Editorial |

El deporte puede ser una escuela de valores

En la actualidad el deporte se ha convertido en un suceso de indudable importancia sociológica y política. Pero no debe perderse de vista que su práctica tiene un enorme poder formativo en las personas. Llama la atención el deporte como el más grande espectáculo de masas de nuestros días. Con su enorme poder de convocatoria, reúne multitudes inmensas en sus escenarios. Es tal el ascendiente y la adhesión que provocan los eventos deportivos que hay sociólogos que suscriben la tesis que se está en presencia de la nueva “religión de las masas”, en tanto los estadios son verdaderos “templos” donde se congregan “creyentes”. El escritor Mario Vargas Llosa, por caso, coloca al deporte dentro de la civilización del espectáculo. Es decir en un mundo donde el primer lugar en la tabla de los valores vigentes lo ocupa el entretenimiento, y donde divertirse, escapar del aburrimiento, es la pasión universal. Esto se echa de ver, sobre todo, en el fútbol, un fenómeno de masas que congrega muchedumbres y las enardece en algunos casos hasta al paroxismo. El juego del balompié sobrepasa, como fenómeno social, a mitines políticos, procesiones religiosas o cualquier evento ciudadano. Ahora bien, esto no significa desconocer el valor humano del deporte, al cual los griegos de la antigüedad consideraron parte esencial de la educación, con capacidad para formar el carácter de los individuos. Para el filósofo Platón los deportes eran una parte esencial de la educación integral. Llegó a escribir: “La educación es el arte de conducir al niño por los caminos de la razón. Su deber consiste en fortalecer el cuerpo tanto como sea posible y en elevar el alma a su más alto grado de perfeccionamiento”. La perfección humana, creían los griegos, se logra cuando se alcanza una mente sana en un cuerpo también sano. Observado desde este punto de vista, el deporte aparece como un medio de primer nivel para la formación de los individuos. En efecto, si un jugador crece y se desarrolla bajo determinados valores, es probable que esos atributos sean trasladados y aplicados en su vida social y familiar. Se ha convertido en un tópico de época la idea de que vivimos en plena crisis de valores. De que la juventud actual no encuentra referencias claras, objetivos transparentes, metas positivas. En la sociedad, además, se ha instalado con fuerza la adicción a distintas sustancias prohibidas, el sedentarismo, la abulia, los problemas escolares, el fantasma de una adolescencia descontrolada. La cultura del deporte aparece, así, como un antídoto en un contexto de crisis de valores. Hacer deporte, además, contrarresta algunas tendencias contemporáneas negativas que conspiran contra el desarrollo de los más jóvenes. Hay estudios que indican que la práctica del deporte bien orientada permite que los niños y jóvenes adquieran hábitos y valores que de otra forma sería difícil asimilar, como por ejemplo el trabajo en equipo, el afán de superación, el respeto de las reglas de juego, y la idea de que las cosas de consiguen con entrenamiento y disciplina. De lo que se trata, obviamente, es de encuadrar el ejercicio físico dentro de un marco ético, con fines formativos. Es decir dándole al deporte una dimensión pedagógica, como enseñaron los griegos en Occidente.

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