El desafío del país más occidentalizado de Asia
Tras la bomba atómica que produjo su rendición incondicional, a mediados del siglo XX Japón hizo un viraje extraordinario. Durante años no se habló más que de su "milagro económico".Los sueños militaristas y nacionalistas del Imperio del Sol Naciente -que había estrechado lazos con los regímenes totalitarios de Europa- se hicieron añicos en Hiroshima y Nagasaki.Desde entonces el afán expansionista japonés -humillado bélicamente- se trocó en pasión por la reconstrucción de un país devastado. Pero acaso el giro más decisivo fue de carácter político-económico.Japón se orientó decididamente hacia Occidente. Dejó atrás el culto divino del Emperador y aceptó las reglas de juego democráticas, reestableciendo un sistema de gobierno parlamentario.En el plano económico, abrazó fervientemente el capitalismo, produciendo una revolución de su estructura productiva, que en poco tiempo hizo que el pueblo japonés gozara de un nivel de vida como jamás hubo disfrutado antes.Para algunos analistas todo esto se debió a la nueva alianza estratégica en la región entablada con la potencia del mundo, Estados Unidos. Con ayuda norteamericana, Japón devino en modelo de prosperidad en Asia.La transformación fue prodigiosa: un país arruinado por la derrota bélica, se levantó en muy poco tiempo. El ascenso, en gran parte, se debió al carácter japonés, mezcla de estoicismo y disciplina colectiva.La literatura de todos estos años, en Occidente, versó sobre este milagro y las virtudes de la nueva potencia emergente en Asia. Sin embargo, a Japón le ha salido un competidor regional.La información es que después de 42 años siendo la segunda economía del mundo, cae un escalón para ceder esa posición a China. Es una cuestión de tamaño: mientras el PBI de Japón asciende a 5,47 billones de dólares, China subió a 5,88 billones.Pero el gobierno japonés salió a minimizar esta cifra, alegando que nada dice del desarrollo de ambas sociedades. Y esto porque el PBI per cápita japonés "sigue siendo unas 10 veces superior al de China", explicó.Más allá de esta competencia económica con su enemigo íntimo (China), la sociedad japonesa atraviesa un problema que tiene preocupada a su elite gobernante: el envejecimiento poblacional.La imagen que se tiene es que en Japón hay mucha gente en poco espacio. Lo cual es cierto: la densidad de población es de 339,5 habitantes por kilómetro cuadrado (en Argentina la densidad media es de 14,4 hab./km², sin considerar la superficie reclamada de la Antártida Argentina e Islas del Atlántico Sur).Sin embargo, el problema más acuciante es la baja tasa de natalidad y el envejecimiento acelerado. Dado el estándar económico alcanzado, Japón posee uno de los más altos índices de esperanza de vida en el mundo.Cada vez hay menos jóvenes y los que quedan no tienen intenciones de traer hijos al mundo. La situación es de tal gravedad, que hay demógrafos que vaticinan que la actual población, 127 millones, disminuya a 100 millones para el 2050, y 60 millones para el 2100.En el banquillo de los acusados se encuentran los "bankons" (matrimonios tardíos), el aumento espectacular de la soltería y el constante descenso desde 1990 de la procreación en las parejas casadas.Para Junko Sakai, autora del best-seller "Disminución de la natalidad", la bajada brutal de los nacimientos son el reflejo de la individualización creciente de la sociedad japonesa.Frente a la catástrofe, el gobierno adoptó en 2003 una ley llamada "ayuda al desarrollo de las nuevas generaciones" con el fin de "dar nueva ganas de tener hijos".
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