El gobierno se intuye débil pero hace lo que sabe: redoblar la apuesta
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Reapareció el kirchnerismo más puro y fiel de todos estos años. El que, pese a la debilidad intuida, no afloja y redobla la apuesta. Desorientado, y dando manotazos, sin tampoco saber hasta dónde llegará, busca retomar la iniciativa. Esa que los fondos buitres le sirvieron en bandeja. Tanto como la falta de brújula opositora. Jorge Barroetaveña La peor sensación es que estamos como enero, antes de la devaluación del 20% que ordenó el Ministerio de Economía. Juan Carlos Fábregas, desde el Banco Central, advirtió en ese momento, que si no se hacían los deberes el veranito cambiario duraría poco y la inflación volvería a pegar un respingo. El vaticinio de Fábregas se está cumpliendo.Nadie podrá decir que el gobierno no hizo el intento ortodoxo de enderezar el barco. Por convicción o necesidad, poco importa a esta altura, fue desandando el camino que aconsejaban los libros y, para unos cuantos, el sentido común. La economía argentina necesita dólares para volver a funcionar con normalidad y con los malos modos de Moreno, a los ponchazos, como prólogo, la cosa arrancó mal. El cepo cambiario no hizo más que alimentar la desconfianza y fue metiendo en un brete a la política económica. Era un callejón sin salida del que había que salir por arriba. Y eso se buscó.Mientras Fábregas desde el Central subía las tasas para bajar la fiebre del dólar, y trataba de aflojarle a la maquinita, Kicillof (un poco demorado) se dedicó a atajar los penales externos. Cerró con REPSOL, con el Club de París y arregló los entuertos en el CIADI. Sólo la historia dictaminará si la aparición de los buitres obedeció a una 'mega conspiración' internacional destinada a aleccionar a los díscolos Kirchner o fue pura impericia de un gobierno que se confió pensando que con una declaración lavada de Estados Unidos alcanzaba para inclinar la balanza de la justicia.Es que Argentina podrá no cumplir con el fallo judicial de Griesa, y dos instancias que están por encima de él (más la indiferencia cómplice de la administración Obama), pero no podremos escapar de sus consecuencias. La necesidad de dólares sigue vigente y la recesión que golpea la puerta de la economía es una muestra.Hay también motivaciones políticas que deben ser tenidas en cuenta. El kirchnerismo está en un momento en el que nunca estuvo: con fecha de vencimiento. No está ni por asomo en el cénit de su poder, menguado porque así lo marca la Constitución, y el impacto de sus movidas ya no es el de otrora. Después de la derrota disimulada del año pasado, la cuenta regresiva se aceleró, tanto como la sensación de fin de ciclo, aunque la expresión erice la piel del oficialismo. Encima, ninguno de los candidatos con chances reales de sucederlo se le asemeja. Scioli de a poco toma cada vez más distancia, a Massa lo sienten como a un traidor (que aplica sus mismos métodos) y Macri es el aceite. Ni Randazzo parece tener los mismos modos. Quizás por eso los rumores de una candidatura de Kicillof son como un bálsamo entre tanta zozobra y acercan algo de confianza. Pero suponer que el joven ministro tiene tiempo para dedicarse a la política, cuando le urge apagar los incendios de la economía, suena tan utópico como delirante.El duro discurso de la Presidenta el jueves, acusando a los dueños de una imprenta que pidió su propia quiebra, sonó a viejo. Si bien la retórica contra los buitres se emparentó siempre con la verdadera cara del kirchnerismo, sus actos venían demostrando lo contrario. El jueves marcó una involución. Los buitres son malos y anti patria, pero con el mismo criterio habría que extender su influencia al sector automotriz que lleva suspendidos a miles de empleados desde hace meses, al sector autopartista que está paralizado o hasta los frigoríficos que no paran de echar gente. Eso sin contar los innumerables problemas que arrastran las economías regionales, sectores productivos primarios como la ganadería y la lechería, la caída en el consumo de alimentos (siempre es el reflejo de un problema serio) o el abrupto corte en el gasto que ha hecho la clase media de las tarjetas de crédito. Los síntomas son demasiado numerosos como para ser ignorados, por eso suena destemplada y fuera de tiempo la reacción presidencial de enarbolar una ley que, todavía no se sabe, qué grado de constitucionalidad tiene. En último caso, suponiendo que la quiebra de Donnelley sea intencional y busque generar un efecto 'terrorista', desnudaría una situación de extrema debilidad de la economía argentina.Quizás el ánimo presidencial no pueda explicar porqué, si los deberes se intentaron hacer puntillosamente, todo se desbarranque por un grupito de especuladores de billete verde. Lo cierto es que, cuesta abajo, el gobierno enfrenta desafíos gruesos en los meses que le quedan en el poder.Desde lo económico, domar el potro de la inflación, sin resentir aún más la actividad económica. Si cierra mucho el grifo, azotará los bolsillos y despertará definitivamente un fantasma dormido desde el 2001: el desempleo. Y Cristina no quiere irse de esa manera.Desde lo político no hay muchas vueltas, aunque una sensación creció en las últimas semanas. Perdido por perdido, abroquelarse en torno a un candidato propio y conservar la mayor cantidad de poder posible. En un escenario fragmentado el kirchnerismo seguirá teniendo influencia. Kicillof responde a ese perfil. Claro que, en el camino, habrá que desactivar algunas bombas como la del Vicepresidente Boudou que todos los días trae una sorpresita nueva. La vida de Boudou es como los huevos Kinder: nunca se sabe qué viene adentro.
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