El día que nos demos cuenta que somos pobres, volveremos a ser ricos
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Es una carrera contra el tiempo. El presupuesto, que debaten a mano alzada la Nación y las provincias, vuelve a ser la madre de todas las batallas. Los que ganan, los que pierden y los que nunca ganan ni nunca pierden. Se mezclan por ahí, haciéndose los disimulados. Afuera la economía vuela. La inflación podría llegar al 45% y la industria trabaja a la mitad de su capacidad. Es la recesión macho. Jorge Barroetaveña El temor a la guadaña lo tienen todos los que gobiernan. En el 2001, el filo se llevó puesto sólo a De la Rúa pero los gobiernos de provincia zafaron en medio de la debacle. En Entre Ríos campeaban los bonos y los jubilados tuvieron que esperar meses para cobrar. Algo se quebró, que nunca se pudo recuperar. El sistema crujió hasta que se rompió, pero los pedazos siguen desperdigados por todos lados.Se equivoca aquel que piensa que el sistema pudo recuperarse de aquel golpazo. Todavía camina en muletas y cuando, anda a los tumbos. Por eso la debilidad institucional implícita y las crisis recurrentes. Siempre fue lo más fácil echarle la culpa a los de afuera. Alguna vez fue Europa, otra Estados Unidos, otra el Fondo y los organismos internacionales, pero nunca somos nosotros. Hay siempre una excusa al alcance de la mano para autojustificarnos y evitar mirarnos al espejo.La negociación que lleva adelante la Nación con las provincias tiene todos los condimentos. Mientras unos peronistas le piden al Fondo que no le preste más plata al gobierno de Macri, otros por otra ventanilla pero el mismo mostrador, piden más plata para compensar el ajuste. Todos saben que hay provincias donde el peso del empleo público es clave, no sólo para la actividad económica, sino también para mantener el poder de los que lo detentan. Pasan los días, años y décadas y esa estructura no sufre modificación alguna. La pobreza crece, tanto como la dependencia de un sueldo del Estado, en cualquiera de sus múltiples formas. La actividad privada, en tanto, cualquiera sea su tamaño, queda al arbitrio de los vaivenes económicos y de los que suelen tomar decisiones sin pensar en el hombre de a pie.El pequeño y mediano productor, el que tiene un tambo, un comercio o una pequeña fábrica de macetas, son una hoja a merced del viento y los humores de los gobiernos de turno que suelen engrosar su influencia sumando gente al estado, muchas veces en los lugares donde es menos necesario.Es entendible el debate sobre la reducción de ministerios, sobre la importancia que cada gobierno le adjudica a sus temas y por extensión, a sus prioridades. Pero no somos un país rico. Podemos tener riqueza pero hoy, uno de cada tres argentinos es pobre. Si la tenemos no la supimos administrar, ni siquiera multiplicar. ¿Podemos tener entonces una estructura de país rico? ¿Podemos darnos el lujo de tener ministros, secretarios, subsecretarios, directores y cuantos nombres aparezcan solo para decir que le damos prioridad a la educación o a la salud? Esa prioridad no pasa por las estructuras jerárquicas, pasa por las asignaciones presupuestarias y lo que se invierte a través de ellas. El debate es el mismo para los tres poderes del estado, que se niegan rotundamente a ajustarse o, lo que es lo mismo, a asumir que somos pobres y no ricos.El proyecto de presupuesto entrará al lunes al Congreso y nadie puede asegurar lo que sucederá. Durante el fin de semana arderán orejas y teléfonos por las negociaciones entre la Nación y las provincias para ver quién paga la menor parte de la cuenta. El acuerdo con el Fondo, el segundo en cuatro meses, teclea al son de lo que pase en el Parlamento y los mercados miran de reojo hasta dónde llega el margen de acción del gobierno. La pulseada con los mercados es cotidiana y todo parece haberse reducido a ver lo que escupen las pizarras de la city. Es el pulgar del César, para arriba o para abajo. Y así no se puede.Algún delirante, de esos que tampoco faltan, lanzó la idea de una nueva convertibilidad, sin recordar cómo terminó y suponiendo que una moneda se puede cambiar de un día para el otro. Afuera, siempre afuera, en la calle, campea una mezcla de excepticismo y desesperanza. Algunos se aferran a las crisis regulares que se llevan puesto medio país y después resurgimos como el ave fénix, pensado quizás que no queda gente de carne y hueso en el camino que nunca más puede recuperarse.Habría que preguntarse hasta dónde está cada uno de nosotros dispuesto a dar por un futuro que no veremos. Quizás lo vean nuestros hijos (con suerte) o nuestros nietos. Hasta dónde estamos dispuestos a sembrar en esa tierra arada, sin echarnos la culpa unos a otros, ni vivir mirando el espejo retrovisor. Algún día dejaremos de lado la cultura buchona de revolver en los placares ajenos, nunca en los propios, a ver qué encontramos para desacreditar. O para descalificar, algo a lo que somos tan afectos.Mientras tanto, "en Ciudad Gótica", Batman en su cueva sigue pergeñando como hará para atrapar al "pingüino". O seguir jugando el juego que a los dos les conviene. Hay algo que pocos recuerdan: en la cubierta del Titanic la orquesta tocó hasta el final sin que nadie se diera cuenta.
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