El desafío del diálogo en la sociedad plural
En las sociedades contemporáneas no rigen las unanimidades ideológicas y políticas. Es verificable en ellas un fraccionamiento de pareceres que obliga, inexorablemente, a ejercer el diálogo para preservar la convivencia social. Perece quedar lejos, entonces, aquella identidad simbólica y emocional en torno a la cual un conjunto de seres se consideran formando parte inescindible de una totalidad.Ese imaginario "unanimista", esa unidad del todo social como reflejo de un mismo pensar y sentir, pudo haber alimentado los regímenes totalitarios del pasado, como el nazismo, fascismo o comunismo.A lo largo del siglo XX, en efecto, la existencia de distintas formas autocráticas de gobierno pretendieron, con distinto resultado, erigirse en la única representación política y social posible a partir de una concepción ideológica determinada que frecuentemente presumían de autosuficiente.Pero desde hace décadas esa representación de lo social con sentido unitario ya no refleja las condiciones actuales de la sociabilidad humana, más allá de los intentos de algunos regímenes de implantar una sola ideología a la fuerza.En plena era de la globalización, las sociedades ya no aceptan unanimidades porque su trama plural no las resiste. Lo "pluralista" hace referencia a la multitud de grupos que sienten y piensan distinto, remite a la diversidad ideológica y política como rasgo distintivo.La pregunta que cabe al respecto es: ¿cómo se gestiona, en este contexto diversificado, la convivencia social? O también: ¿cuál es la cultura política que encaja con el orden social plural?La pretensión de querer imponer una sola versión ideológica, como en el pasado, instalando una suerte de dominación total sobre el sistema social, luciría por lo pronto impráctica cuando no trasnochada.Un modelo que postule una verdad única, una especie de absolutismo político irrefutable, a la manera de los viejos imaginarias unanimistas, equivaldría a no reconocer la "otredad", es decir la existencia de aquellos que piensan distinto.¿No sería eso, a la luz de la sociedad abierta y plural, caer en una postura reaccionaria, en el sentido de ir a contramano de la historia?A decir verdad, sólo desde el fanatismo, es decir desde una visión a prueba de discusión y crítica, con una fe casi ciega, se podrían pretender hoy unanimidades imposibles.Por el contrario, en las sociedades pluralistas, y como postula el politólogo italiano Norberto Bobbio, lo que cabe es el diálogo, que se relaciona inevitablemente con la existencia del otro, de la contraparte como interlocutor.De esta manera, la actividad política se sitúa en un espacio público en donde los ciudadanos pueden encontrarse, intercambiar opiniones y confrontar sus diferentes puntos de vista, buscando una solución consensual.Aquí la política no deviene en religión - ni el dirigente político se erige en jefe mesiánico de una secta, ni el que profesa otra idea es un "hereje"-, sino que es un ejercicio racional tendiente a encontrar puntos de acuerdo a través del diálogo.Dice Bobbio: "La fe en la razón quiere decir confianza en la discusión, en los buenos argumentos, en la inteligencia que dirime las cuestiones obscuras, en contra de la pasión que las hace incluso más turbias y en contra de la violencia que elimina desde el inicio la posibilidad del diálogo".El diálogo en la sociedad plural puede ser considerado, entonces, un deber ético-político del conjunto de los ciudadanos.
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