no hay que engañarse: en la política son muchos los interesados en mantener este negocio funcionando.El caso de los K ha sido paradigmático. Su progresismo verborrágico no pudo disimular su pacto con los barones del conurbano (al que un ideólogo kirchnerista, de Carta Abierta, llamó alguna vez el "corleonismo").Aunque la progresía derrapó en eso que dio en llamar la "madre de todas las batallas", es más que elocuente que insista en mantener la lealtad de los minigobernadores.Dicen que los K pretenden conservar los votos obtenidos en el conurbano, con vistas al 2011. No son tontos: casi 1 de cada 4 votos del país esta allí, por lo cual el distrito juega un rol decisivo al momento de elegir presidente de la Nación.El distrito, solo, equivale a los votos sumados de Córdoba, Santa Fe y Mendoza. A su vez, el municipio más populoso del conurbano, que es La Matanza, tiene tantos votos efectivos como la suma de los de las 6 provincias más chicas.También es clave para elegir gobernador bonaerense, si se piensa que el conurbano representa el 60% del padrón electoral provincial, y el interior el 40% restante.Corolario: el negocio es mantener el conurbano como polo de atracción de votantes y como mecanismo para controlar el poder. Aquí reside la maquinaria política que sostiene a los habitantes de la Casa Rosada.¿Y el drama humanitario del conurbano? ¿Y los sueños de un país federal, demográficamente vertebrado? ¿Y la política para detener el éxodo de los provincianos?¡Es el poder, estúpido!
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