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El gualeguaychuense que creó un orfanato, una escuela y un centro de salud en Haití

Osvaldo Primitivo Fernández, vecino del barrio Munilla, llegó en el año 1995 a Haití como Casco Azul, cuando integraba las filas de Gendarmería Nacional. Dos años después, en uno de los países más pobres del mundo, fundó y levantó un orfanato. También una escuela y un centro de salud a la que asisten centenares de chicos.

Por Fabián Miró

A los 64 años, retirado de la fuerza de la seguridad, cumple funciones en el área de tránsito del municipio de la ciudad. Recibió a ElDía en la casa paterna de la familia ubicada en calle Mitre a pocos metros del canal del Arroyo Munilla.

Primitivo o “Harina” como se lo conoce en el Munilla, ingresó en búsqueda de un futuro mejor en las filas de la Gendarmería Nacional. Como miembro de una agrupación especial de la fuerza de seguridad fue destinado a Haití. Llegó en el año 1995 a un país devastado y con serios problemas en seguridad y salud. Es así que poco después levantó un orfanato y una escuela a la que asisten “mis hijos del corazón”, señaló.

El ex Gendarme indicó que “Haití es una nación con muchas necesidades, pese que fue el primer país en Latinoamérica en obtener su independencia, en 1804. Tiene 11 millones de habitantes que en su gran mayoría vive de la comunidad internacional que se preocupa por las necesidades de un país que está en un estado bélico permanente, porque ni entre ellos tienen paz. Lamentablemente las distintas gestiones de gobierno que se han sucedido no demostraron tener la capacidad suficiente de encauzar la nación”.

Recordó que llegó en el año 1995, “primero como una fuerza de intervención a través de Naciones Unidas, junto a contingentes de Francia y Canadá. Fue en el mes de junio que desembarcamos y nos establecimos en la frontera con República Dominicana, para luego desempeñarnos como Cascos Azules. Viendo la situación, junto a mi esposa Rolande Fernández de nacionalidad haitiana, decidimos crear una fundación a la que le pusimos el nombre ‘Orfanato Rosse Mine de Diegue’, en el barrio Freres, que en la actualidad cuenta con 96 chicos; además de una escuela con 354 niños en su mayoría con enormes carencias, y también un centro de salud, y una escuela de fútbol que se llama “Escuela de Fútbol Argentina” que contaba con 210 pibes”.

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Contó que cuando el doctor Juan Boari-vecino de Gualeguaychú- se encontraba trabajando en Haití, nos “visitaba y daba una gran mano en la parte de medicina con los chicos del orfanato que comenzó a funcionar el 5 de julio del año 1997, año en el que conocí a mi actual esposa Rolande.

Para un país como Haití, contar con una fundación que “levantó un orfanato, un jardín de infantes, un centro de salud, una escuela”, es muy importante, porque “el Estado no tiene la capacidad de cubrir todas esas necesidades”.

“No todos los niños que van al orfanato son huérfanos; muchos de ellos tienen su papá o mamá que no pueden mantenerlos, debido que los recursos son extremadamente escasos, tanto que a veces no tienen ni siquiera lugares donde buscar residuos para comer, y es así que viven el día a día como pueden. Es un país que tiene muchos problemas de drogas y prostitución. Las niñas de 12 años ya son mamá, y es más, muchos padres las obligan a que entren en el mundo de la prostitución para tener algo que comer. Es muy triste, pero es la verdad: chicas que son ofrecidas por sus progenitores a eventuales clientes que muchas veces suelen ser extranjeros”, relató Fernández.

Del orfanato a la Universidad

Con orgullo destacó que “tres de los chicos que se alojaron en el orfanato hoy estudian en la universidad en Puerto Príncipe, uno de ellos, Licenciatura en Sistemas, otro, Ciencias de la Comunicación y un tercero que está estudiando Derecho.

Además, todos los que están en la fundación han culminado sus estudios secundarios. Para ir a la escuela -desde el orfanato- tienen entre 30 a 40 minutos de caminata por la montaña; y los que van de otras zonas- con mayores dificultades- caminan unas 5 horas para estudiar y comer.

En el establecimiento educativo -de lunes a viernes- tienen una comida- que es de vital importancia para chicos que van a estudiar y a alimentarse.

Osvaldo recordó que cuando vivía en Haití, una fundación americana que se dedica a generar “alimentos para pobres nos solventaban la mayor parte de los comestibles para la escuela y el orfanato, además de instituciones como Unicef y otras que también nos ayudaban”.

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“Tuvimos una buena relación con los Ministros de Educación y Salud de Haití, funcionarios que siempre nos dieron una mano. Me decían “blanco” y eso que mi tez es bastante morena”, destacó.

También recibió ayuda de las embajadas de “México, Canadá, Brasil y Francia, no así de la Argentina lamentablemente, porque sus diplomáticos siempre tenían un ‘pero’ para recibirme”.

Violencia extrema

Fernández resaltó que la violencia suele ser extrema y es ejercida por bandas que “algunos políticos suelen utilizar para sus intereses. No andan con vueltas y cuando quieren eliminar a alguien lo meten en una pila de neumáticos y lo prenden fuego”.

A modo de anécdota, contó que trabajó como técnico de fútbol en varios equipos y en el seleccionado de Haiti. Cuando dirigía un equipo llamado “Amateur” que estaba en lo que Argentina se definiría como una villa complicada. Tenía a todos los jefes de los grupos más violentos que me cuidaban y decían que “si tenía algún problema lo hablara con ellos. Demás está decir que jamás tuve un inconveniente”.

Actualmente se encuentra un poco alejado del orfanato debido a que está trabajando en la dirección de tránsito en la Municipalidad de Gualeguaychú, pero la iniciativa sigue en pie con su hija Sandra, de nacionalidad haitiana, al frente de todo lo que levantaron en ese momento.

A diez años del terremoto

El 12 de enero de 2010 a las 16.53, el país más pobre de América sufrió un terremoto de 7° en la escala Richter. Lo que en Japón no despeinaría a un otaku, en Haití provocó la destrucción de tres ciudades, entre ellas su capital, Puerto Príncipe.

El primer ministro, en aquel entonces, Jean-Max Bellerive afirmó que fueron 316.000 las víctimas que originó el cataclismo.

Osvaldo Fernández se encontraba allí cuando sucedió el terremoto. “El reloj marcaba las 16.55 del 12 de enero del 2010 cuando empezó todo. Me encontraba, con Alejandro Toro, ciudadano chileno, que había ido a adoptar un chico. Cuando se inició el sismo es como si estuviera en el mar a bordo de una embarcación con muchas olas. Se movía todo y pensé que ahí se terminaba mi historia. Fue en ese momento que los chicos comenzaron a salir del orfanato y a gritar “Papá” y agarrarse de mi cuerpo. Le pedí a Dios que si alguien tenía que morir que me llevara, pero que los chicos se salven, ellos no conocen la vida. Finalmente todo se detuvo y cuando miré a un costado, ví que Alejandro había sacado al niñito que quería adoptar en brazos, gateando por la escalera, abrazado al bebé que hoy es un adolescente que vive en Chile. Nuestra idea primaria era la de no dar en adopción, pero después decidimos que era un camino viable, luego de estudiar los lugares a los que iban a ir”. Al respecto contó que “uno de los chicos vive en Buenos Aires, una chica está en La Rioja y representa a la Argentina en Equitación, además de dos que se fueron a Barcelona, uno de ellos es músico y otro jugador de fútbol”.

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