¿El Estado soy yo?
Por Dr. Raúl ArellanoDesde que Luis XIV acuñó aquella expresión tan emblemática y polémica de "El Estado soy yo" ha corrido mucha tinta, se han desarrollado nuevas teorías y elaborado mil ensayos sobre la naturaleza de la política y su relación con el poder como instrumento de cambio.Podemos definir el poder como la capacidad o habilidad de hacer que se hagan las cosas, de provocar expectativas y de ejercer control sobre gente y situaciones.En esencia, el poder no es ni bueno ni malo, ni moral ni inmoral, ni ético ni antiético; es filosófico y neutral.Todo poder ejercido de manera ideológica o dogmática inevitablemente afecta intereses, produce reacciones, cambia realidades y provoca connotaciones no deseadas porque implica una relación amo-esclavo, no siempre lineal.Construir poder en base a una confrontación sistémica desnaturaliza toda legitimidad.Cuando el pueblo se queja del poder y crispa sus conductas, lo hace por dos razones fundamentales:a-No le gusta como se está ejerciendo, porque se emplea de un modo manipulador, coercitivo y dominante no dando lugar al diálogo y donde consensuar resulta una mala palabra. Es el poder sobre los demás y no para los demás.b-No está de acuerdo con el objetivo del poder; porque para cumplir con algunos fines debilitan las instituciones y corrompen los procedimientos.El poder jamás debe ser un objetivo en si mismo porque se vacía de contenido; razón por lo cual siempre debe ser un medio en función de...Un individuo tiene poder cuando percibe lo que tiene, le da valor a ese atributo y define su importancia relativa con relación a otros.El poder no tiene que ver con lo que los gobernantes ofrecen sino con lo que los gobernados creen que le ofrecen; es una cuestión de percepción colectiva.La apatía del electorado se manifiesta cuando descubre que sus expectativas nunca estuvieron en ninguna agenda, que su realidad actual está llena de incertidumbre y que una vez más se ve obligado a adoptar una actitud impotente y pasiva.Todos los estilos de liderazgos tienen su pro y su contra, tienen fortalezas y debilidades, generando resultados de naturaleza diversa, según se perciba.Existe una relación compleja gobernante-gobernado desde el poder, cuya frecuencia resulta funcional o no, según la percepción del mensaje, el modo de transmitirlo y la manera de gestionarlo.Los liderazgos políticos en la historia de los pueblos generan en sus actores una metamorfosis casi universal; el poder se disfruta o el poder se padece.Cuando el poder se disfruta transforma al gobernante en un animal político insaciable y mesiánico; relativizando cualquier límite entre el Estado y el Gobierno; en esencia, lo confunde y no importa.La naturaleza de un poder hegemónico no hace otra cosa que confrontar sistemáticamente como instrumento de dominación un pensamiento único, confundiendo adversarios con enemigos y consenso con debilidad. Los efectos no deseados no son pocos y tampoco gratis, porque se apoya en una inconstitucionalidad sistémica de actos y procedimientos transformando al Estado en una institución neurótica donde su anatomía aparente no exhibe de manera estructural ningún síntoma; no obstante va perdiendo funcionalidad, eficiencia y transparencia, incubando un halo de desconfianza y sospecha.Todo pueblo tiene su cultura, su identidad y su idiosincrasia que permite o no aceptar ciertos tipos de liderazgos políticos y un estilo de gestión determinado; ratificando o rectificando en todo acto electoral su postura como muestra de su humor social y de su nivel de satisfacción.La vorágine del poder conlleva a no medir consecuencias; producto de una miopía que no permite ver ni escuchar la opinión de los gobernados, transformando una línea de comunicación en una línea de información. Toda visión autista preanuncia un fracaso inexorable porque no permite escuchar la música más maravillosa que es la del pueblo.Cuando el Estado y el Gobierno se mimetizan se desvirtúa la democracia como sistema republicano, se promueve el autoritarismo, la calidad institucional es de bajas calorías, la gobernabilidad se debilita y el federalismo resulta una utopía.Cuando el Estado es sinónimo de Gobierno la República entra en emergencia nacional y es necesario construir un pacto de la Moncloa, aunque sea a la argentina.Definitivamente, que "El Estado soy yo" forme parte de la historia; porque sino se aprende de la historia se corre el riesgo de repetirla.
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