El dilema escolar: ¿el alumno está o no está?
La literatura pedagógica de este tiempo suele girar en torno a la aporía de la ausencia psicológica y simbólica del alumno en el aula.Se diría que ahí reside el problema existencial de la escuela.La pregunta podría formularse en estos términos: más allá de la presencia física del alumno (y de la cantidad de la matrícula), ¿acaso no es alguien que está ausente espiritualmente?El lamento del sistema alrededor de la apatía, el desinterés, la resistencia militante a la educación formal, que tienen los alumnos, es el síntoma más dramático del problema.Un problema que, bien mirado, pone en jaque a todo el sistema educativo. Por una razón muy simple: sin sujetos del aprendizaje, sin alumnos, la escuela pierde todo su sentido, toda su razón de ser.Un ejemplo de cómo los especialistas en educación están obsesionados por el tema lo refleja el artículo aparecido ayer en el diario Clarín, con la firma de Cristina V. de Palacios, psicopedagoga y Secretaria Científica de la Sociedad Argentina de Psicología Médica del Matrimonio y la Familia, Asociación Médica Argentina.La nota escarba sobre los dilemas que atraviesa el secundario. Parte del dato de que las consultas por problemas de aprendizaje en los alumnos y por reorientaciones vocacionales, se multiplican.También del hecho, constatado empíricamente, de que frecuentemente los jóvenes de hoy no "disponen de las estructuras necesarias para poder aprender lo que se les pide".El otro punto, no menos importante, es que los adolescentes no sólo cuestionan el "saber" de los que enseñan. Tampoco están en actitud psicológica para dejarse enseñar.Palacios se alarma, al respecto, del eclipse de la figura del adulto (representado en la escuela por el docente), quien no es reconocido como tal por el adolescente.Este último no ve en aquel a alguien que "lo va a escuchar, lo va a acompañar, lo va a guiar, lo va a motivar, le va a facilitar el camino; en suma, lo va a educar".Encima, aclara, "muchos adultos piensan y sienten como adolescentes, más allá de su edad, y tratan de aprender de la 'sabiduría' de los adolescentes, adhiriendo a quienes proponen a los jóvenes como modelo social".Paradoja inquietante: si los adolescentes son los modelos a imitar, y su sabiduría es algo que emana como un don del Espíritu Santo, ¿para qué se quiere la escuela, entonces?En todo caso, habría que invertir la ecuación y proponer que los adultos vuelvan a la escuela, esta vez para que sus hijos les enseñen."Quizá sea el tiempo -se sincera Palacios- de plantearse el tema del 'sentido' de le escolaridad secundaria".La afirmación -toda una expresión que delata perplejidad- se suma a esta otra: "El gran problema a solucionar es que si no se da el encuentro con los adolescentes, ellos quedan en soledad".Cabría hacer notar que en ningún otro sector del saber humano han circulado tantas teorías como en el mundo de la pedagogía. Todas parecen venir con una receta nueva, dirigida a atraer el adolescente ido, enajenado de la escuela.Si no hay sujeto del aprendizaje -o éste se perdió en alguna parte- el sistema no educa a nadie, aunque puede fingir que lo haga. ¿Acaso el adolescente contemporáneo no es 'educable'? O mejor, ¿no quiere educación o no quiere 'esta' educación escolar?No hace mucho, en visita por Gualeguaychú, el pedagogo español Mario Carretero, dijo que la escuela, tal como la conocemos, fue inventada en el siglo XIX. Es un artefacto social, por tanto, que puede desaparecer.Las instituciones humanas desparecen cuando pierden su razón de ser.
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