El estado somos todos pero olvidarse de los argentinos no tiene perdón
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Ponerse por encima de semejante catástrofe no debería implicar un ejercicio desmesurado. Saber sopesar las terribles circunstancias por las que están pasando miles de argentinos tampoco. Han fallado demasiadas cosas y eso tuvo un costo alto: vidas, ni más ni menos.Jorge Barroetaveña Hablar de las pequeñeces que rodean estos hechos es restarle importancia a la magnitud y la gravedad de lo que sucedió. Que una sola persona haya muerto en La Plata o en Buenos Aires por desidia, falta de inversión o simple rencilla política debería pesar en la conciencia de quienes nos gobiernan.No se trata a esta altura de apelar a la solidaridad del pueblo argentino que ha quedado hartamente demostrada en otras catástrofes. Tampoco de echarle sólo la culpa al cambio climático o a los caprichos de la naturaleza. Hubo fallas, errores y negligencias que cuestan caro pero, ¿no alcanza acaso con remitirse a la última historia de la Argentina? En este país existió Cromañón y también existió el tren Sarmiento. No fueron episodios provocados por la naturaleza pero sí por la desidia a la hora de tomar decisiones, invertir, controlar o simplemente tener compromiso o conciencia social.¿A quién puede sorprender pues que la ciudad de La Plata se haya inundado 4 veces en los últimos 10 años? ¿O que se hayan prometido obras hidráulicas que nunca se hicieron? ¿O que cada vez que caen 80 milímetros en una hora las calles del barrio de Belgrano en Capital se parecen súbitamente a Venecia?En esta trama de dejadez y olvido también se mezclan las prioridades y la impúdica a la hora de administrar los fondos públicos. Claro, invertir en obras de infraestructura hidráulicas no es lo mismo que asfaltar una calle o sostener un partido de fútbol. Son inversiones que rinden poco en votos y no se pueden mostrar ni siquiera cortando una cinta, pero cuando se necesitan y no están pasa lo que pasó en La Plata y en Buenos Aires.Bucear en la reacción de los dirigentes que tienen la responsabilidad de tomar decisiones sería navegar en el mar a merced de las corrientes. Después del aturdimiento inicial y de escupir al cielo, tratando de crucificar a Macri por lo que pasaba en Buenos Aires Ciudad, el kirchnerismo tuvo que envainar el sable y tragarse el sapo de lo que estaba empezando a suceder en La Plata.La magnitud de la tragedia fue tal que todos quedaron en evidencia. Los que estaban por ineptitud y los que no por lo mismo, con el agravante que habían resuelto tomarse unos días de vacaciones. La clase política argentina es genial: le pide a la gente que no compre dólares pero lo primero que hace es irse al exterior. Brasil, Miami, París, New York o Punta del Este son los destinos preferidos. Al menos, ¿podrían ser un poco mejores para disimularlo no?Pero esto no pertenece al fondo del debate, lo importante es saber qué paso para que el desastre de La Plata ocurriera. ¿O como suele suceder, todo quedará en la nada y la justicia también mirará para otro lado? Si es cierto que existieron tales antecedentes (y para eso basta recorrer las crónicas periodísticas) y las advertencias de organismos de control y hasta de la propia Corte Suprema, ¿no habrá consecuencias para los que no hicieron nada o, lo que es peor, mintieron prometiendo algo que nunca concretaron?La política tiene ventajas con respecto a otras actividades porque es difícil evaluar la performance de sus protagonistas. En todo caso se hace cada dos o cuatro años, cuando la sociedad puede premiar o castigar con su voto, pero muchos suelen 'boyar' de cargo en cargo sin someterse a ese examen. Uno de los compromisos es no esconderse, y salir a poner la cara, en las buenas y en las malas.Es fácil presentarse ante el aplauso sumiso de los aplaudidores contratados o prestarse rápido para la foto entregando un cheque o una pensión. Es difícil arriesgar el pellejo ante tamaño desastre y en eso, la Presidenta de la Nación, el gobernador de la Provincia de Buenos Aires y Alicia Kirchner cumplieron. Se comieron más de un insulto, abucheo y reprobación, pero nadie puede pretender que la gente los felicite.El estado, ese estado en el que se apoya la piedra basal del modelo nacional y popular estuvo inerme durante horas y fue incapaz de reaccionar con eficiencia ante la catástrofe. ¿Es posible que dependa sólo de la solidaridad de la gente? ¿No tiene recursos acaso para movilizar y poner en la calle sin esperar que la sociedad se autoayude?Es probable que la historia alumbre lo que pasó en la ciudad de las diagonales como la noche más larga y más triste. Y los miles de testimonios de gente que pasó la noche en el techo de sus viviendas o en el interior de sus autos lo pueden atestiguar. Nada que se pareciera al estado apareció. Ni hablar de los miles de platenses que fueron salvados por sus propios familiares que todavía no se explican cómo pudieron hacerle frente a semejante fenómeno.Este estado voraz que todo lo quiere y lo puede, fue una tortuga para reaccionar. Tuvo la terquedad de un toro para entender lo que pasaba y dio patadas como un caballo loco cuando la realidad se le escurría entre las manos. ¿Aprenderemos algún día que las prioridades a la hora de invertir no necesariamente implican ganar las próximas elecciones?¿Aprenderemos que las rencillas políticas y las mezquindades deben ser dejadas de lado para establecer políticas de estado que se coloquen por encima de cualquier gobierno tenga el color político que tenga? ¿Aprenderemos a agachar la cabeza y admitir cuando nos equivocamos? La naturaleza demostró esta semana cuán finitos somos y hasta dónde estamos a merced de ella. Y descubrió el velo de nuestras miserias. Obscena y dolorosamente.
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