El giro de la política ante la inseguridad
Mientras las encuestas revelan desasosiego colectivo ante la inseguridad, la política hace su juego pragmático de acomodar el discurso a la demanda social, en un año electoral.El avance del miedo urbano hace trastabillar los gestos y la retórica del poder político. De ser una sensación inducida por los medios de comunicación, pasó a contar con un Ministerio.Y ahora hay como un apuro por cambiar las leyes penales, para mostrar que arriba también se está por la "ley y el orden", que al parecer se ha convertido en un importante argumento de venta de los programas políticos modelo 2011.En el bloque progresista gobernante hay cierto desconcierto. La presidente se mostró favorable a que el Congreso avance con un proyecto para reducir la imputabilidad de los menores de 16 a 14 años, como viene reclamando el gobernador bonaerense Daniel Scioli.Pero esto iría en contra de lo que sostienen funcionarios y legisladores K, que prefieren mantenerla en los 16. Se diría que la política tiene razones que la ideología desconoce, parafraseando a Pascal.Los analistas de opinión pública aseguran que la inseguridad irá a las urnas. Y la fuerza política que no comprenda esta demanda, perderá chances electorales.A los sectores medios de la sociedad argentina, sobre todo, les resulta un tópico interesante, desde el punto de vista teórico, el diagnóstico de la izquierda sobre el problema.El cual podría resumirse así: la sociedad burguesa, por sus opresivas y corruptoras estructuras, es el caldo de cultivo de la criminalidad, por eso hay que exonerar a quienes cometen delitos.La culpa, por tanto, es del capitalismo. Sus niveles morbosos de desigualdad hacen que mucha gente prefiera violar la ley, casi como un acto de autodefensa.Hasta aquí, en teoría, todo muy bien. La cosa cobra otro cariz cuando las balas pican cerca. Cuando lo que está en riesgo es la vida y la hacienda de cada quien, más vale ser realista y tener un policía al lado.En cuanto a la clase política, ya se sabe: hay que ponerse en sintonía con la sociedad asustada. Hay que ser más pragmáticos, en atención a las encuestas. Mostrarse obstinado en este tema no da rédito.Alguien que aspira a gestionar la sociedad debe conectar con los dramas y sentimientos de los gestionados. Al menos eso aconsejaría el marketing político.Lo que no está claro, en toda esta historia, es si alguien sabe realmente cómo conjurar el problema de la inseguridad. Y esto más allá de la retórica ideológica dominante entre los que medican exceso de severidad y los partidarios por un exceso de indulgencia.El gobernador bonaerense Daniel Scioli, por ejemplo, pretende aparecer menos "garantista" que sus amigos del oficialismo, mostrándose más recio y duro con el delito.Sin embargo nunca se le ha escuchado conectar el fenómeno de la inseguridad con ese modelo social inviable que es el conurbano, que es un caldo de cultivo para el delito.Y esto a pesar de que todos los sociólogos ven una estrecha relación entre la inseguridad y el urbanismo extremo y morboso, adonde fluyen los desahuciados de la vida rural.Pero no hay que ser ingenuo: esa zona subió su cotización política desde que la reforma constitucional de 1994 consagró la elección presidencial por voto directo y distrito único.El conurbano representa el 23% del padrón electoral nacional, de suerte que quienes tengan acceso y control relativo de esos votos poseen una ventaja clave para llegar a la Casa Rosada.Ergo: el conurbano da poder. Es una razón suficiente para convivir con ese efecto colateral que es el delito.
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