Opinion | Alberto Fernández | Covid-19

El gobierno parece el Samba: de acá para allá

Hace varias décadas, no vamos a precisar cuántas, existió un parque de diversiones llamado Italpark. Era la atracción de Buenos Aires y de cada delegación de chicos del interior que iban a Capital. El Laberinto del Terror, el Súper Ocho, la montaña rusa, las tazas, pero se destacaba el Samba.

Jorge Barroetaveña

El Samba era una rueda gigante, con asientos enterizos en los bordes. Era una rueda loca. A veces giraba en un sentido, pero cambiaba bruscamente y marchaba en sentido contrario. Se paraba, se sacudía de arriba para abajo. Se inclinaba o de golpe se quedaba quieta. Algunos, los más valientes, se atrevían a pararse en el medio y exponerse a los movimientos. Terminaban en el piso claro.

¿Se preguntará pues porqué este recreo de recordar momentos gratos de la infancia con un juego histórico? Porque si no fuera por la felicidad y alegría que causaba, sería lo más parecido al gobierno de Alberto Fernández que a esta altura tiene tantas idas y vueltas que desorienta al más pintado.

En política hay una máxima que el Presidente la debe tener clara: no se puede conformar a todo el mundo. La toma de decisiones, por su propia naturaleza, siempre implica pagar algún costo porque habrá disconformes. El mandatario oscila entonces entre satisfacer al electorado que lo votó, bien heterogéneo por cierto, y emitir señales a los que no lo votaron, una ancha franja social también clave para su proyecto. Una radiografía superficial sitúa ahí a los kirchneristas seguidores de Cristina, los kirchneristas críticos, el peronismo de Massa y un sector, anti-k que, tapándose la nariz, quería castigar a Macri por su política económica. Afuera quedó el 40% restante, muchos de los cuales lo preferían a él antes que a su vicepresidenta.

En ese berenjenal de pensamientos, el Presidente trata de llevar el barco lo más derechito posible. Tampoco estaba en sus cálculos obviamente la pandemia con su secuela de cuarentena y el desastre económico que va a dejar. Pero no todo es atribuible al COVID-19.

A la larga zaga de cuestionamientos propios o fuego amigo, esta semana le siguió la andanada de Hebe de Bonafini, la pelea poco sutil de De Vido con Grabois y la editorial furibunda de Víctor Hugo, al cabo un gran constructor del relato que mejor le cae a Cristina. Bonafini no tiene peso político propio, pero sí repercusión en los medios y llegada directa a la vice. Lo de De Vido y Grabois es una pelea vieja que tampoco contribuye demasiado. Y Morales estalló por lo de Venezuela. ¿Amerita que sea el propio Presidente el que les conteste? A Bonafini por escrito y a Morales al aire. ¿No tiene ningún ministro que asuma ese costo? ¿Qué necesidad tiene de exponerse y pasar por la incomodidad de discutir con aliados?

Ayer, otro aliado como Sergio Massa tomó distancia de su retractación sobre Venezuela. “Es una dictadura”, sentenció el titular de la Cámara de Diputados. La única necesidad de colocar este tema en agenda, justo ahora, es la negociación con los bonistas extranjeros y la postura del gobierno norteamericano. A la Casa Blanca lo único que parece interesarle del sur, es el problema de Venezuela. Pero a la sobreactuación del gobierno argentino, le siguió la cuasi retractación presidencial. Algunos sostienen que el Canciller Solá se enteró por los medios de la postura. Formaría parte en todo caso de la desorientación que guía a un sector del gabinete.

El otro flanco de crítica fue la reunión con el G-6 del 9 de Julio. No resiste mucho análisis la objeción. Si algo tiene Fernández es que se reúne con todo el mundo, en ese afán por satisfacer a todo el electorado. Si hasta recibió a los directivos de Vicentín después de anunciarle al mundo su expropiación. Claro que ‘su’ lógica no es la del kirchnerismo de paladar negro. El reclamo de Adelmo Gabi de la Bolsa de Comercio sonó estrepitoso y gráfico: “agarre la lapicera Presidente”, le espetó.

La duda que debe carcomer el ánimo presidencial es hasta dónde los críticos son libre pensadores o responden a una mandato ajeno. ¿De quién? Es una obviedad decirlo aunque la ‘jefa’ el domingo dio una señal inequívoca, recomendando un artículo periodístico condenatorio de la política del Presidente.

La historia del peronismo no sabe de cuestionamientos al liderazgo del líder. No hay dobles lecturas posibles en esto. No es posible un liderazgo bifronte. No ha terminado nunca bien esta circunstancia.

Fueron paradójicos los carteles del fin de semana que aparecieron en Buenos Aires. “Fuerza Alberto”, rezaban. Más que apoyo sonó a declaración de debilidad. Igual el pedido de Agustín Rossi. No es un ministro el que debe apoyar al Presidente. Es justamente al revés.

La situación económica, social y sanitaria no da para discusiones de este tipo. ¿Sabrán que están jugando con fuego? Es el peor momento para la separación de bienes. Porque el techo de la casa tiembla y se lo está por llevar la tormenta. Pareciera que discuten si toman té o café. Y ni siquiera hay para el mate.

Dejá tu comentario