El Estado y la guerra de todos contra todos
La guerra social desatada en Villa Soldati, ese dantesco espectáculo de violencia tribal, ese frenesí criminal de unos contra otros, revela la contracara siniestra de la condición humana.La idea recibida por nosotros de Aristóteles según la cual el hombre es social por naturaleza, queda en entredicho por ese estallido. Ya que allí las personas no se mostraron precisamente cooperantes y amistosas.Lo que se vio más bien es que desaparecidos determinados controles institucionales, replegada la autoridad del Estado, liberadas las personas y los grupos a su propia lógica interna, afloró Thanatos o instinto de autodestrucción, de que hablaba Freud.Muy lejos, por tanto, de esa tendencia natural a la sociabilidad que nos enseñó el gran filósofo griego. Sin control externo, sin la vigilancia de la ley, ¿somos acaso todos nosotros criminales en potencia, en lugar de seres sociales amables y pacíficos?La dinámica humana en un punto es inasible. Quizá en una visión más o menos estática se pueda coincidir con Aristóteles en que hay en el hombre, sin duda, fuerzas y tendencias de sociabilidad."De lo contrario, ¿cómo se explica que los hombres de empecinen en vivir juntos y nos dispersos?", nos replicaría el sabio antiguo, con su implacable lógica.Sin embargo, la historia humana, y Villa Soldati con ella, se empeña en enseñarnos también que junto a la sociabilidad existen tendencias de disociación, disociales o antisociales.La ciencia política ha especulado mucho sobre esta faz dramática de la condición humana. Para algunos autores, la colectividad ha tenido que oponer algún antídoto superior frente a estas fuerzas disgregadoras.Así ha inventado una fuerza artificialmente organizada que es el poder público, en suma, el Estado (que no equivale sólo a gobierno). Esto ha hecho decir a Ortega y Gasset, por ejemplo, que "es una ingenuidad de los anarquistas creer que es posible prescindir del Estado o poder público".Y añadía: "Pero también es una beatería, un utopismo de los juristas creer que el Estado es, por sí, algo bueno y sano". El pensador español creía que la existencia e ineludibilidad del Estado procedía de la presencia del instinto de disociación.Como un mal menor y a la vez necesario, el Estado emerge siempre ante el hecho de que la sociedad -cuya convivencia nunca está garantizada per se- es una realidad insuficiente.La colectividad necesita, así, regularse terapéuticamente mediante el poder público. De hecho en la literatura política abunda la imagen del Estado como garante del orden público.Ha sido Thomas Hobbes, que vivió en la Inglaterra del 1600, una época de terribles luchas civiles y religiosas, quien más exaltó el carácter esencialmente represivo del Estado, al que le llamó el "Leviatán".Contra lo que pensaba Aristóteles, para quien el hombre es por naturaleza social, dotado de una fuerza innata a la convivencia, Hobbes sienta la tesis inquietante de que en realidad "el hombre es lobo del hombre".De esta visión pesimista de base, según la cual las personas son egoístas, criaturas mezquinas antisociales, programadas para auto-dañarse, el inglés dedujo que necesitan sí o sí, para no matarse entre ellas, un control policial supremo.Pero como las personas son además inteligentes, dice, comprenden que ganan si acuerdan vivir juntos. Para eso deben renunciar al derecho de gobernarse solos y autorizar a un poder soberano (Estado) que ejerza la autoridad sobre ellos.El inglés, si viviera, ¿hubiera dicho que en Villa Soldati esa autoridad brilló por su ausencia?
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