Editorial |

El lado B de la historia: esoterismo en la política 

Los grandes acontecimientos políticos han estado inspirados en sociedades secretas, al tiempo que siempre ha habido "brujos" detrás de los principales líderes mundiales.

El conocimiento de la historia de la humanidad tiene, en efecto, dos dimensiones: una “esotérica”, que se mantiene oculta y secreta, y otra “exotérica”, que es lo externo y exteriorizable, accesible a todos.

El lado esotérico, que permanece en la penumbra, que el gran público desconoce, que tiene un costado misterioso, se diría que constituye el lado B de la historia, aunque aquí se juega lo más decisivo de la realidad.

Eso cree Gary Lachman, que en 2017 publicó una versión alternativa de la historia en su libro “El ocultismo en la política”, donde nos anoticia, por ejemplo, que Estados Unidos es una nación diseñada por masones.

Y siguiendo la saga de los franceses Luis Pauwls y Jaques Bergier, en el mítico “El retorno de los brujos” (1960), cuenta también que Adolf Hitler y el nazismo son una mezcla extravagante de magia y tecnología.

Se cree que en la Alemania de principios de siglo XX un grupo que reivindicó la superioridad de la raza aria, reunido en torno a la Sociedad de Thule, inspiró la ideología del régimen nazi, siendo uno de sus miembros dilectos el propio Hitler.

El nombre de esta sociedad tiene su origen en la mítica isla de Thule mencionada en algunos textos antiguos y que los ariosofistas identificaban con Hiperbórea, el lugar primigenio de la raza aria.

La tesis de fondo de Lachman es que la historia que nos llega es la de las grandes gestas, los grandes hombres y los grandes proyectos, es decir su aspecto exotérico, aquellos que se “puede” saber.

Pero se nos ha escamoteado que detrás de esos personajes y eventos se mueven sociedades secretas de carácter místico o grupos ocultistas que se ven a ellos mismos como depositarios de alguna sabiduría ancestral (masonería, rosacruces, illuminatis, etc.).

La técnica de Gary Lachman es “desocultar” este saber para iniciados, haciendo una especie de “historia secreta del pensamiento político”, en cuyas páginas se repasa la influencia de distintos personajes, y de corrientes ideológicas de todo signo, condición y época.

Como es el caso de Emmanuel Swedenborg, René Guénon, Julius Evola, Rudolf Steiner, Nicholas Roerich, Mircea Ellade, Carl Gustav Jung o Aleister Crowley, entre otros.

Oráculos, sibilas, videntes, místicos y visionarios han influido tanto en la invención de la democracia como en la creación de Estados, refiere Lachman. Y esto con la pretensión de hace comprensible, fenómenos como el nacimiento de los Estados Unidos, las revoluciones francesa o rusa, el surgimiento del feminismo y hasta la abolición de la esclavitud.

Por lo demás, hay toda una literatura que ha venido explorando la relación entre el poder y las fuerzas sobrenaturales o la sociedad entre los líderes políticos y los brujos. Abundan, por caso, los escritos sobre la relación entre el místico ruso Gigori Yefimovich Rasputín y la dinastía Romanov.

La fila de gobernantes proclives al susurro de la magia es larga y ancha. Reyes y reinas, emperadores, dictadores, jefes de Estado, han tenido un brujo a mano, con supuestos poderes sobrenaturales, capaces de leer los signos ocultos de los tiempos y vaticinar el futuro.

Se cuenta que en estas pampas existió un Rasputín. Se trató del “brujo” José López Rega, consejero y ministro de Juan Domingo Perón, el hombre más poderoso del gobierno de “Isabelita” y creador de la Triple A.

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