El laberinto del crédito: ¿Por qué los préstamos siguen siendo caros?
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Cualquier manual de Economía explica de manera sencilla que las tasas de interés son el precio del dinero. Siguiendo esa lógica básica, si el costo de conseguir fondos baja para los bancos, el costo de prestarlos al público también debería bajar. Sin embargo, lo que observamos hoy en el mercado de crédito argentino nos muestra una realidad muy distinta.
Desde principios de año hasta ahora, lo que un banco le paga a un ahorrista por un plazo fijo a 30 días bajó considerablemente, pasando de niveles cercanos al 30% a ubicarse en torno al 20%. Uno esperaría que esta caída abaratara los créditos para las familias. Pero, al revisar los préstamos personales, la tasa que se le cobra a una persona se mantiene inamovible por encima del 70%. La diferencia es aún mayor si miramos el Costo Financiero Total (CFT), que incluye todos los gastos administrativos e impuestos.
¿Cómo se puede explicar esta diferencia tan marcada? ¿Por qué la reducción en el costo del dinero no llega a los bolsillos de quienes necesitan financiamiento?
Al consultar a las entidades que ofrecen estos créditos, la primera justificación para mantener las tasas altas se apoya en los costos del negocio. Por un lado, mencionan los costos regulatorios, haciendo hincapié en los encajes bancarios (la porción de los depósitos que deben inmovilizar en el Banco Central y que no pueden prestar). Por otro lado, señalan los costos operativos: mantener sucursales, pagar salarios, cargas sociales y una fuerte carga de impuestos.
Aunque estos costos son reales, son variables que siempre estuvieron presentes en nuestra economía. Por sí solas, no alcanzan para justificar una diferencia de más de 50 puntos entre lo que el banco paga y lo que cobra. Para entender el verdadero motivo de este freno en el abaratamiento del crédito, hay que prestar atención a la situación económica de los clientes. El factor que mejor lo explica es la morosidad.
El riesgo de que una persona no pueda devolver el dinero se convirtió en el factor principal al fijar el precio de un nuevo crédito. Cuando muchas personas empiezan a tener problemas para pagar sus deudas, las normativas obligan a los bancos a tomar mayores precauciones (hacer previsiones). Para el banco, este mayor riesgo de incobrabilidad representa un costo adicional directo que termina incorporando en la tasa de interés de los futuros préstamos.
Los números del mercado son muy ilustrativos. Entre abril de 2024 y la actualidad, la cantidad total de personas con deudas bancarias pasó de aproximadamente 19 millones a 20 millones. Es un crecimiento cercano al 5%, lo que indica que no ingresaron multitudes de nuevos clientes al mercado. Sin embargo, la cantidad de dinero que debe ese mismo grupo de personas aumentó de manera notable.
Diversas consultoras económicas estiman que, a principios de 2024, un deudor promedio debía el equivalente a un salario del sector privado registrado. Hoy, mirando únicamente la deuda bancaria, ese número ronda entre 2 y 2,5 salarios. Esto demuestra que el crédito no creció porque llegara a más hogares, sino porque las personas que ya estaban en el sistema tuvieron que endeudarse mucho más.
El resultado es claro: en la actualidad existen cerca de 5,7 millones de deudores que presentan atrasos en sus pagos, lo que representa a un 27% de las personas que pidieron crédito.
El aumento en la cantidad de personas atrasadas en sus pagos se explica por dos motivos que afectaron directamente a los hogares.
El primero se relaciona con la baja de la inflación. Durante etapas de aumentos de precios acelerados, las personas sentían que las cuotas fijas de sus préstamos se hacían más fáciles de pagar con el correr de los meses gracias a los aumentos salariales. Al disminuir la inflación, ese alivio desapareció. Hoy, las tasas de interés son altas frente a los precios y los sueldos, haciendo que las cuotas representen una carga mayor.
El segundo motivo, y tal vez el más visible, es la reducción del ingreso disponible de las familias; es decir, el dinero que efectivamente queda en el bolsillo después de pagar las cuentas básicas. En los últimos meses, los gastos fijos como el gas, el agua, la electricidad y el transporte pasaron de representar aproximadamente el 6% de un salario promedio a fines de 2023, a ocupar un 15% en la actualidad.
Cuando los costos fijos necesarios para la vida diaria aumentan en esta magnitud, el dinero que sobra a fin de mes para pagar tarjetas de crédito o cuotas de un préstamo es cada vez menor. Así se conforma un escenario complicado: se acumulan más deudas, las tasas altas hacen difícil refinanciarlas, y el dinero disponible es más escaso.
Es importante aclarar que esta dinámica se observa fundamentalmente en los créditos destinados a las personas y no en los de las empresas, que presentan niveles de riesgo diferentes.
Frente a un panorama donde los clientes están más endeudados y cuentan con un menor ingreso a fin de mes, los bancos optan por volverse más cautelosos. Entienden que otorgar un préstamo hoy conlleva un riesgo mucho mayor. Como respuesta, endurecen los requisitos, ofrecen montos menores y cobran tasas de interés más altas para cubrirse.
Más allá de los costos operativos de los bancos, la dificultad de las familias para cubrir sus gastos y el temor a los incumplimientos de pago son los verdaderos responsables de que el crédito siga siendo tan caro.

