El dilema es cómo se ejerce el poder
El entuerto institucional desatado por el gobierno, el verdadero "quilombo" (en palabras del ministro Boudou) por las reservas, tiene su causa eficiente en un estilo de gobierno.El jefe de Gabinete ha bautizado a la actual crisis "la Resolución 126", asociándola al conflicto con el campo, en un verdadero acto fallido.En ambos episodios, en efecto, el Ejecutivo operó con idéntica lógica. Sobre la base de la mecánica amigo-enemigo, desplegó la voluntad de poner de rodillas al disidente, presentándose como salvador de la patria.El kirchnerismo es un subproducto acaso tardío de una cultura del poder arraigada en la Argentina, a la cual le es ajeno el principio republicano del imperio de la ley.Es una versión recargada de la matriz autocrática criolla que endiosa la voluntad del líder, al que se inviste de facultades extraordinarias, al punto que puede tomar las decisiones que mejor le plazca, sin tener que someterse a límites.Es una concepción absolutista del poder según el cual el orden social, en lugar de emanar de la diversidad humana de los individuos, tan aleatoria, debe ser reflejo del deseo del gobernante de turno.Esta exaltación de la suma del poder público se alimenta del mesianismo, es decir la pretensión de una minoría que se cree y se presenta como salvadora de la patria. Y que reclama para sí, en virtud de este monopolio del bien y de la verdad, que la dejen gobernar sin trabas.No es casual que la sociedad argentina, de última cómplice de esta cultura política, se haya caracterizado por aguardar al "hombre providencial", a aquel llamado por la historia a resolver la crisis crónica.A esta patología política Guillermo 0'Donnell, el académico argentino que enseña ciencias políticas en la Universidad de Notre Dame (Estados Unidos), le llama "democracia delegativa".Un concepto antitético de la "democracia representativa", de la que habla nuestra Constitución, y que rige en sociedades avanzadas. La versión delegativa, dice en un reciente escrito, "supone que el hecho de su elección da al presidente/a el derecho y deber de decidir lo que mejor parece para el país"."Para ello toda otra institución representativa o de control es un impedimento que debe ser controlado o colonizado en todo lo que la relación de fuerzas existente permita al presidente".Por lo general, dice O 'Donnell, los líderes delegativos suelen surgir de una severa crisis, que produce un generalizado anhelo de que surja un poder político capaz de resolverla.Algunos de estos gobernantes tienen éxito en aliviar la crisis, y concitan apoyos sociales. Durante este trayecto, "se dedican tesoneramente a subordinar al Congreso y al poder judicial", así como toda institución de control.El poder se basta a sí mismo. "Las decisiones son abruptas, inconsultas y tomadas con un pequeño círculo de colaboradores a los que se exige lealtad absoluta", señala el politólogo.Pero los problemas (viejos y nuevos) del país, cuya resolución requiere instancias institucionalizadas, consultivas y de participación, ponen en crisis ese estilo de gobernar, lo cual es "garantía de comisión de gruesos errores".En este contexto, "los autoproclamados salvadores de la patria no cesan de recordar la crisis precedente y amenazar que sin ellos se retornará a una crisis aún peor".No sólo eso. Los presidentes delegativos no retroceden. Al contrario, redoblan la apuesta, alegando que los problemas son creados por los mismos "poderes ocultos", de los cuales esos presidentes nos salvaron, entre los cuales militan todos los disidentes.De esta manera, se instala la opción maniquea "ellos o nosotros", que ha ensombrecido la historia del país.
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