El imperio de la regla de oro moral
Individuos y grupos humanos solemos hacer cosas que no nos gustan que nos hagan. El correctivo moral de esta tendencia postula la petición de reciprocidad entre las conductas.La llamada "regla de oro"- así se la conoce- es una de los principios morales más antiguos, universales y ubicuos. Y está encerrada en esta afirmación: "No hagas a los otros lo que no te gustaría que te hicieran a ti".La noción ha sido invocada en los discursos tendientes a sensibilizar el "sentido moral" de las personas, ante situaciones que se consideran aberrantes.En una célebre alocución, en junio de 1963, el presidente norteamericano John F. Kennedy, se opuso con firmeza a la segregación y a la discriminación racial en su país, y para ello apeló a la regla de oro."La cuestión es si a todos los norteamericanos deben reconocérseles los mismos derechos y las mismas oportunidades, si vamos a tratar a nuestros conciudadanos americanos como nos gustarían que nos trataran a nosotros", sostuvo.Y añadió: "Si un americano, por el hecho de tener la piel oscura, no puede tomar su almuerzo en un restaurante, ni llevar a los hijos a la mejor escuela posible, ni votar a los funcionarios públicos que los votarán"."Si, en resumidas cuentas -razonó Kennedy- no puede disfrutar plena y libremente de la vida que todos nosotros queremos, ¿a quién de nosotros le gustaría que le cambiaran el color de la piel y ocupar su lugar? ¿A quién de nosotros le complacería la paciencia y la espera?"A la regla de oro no la respetan, por ejemplo, los hipócritas, quienes se toman la libertad de no comportarse como no deberían al no practicar lo que predican.Como aquel político que acepta un soborno, o se enriquece en la función pública, mientras abomina de la indecencia financiera o despotrica contra la codicia de las corporaciones.Como el párroco adúltero que exalta la santidad del matrimonio, el periodista mentiroso que predica la verdad de los hechos, el empresario explotador que exige compromiso a sus empleados o el trabajador haragán que critica la ociosidad de su patrón.La regla de oro se da de una forma u otra en prácticamente todos los sistemas éticos filosóficos o religiosos. En los Evangelios aparece este dicho de Jesús de Nazaret: "Así que trata a los demás como te gustaría que te trataran a ti, pues ello resume la ley y los profetas".Mahoma, en tanto, el profeta fundador del Islam, afirmó: "No hagas daño a nadie y nadie te hará daño". El pensador chino Confucio, por otro lado, dijo: "No desees a los otros lo que no deseas para ti mismo (...) Si deseas reconocimiento, ayuda a los otros a conseguirlo; si deseas éxito, ayuda a los otros a alcanzarlo".El filósofo Séneca escribió: "Trate a sus subordinados como debería ser tratado por sus superiores".¿Es la regla de oro una panacea moral? Algunos la critican por ser muy genérica, y señalan que pierde fuerza cuando es llevada a la práctica. Una objeción, por caso: encierra en su núcleo una demanda de consistencia.¿Qué pasa, entonces, con aquel egoísta que persigue en forma conciente su interés? El hecho de que recomiende a los demás lo mismo, por tanto, no comporta ninguna inconsistencia. ¿Queda justificado, así, el egoísmo?No obstante, la regla obliga a intentar ponerse en el lugar del otro, a dispensar al otro el mismo respeto que se espera recibir de él. Y esto solo es un valioso antitodo ante la miopía moral que a veces afecta a las personas cuando están en juego sus intereses.
ESTE CONTENIDO COMPLETO ES SOLO PARA SUSCRIPTORES
ACCEDÉ A ESTE Y A TODOS LOS CONTENIDOS EXCLUSIVOSSuscribite y empezá a disfrutar de todos los beneficios
Este contenido no está abierto a comentarios

