El final lógico de un régimen absolutista
Algunas sociedades son proclives a entregar su libertad a cambio de la seguridad que les promete el autócrata. Pero al final las dictaduras, como la del libio Khadafi, saltan por los aires a manos de sus víctimas.Suele ser la parábola trágica de estos regímenes con pretensiones de eternidad: el sentimiento de libertad de aquellos que le prestaban su consentimiento, deviene en fuerza insurgente arrolladora.Al cabo los crímenes y vejaciones del autócrata y su régimen se vuelven contra él. Nada que la historia -maestra de la vida- no haya registrado antes. Basta con echar una ojeada a experiencias totalitarias más recientes.Como la ejecución del dictador Nicolae Ceausescu, el 25 de noviembre de 1989, que representó el fin del comunismo estalinista en Rumania. El mismo pueblo que antes lo había ensalzado con poderes omnímodos, cansado de tanta opresión, decretó su caída.Será tarea de los historiadores averiguar en el caso libio cómo fue posible socialmente la dominancia durante más de cuarenta años de Khadafi. La complicidad colectiva con este tipo de regímenes suele conducir a aceptar la presencia de patologías culturales.Jean Paul Sartre dijo que "lo más desagradable del mal es que a uno lo acostumbra". El hombre, al final animal de costumbre, puede adaptarse a lo peor, incluso al punto de perder el sentido del bien y del mal.Al analizar el terror intrínseco del régimen nazi, Hanna Arendt elaboró el concepto de "banalidad del mal". Lo banal no era el genocidio judío acometido por Hitler y los suyos, decía, sino la naturaleza de los ejecutores, personas "normales", ni crueles ni trágicas, ni torturadores sádicos ni personajes desgarrados por conflictos interiores.La impensable banalidad del mal residía en que el proceso de exterminio de un pueblo era llevado a cabo por una máquina burocrática, compleja y ramificada, que extendía la trama de responsabilidades y complicidades al conjunto de la sociedad alemana.En este contexto, los ejecutores no sentían el menor problema de conciencia sobre el mal que estaban haciendo. El mal era la ley nazi en sí y nunca se les habría ocurrido violar esa ley.En el régimen de Khadafi, donde la mano dura se mezclaba con los delirios mesiánicos de una persona, la resistencia se fue incubando con el tiempo y soterradamente.Acaso la metáfora de la olla a presión sea pertinente. Los regímenes autoritarios suelen acumular tensiones internas, producto de que no canalizan la disidencia. Hasta que la presión social, forzando todos los mecanismos represivos, escapa en estallido liberador.Bernard-Henry Levy, en el Corriere Della Sera, saca como lección de la parábola del régimen libio que el orden de una dictadura, aunque pinte eterno, siempre es transitorio, siempre es efímero como todos los órdenes humanos.Es posible concebir, razonó, que "las dictaduras se mantienen en pie sólo gracias a la reputación de la que gozan, o sea gracias al miedo que despiertan entre sus súbditos y el respeto que inspiran en el resto del mundo".Pero también cabe concebir que "cuando esa reputación cae, desvaneciéndose como un encantamiento o un espejismo, las dictaduras caen como castillos de arena y se convierten en monstruos de cartón".Conmueve, por lo demás, la pluma del escritor libio Hisham Matar, para quien "por cerca de medio siglo, nuestra experiencia nacional ha estado marcada básicamente por la vergüenza, el dolor y el miedo".En su opinión, el desafío de la sociedad libia es cómo reconstruir una democracia en un país cuyas instituciones y cuya sociedad civil han sido estranguladas durante 42 años.
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