Ciudad | Gualeguaychú | Luis Castillo

El discreto encanto de hacerse el boludo

Muchas veces, al observar ciertas conductas, no puedo evitar imaginar el siguiente cuadro: Abel tirado en el piso con la cabeza partida, Caín con una piedra todavía en la mano, y mirándolo a Dios con asombro mientras le pregunta ¿y a mí qué me mirás? yo no tuve nada que ver.

Hay una premisa que es clara y sobre lo que nadie alberga ninguna duda; la culpa de algo siempre es de los otros. Eso es tan cierto en el amor como en los negocios, en la mas nimia cotidianeidad como así también en la política.

A estos tipos nunca los voté ni los votaría, afirma alguien con tal certeza que nadie se atrevería a dudar de su aseveración, por eso estamos como estamos, porque no saben hacer o lo hacen todo mal. Pero la culpa no es de ellos, podrá afirmar un eventual contertulio, ¿vos viste el país (ciudad, provincia, comuna, es lo mismo) que les dejaron? Esos son los culpables, no esta gente que apenas hace lo que puede. ¿y por qué los que estaban antes no hicieron bien las cosas? Eso está claro, porque no los dejaron, tampoco fue culpa de ellos. Pero entonces, si ni estos ni aquellos son culpables ni responsables, ¿de quién es la culpa? Ah, qué sé yo. Mía no. Eso seguro.

¿de quién es la culpa? Ah, qué sé yo. Mía no. Eso seguro.

Un viejo refrán dice: “Ninguna gota de lluvia cree haber causado el diluvio”. Qué interesante, se me ocurre, es detenernos un instante a analizar nuestras propias responsabilidades frente a las diferentes situaciones que se nos presentan a diario. ¿Yo, qué puedo hacer? Yo, ¿qué tengo que ver? Un interesante trabajo de Darley y Latané (1968) concluyó que ante situaciones de emergencia las probabilidades de recibir ayuda serán menores cuantas más personas haya alrededor, o sea, si tenemos un percance en una calle muy transitada habrá menos probabilidades de recibir ayuda que si en esa misma calle estuvieran solamente una o dos personas. Desde la psicología social tratan de explicar este fenómeno cierto y algunos concluyen que, en este tipo de acontecimientos, nos vemos confrontados a dos reglas sociales contradictorias entre sí: Ayudá a quien lo necesita versus hacé lo que hacen los demás. ¿y qué hacen los demás? Se hacen los boludos, claro. Académicamente tiene otro nombre, claro, este accionar se conoce como “difusión de responsabilidad”. Todos somos culpables y ninguno lo es.

Y en esta cuestión de la responsabilidad, porque de eso en definitiva se trata, podemos observar asimismo dos cuestiones fácticas. Dos hechos, por así decirlo, que intentan justificar una conducta determinada: “se lo ha buscado” o “no se lo ha buscado”. ¿Nos merecemos esto o no lo merecemos? (lo malo, obvio, nunca nos cuestionaríamos la legitimidad de lo que conseguimos). Estamos así como país (ciudad, provincia, comuna, es lo mismo) porque nos merecemos esto, afirmará alguien sin que ningún hecho empírico venga en su ayuda ante la contundencia de tal afirmación. Nosotros no nos merecemos esto, podrá responder otro con la mirada perdida en un Edén tan perdido como su mirada. Nunca estuvimos tan mal. Reflexionará cualquiera. Siempre se puede estar peor, podrá afirmar un tercero. ¿y qué se puede hacer? Y, nada, qué quéres hacer, tenés que hacerte el boludo. Si en este país (ciudad, provincia, comuna, es lo mismo) lo que mejor podés hacer es hacerte el boludo. Si te ven bien, te quieren sacar la cabeza, si te ven mal, te quieren aplastar la cabeza.

¿y qué se puede hacer? Y, nada, qué quéres hacer, tenés que hacerte el boludo.

¿Y entonces? Entonces nada, ¡o por qué crees que estamos como estamos! Culpar al otro o a los otros lo que provoca (o al menos busca) es liberamos de nuestra propia responsabilidad lo que, sin embargo, no significa otra cosa que al hacerlo estamos otorgamos el poder a los demás, aunque eso signifique convertimos en víctimas. Victimas privadas incluso de nuestra propia libertad. La libertad de elegir, de jugarse por algo, de optar, de decidir. Afirma Hanna Arendt “existe una responsabilidad por las cosas que uno no ha hecho; a uno le pueden pedir cuentas por ello. Pero no existe algo así como sentirse culpable por cosas que han ocurrido sin que uno participase activamente en ellas”.

La responsabilidad y la culpa. Parecido no es lo mismo. La misma autora, en referencia a una especie de movimiento que surgió en Alemania tras la caída del nazismo en donde, en algo así como un mea culpa se decía: todos somos culpables, afirmaba: “donde todos son culpables nadie lo es. La culpa, a diferencia de la responsabilidad, siempre selecciona; es estrictamente personal. Se refiere a un acto, no a intenciones o potencialidades”.

Todos y cada uno de nosotros tenemos responsabilidad frente a cada decisión sobre nuestros actos diarios, tanto en lo personal como en lo colectivo

Todos y cada uno de nosotros tenemos responsabilidad frente a cada decisión sobre nuestros actos diarios, tanto en lo personal como en lo colectivo. Que hoy estemos como estamos y lo que venga después depende de todos. De vos, de mí, de lo que elegimos hacer o dejar de hacer. De lo que elegimos. Más aun cuando elegimos −aun cuando enfáticamente neguemos que lo estamos haciendo-.

Es decir, hacernos los boludos.

*Escritor, médico y Concejal por Gualeguaychú Entre Todos

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