Opinion |

El infierno son los otros

La realidad, como algo univoco y universal, no existe. La imagen que ilustra esta columna no por conocida deja de ser útil para reflexionar un momento acerca de esto.

Luis Castillo*

¿Una anciana o una muchacha joven? Cada uno verá lo que pueda ver y ninguno de los dos estará equivocado; ahora bien, si no soy capaz de entender que mi realidad no es la del otro, que mi certeza quizás no sea sino la duda del otro, que quizás ambos o ninguno podamos estar en lo cierto, ahí empezamos a hablar de la grieta.

La grieta de la que tanto se habla no es nueva ni es nuestra. Es universal y tan antigua como la humanidad. No se extingue, sino que, por el contrario, se reinventa. Es una construcción social y, por lo tanto, se deconstruye y se reconstruye a medida que las sociedades evolucionan.

Mis ideas y yo estamos de este lado junto a quienes creen, sienten o piensan de un modo similar a mí, del otro lado están los otros. Entre ambos, ya sabemos. En términos políticos, ¿es lo mismo estar de un lado que del otro? No digo en cuanto a lo ideológico -doy por descartado que eso no varía según se esté como oficialismo o como oposición- sino al modo de ver la realidad y actuar en consecuencia. Veamos esto con un ejemplo.

“Donde no hay justicia no puede haber paz segura”. Esa frase impactante fue todo un estandarte cundo la pronunció Aung San Suu Kyi, quien obtuviera el premio Nobel de la Paz, por su lucha gandhiana a favor de la democracia en Birmania, dominada por una junta militar. Tras una serie de sucesos que, si bien es interesante conocer no es este el lugar ni el momento, Aung San Suu Kyi asumió el poder de su país. Contra lo que todo el mundo civilizado esperaba, inició la “limpieza étnica” de la comunidad Rohingya, minoría musulmana en un país de mayoría budista. ¿qué cambió en esta pacifista que justificó las matanzas diciendo: “se utilizó fuerza desproporcionada, pero no fue un genocidio”?

Pero, volvamos a nuestra realidad. A nuestra propia doble vara. A nuestra grieta. Si queremos eliminarla se plantean dos caminos posibles: eliminar la diferencia o eliminar la afinidad, en la primera opción hablamos de homogeneidad absoluta; en la segunda, a la exclusión incondicional del otro. Como apunta Sebastián Plut “Hay allí una clave para categorizar el carácter autoritario de un gobierno. Cuanto más autoritario sea, mayor será la supresión de la diferencia al interior del propio grupo y mayor la supresión de la afinidad con quienes no forman parte de él”.

De aquí surgiría la pregunta que se me ocurre inevitable: ¿está mal disentir? ¿es un error que no haya un pensamiento homogéneo? ¿antagonismo es sinónimo de violencia? Creo que, por nuestra propia naturaleza humana, siempre habrá cuestiones que nos unan y otras que nos dividan, aun en materias que, a priori, parecería que estamos todos de acuerdo como, por ejemplo, que nadie debería matar a un semejante. ¿Quién no estaría en contra de un homicidio? Hagamos una encuesta casera, preguntemos a vecinos y amigos si alguien considera que está bien matar. Pero (siempre hay un pero) si a la pregunta inicial deslizamos el concepto de pena de muerte ya las aguas empiezan a dividirse, si hablamos de aborto, las aguas vuelven a dividirse, si hablamos de guerra… y los ejemplos podrían seguir hasta el fin de este artículo y de nuestras vidas. La conclusión, creo yo, es que nunca estaremos todos en un ciento por ciento de acuerdo en todo, tampoco con todos, apenas en algo y apenas con algunos.

Quizás por eso lo importante sea aprender a valorar el desacuerdo y aceptar la inevitabilidad de los antagonismos. No está mal disentir, lo que está mal es pretender que todos piensen del mismo modo ya que eso, como mencionamos antes, es el peligroso camino hacia la violencia social.

La política es el arte de interpretar los deseos y canalizar las necesidades de los pueblos, entendiendo que es precisamente la heterogeneidad y la diversidad lo que nos hace ser la sociedad que somos, con nuestras virtudes y nuestras miserias. Denostar al otro no nos hace mejores, apenas más soberbios. “Ni la grieta vino a instalarse ni la sociedad la fue incorporando. La grieta no es política ni impuesta; es social y preexistente” dice Flores D’Ascencao, es decir, no está mal que todos o cualquiera de nosotros se ubique de un lado o del otro de un pensamiento, una ideología o un partido político, no es malo que toda una sociedad elija dónde pararse y con quien acordar, lo que está mal es que la castiguen por eso. La democracia, como el tango, se baila de a dos; de otro modo, desconociendo que existe el otro, acariciamos torpe e irresponsablemente las filosas garras de la tiranía.

Quizás, la clave estribe básicamente en ser respetuoso con el otro, reconocer al otro en tanto otro y entender que puede pensar o actuar de un modo diferente simplemente porque es diferente. Porque es otro. Porque cuando dos personas hablan y defienden sus puntos de vista, están −aunque no se diga o se sepa−, interactuando dos universos completamente distintos. Dos paradigmas diferentes, dos educaciones diferentes, dos familias distintas, dos vidas dispares. Dos personas con valores disímiles y diferentes perspectivas para interpretar la misma realidad.

Una realidad en la que unos ven a una anciana y otros ven a una joven.

*Escritor, médico y Concejal por Gualeguaychú Entre Todos

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