El esteticismo político y los ecos de Maquiavelo
Casi en ningún lado la política es vista con buenos ojos. Envueltos en la estrechez económica, los europeos despotrican contra sus dirigentes, a los que acusan de vivir en otra galaxia.En el primer mundo en crisis los políticos cotizan bajo en la consideración popular. Según los sondeos, se los ve como seres inescrupulosos e insensibles, que sólo piensan en ellos.Por lo visto la llamada "crisis de representatividad", como se le ha llamado, parece ser global. Entre nosotros no hace mucho Julio Bárbaro, un peronista de la vieja guardia, no disimuló su desencanto.Habló del eclipse de ese tipo humano forjado en la rebeldía epocal del siglo XX, cuando se creía que la política cambiaría la condición humana, mediante la revolución de las estructuras sociales.Su tesis es que en un contexto de mercantilismo político el "militante" -de él se trata- es una especie en extinción, el cual ha sido reemplazado por el "operador", una suerte de viejo Vizcacha dominado por la "picardía y la agachada"."Hoy no hay militantes ni en el gobierno ni en la oposición, por eso la sociedad no se puede enamorar de la política. No tenemos quién nos dé testimonio, alguien capaz de pensar más en los otros que en sí mismo".A decir verdad, Bárbaro se queja como quien ha perdido su religión. Y de hecho se trata de alguien que pertenece a una generación que creyó en la invención de un "hombre nuevo" a través de la revolución política.La lectura de Nicolás Maquiavelo, nos pone en cambio ante la perspectiva axiológica de quien, fuera de todo idealismo, sólo concibe a la política como una técnica de poder.El autor de El Príncipe se inscribe dentro de la legión de "pensadores malditos" para quien el hombre es un bicho irremediablemente malo. Desde aquí, aconseja a los políticos la inescrupulosidad ética, si eso le trae buenos resultados."No es preciso que un príncipe posea todas las virtudes, pero es indispensable que aparente tenerlas. Y hasta me atreveré a decir esto: que el tenerlas y el practicarlas siempre es perjudicial, y el aparentar tenerlas, útil", dice Maquiavelo.Los "necios" que creyeron que practicar el bien "era para todos", sostiene, "no saben la enorme diferencia que hay entre el príncipe y el vasallo. Está bien mostrarse piadoso, fiel, humano, recto y religioso, pero se debe estar dispuesto a irse al otro extremo si ello fuera necesario".Para quienes consideren que hay un orden moral objetivo intemporal, esto suena a un inmoralismo inaceptable. Pero no para quienes ven la política como la habilidad por la habilidad.Si lo que sólo importa es la destreza para llegar al poder y retenerlo después, hay que seguir ciertas estrategias o tácticas, como el hecho de servirse de los valores apreciados por los gobernados.La pura técnica de poder impone, justamente, una ética utilitaria que libere la conducta del Príncipe de cualquier restricción que no sea el engrandecimiento de su dominio.Es esta especie de esteticismo de fondo (la política por la política misma) lo que da una clave para comprender la supuesta incoherencia de muchos de nuestros gobernantes (enfatizamos el término "supuesta").El público se admira de los virajes ideológicos insólitos de muchos políticos, esto de sostener un pensamiento ayer y otro hoy, y de oscilar sin vergüenza sobre territorios antagónicos.Es que esa gente, el pueblo llano, no ha llegado a percibir la "enorme diferencia que hay entre el príncipe y el vasallo", diría el siempre actual Maquiavelo.La mentada crisis de representatividad, la percepción negativa hacia la política, ¿obedece a la tendencia esteticista del poder?.
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