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El Fiscal Nisman, su muerte y una radiografía de la sociedad que somos

Hace 5 años, una mañana temprano nos enteramos que un fiscal había aparecido muerto. El mismo que hacía un par de días antes había denunciado a la por entonces presidenta, de buscar encubrir a los autores del atentado a la AMIA. Y que a las pocas horas debía ir al Congreso, citado a dar explicaciones sobre su explosiva denuncia. Y de repente. Muerto. Pasó un lustro y todavía no sabemos cómo murió. Bien argento.

Jorge Barroetaveña

Las palabras de ‘Pepe’ Mujica sonaron duras en el aire. “No queremos 100.000 cagadores argentinos”, lanzó, fiel a su estilo polémico, descontracturado y poco medidor de las consecuencias. Remitió al instante a los 2.000 cuando otro uruguayo, Jorge Battle dijo que desde el primero al último los argentinos éramos una manga de corruptos. O bastante parecido. Desde otro lugar y en otro tiempo, pero con un hilo conductor.

Es cierto que Mujica aludió a los evasores, o a aquellos empresarios que podrían aprovechar las ventajas impositivas de Uruguay. Pero el fondo no es muy diferente a lo que dijo Battle en la época de Duhalde. Es el concepto que tienen muchos uruguayos, y más allá de ellos, de muchos argentinos. Y esto no pone en duda nuestros lazos ni la vieja máxima que dice que nunca hay que generalizar. Sobrevuela ambos conceptos la sensación de escasa rigurosidad moral a la hora de encarar nuestros compromisos públicos. Algo perfectamente traspolable desde la actividad privada hacia la actividad pública y hay numerosos ejemplos de eso. Esos mismos empresarios evasores que Mujica objeta han hecho negocios con todos los gobiernos de la Argentina y le han sacado ventaja a todos. Han amasado fortunas merced a sus relaciones y a la promiscuidad intelectual de los funcionarios de turno. A veces incapaces, a veces corruptos y a veces, simplemente venales.

En Argentina hace tiempo que la impunidad quedó consagrada. Que el que las hace, en cuanto a delitos vinculados a la administración pública, difícilmente las pague. Que en esa oscura connivencia con la clase empresaria y sindical todo es posible. De ida y vuelta.

Que la mala entraña de nuestra clase dirigente inoculó el virus del descreimiento y contaminó el Poder Judicial. Casi nada que venga de este poder del estado suena creíble para amplias franjas de la sociedad. ¿Cómo nos puede sorprender entonces que, un lustro después, ni siquiera tengamos la certeza de cómo murió Alberto Nisman? Si se mató, si lo mataron o lo indujeron al suicidio, como acaba de deslizar el Presidente de la Cámara de Diputados Sergio Massa.

Nada es válido, nada es real, todo es naipe, todo se puede acomodar dependiendo del discurso y de a quién hay que defender o atacar. Lo de Nisman fue un magnicidio. No importa la mecánica. Por lo que había denunciado, el impacto que provocó y su resolución final. Y hoy, un lustro más acá, ni siquiera se sabe si lo que denunció tenía algún asidero. Es más, la principal acusada, se fue del poder envuelta en la bruma de decenas de causas judiciales, sigue en ellas, pero volvió como vicepresidenta, enancada en el voto popular.

¿Cómo nos puede sorprender entonces que Mujica diga semejante cosa de los argentinos? ¿O que Battle la haya dicho hace dos décadas? Cuántos de esos mismos argentinos, son los que veranean en Punta del Este? En este caso a los uruguayos eso no parece importarles demasiado. Es más, podría decirse que los reciben felices.

Argentina es el país en el que un ex presidente condenado por la justicia por venderle armas a países latinoamericanos, cuando era garante de paz, es senador nacional. Es el mismo país en el que todo queda en la nebulosa. Llegaremos a saber algún día si Cristina Kirchner es corrupta y robó en la función pública? Si Mauricio Macri hizo negociados con el Correo y utilizó su cargo para obtener beneficios? Si la trama de los cuadernos, con los empresarios incluidos fue real o pura ficción de Netflix?

Aventuro a dar una opinión: nunca tendremos certeza de nada. Porque nos acostumbramos a vivir en la comodidad de la bruma, donde todos los gatos son pardos. En la comodidad infinita del país potencial que nunca se vuelve real. En la placidez de la mentira que de tanto repetirla la terminamos creyendo. En el mientras tanto, las frustraciones se acumulan. Somos el país que puede ser pero no es. Somos el país de la bonanza que nunca llega, salvo para unos pocos.

Nisman muerto sin explicaciones es la metáfora perfecta de la Argentina. Algunos seguirán creyendo que se mató, otros que lo mataron. Pero sólo como un acto de fe. Si hasta fuimos capaces de devorarnos a un Papa en la grieta. Estamos sentados en el umbral de la historia esperando que el destino de gloria nos alcance. Sólo nos llegan migajas. La culpa no la tiene Mujica, Battle ni el Fondo Monetario. Es toda nuestra gente. Algún día caeremos en la cuenta.

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