El lado oscuro del ser humano ante las crisis
Las noticias de suicidios que llegan de Europa, donde la hecatombe económica ha sacudido la base de tantas vidas, muestra ese inquietante lado sombrío de la condición humana.La depresión económica destruye el marco laboral y social en el que se desarrollaba hasta ahora la vida de tantos europeos. Muchos de ellos, sin ver una salida a su situación, se han autoinfligido la muerte.El fenómeno, que algunos diarios no dudaron en llamar "suicidio por crisis económica", se está extendiendo en países como Italia, España, Portugal y Grecia.En la península itálica ya se contabilizan, en promedio, uno por cada día del año, según informó el Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales (Eures). El número es más alto en el Norte que en el Sur de Italia.En el 90 por ciento de los casos se trata de hombres. Y quienes se han mostrado más vulnerables son aquellos desempleados y jubilados cuyas pensiones no les permiten atender sus casos.Entre las víctimas también se encuentran los trabajadores autónomos y aquellos pequeños empresarios que no pudieron impedir el cierre de sus negocios, los que han perdido trabajo, afrontan deudas por créditos y viven un clima en el cual no perciben la salida.Esta última descripción recuerda lo que pasó en Argentina en 2001, donde la recesión sacudió los cimientos de vidas sólidamente construidas, llevando a la desesperación a mucha gente.Es conocido el relato que hiciera Iván Heyn -el economista del gobierno argentino que fue encontrado ahorcado en un hotel del Uruguay- y según el cual su padre intentó suicidarse ese año cuando su fábrica de correas industriales quebró por la crisis."De un día para el otro pasamos de ser clase media acomodada, con dos meses de vacaciones, a no tener nada, y a tener que salir a buscar una casa para alquilar", le contó Heyn al diario La Nación."Ver derrotada la imagen fuerte de mi viejo, que es el tipo que lleva adelante la familia, fue tremendo", recordó. En la entrevista, Heyn narró que ese hecho dramático lo llevó a la militancia política.Mientras en Occidente la concepción religiosa judeocristiana ha contribuido al rechazo del suicidio, esta conducta irreparable ha sido objeto de estudio científico por parte de la ciencia.Emile Durkheim, sociólogo francés, en su tratado 'El Suicidio' (1897), puso el fenómeno en conexión con las fuerzas sociales, afirmando que es posible rastrear las causas sociales de esos episodios aparentemente personales.La pregunta clave es: ¿cuáles son los lazos, tenues o sólidos, que unen al suicida con el grupo? Allí donde el individuo está plenamente integrado a la sociedad, al punto de creer que la muerte lo liga más a ella, se dan los suicidios altruistas (es el caso de los kamikazes japoneses).Pero en las antípodas, según la clasificación de Durkheim, está el suicidio anómico, provocado por la laxitud del control social. Aquí es posible verificar una decisión precipitada por la quiebra de relaciones con la sociedad, ya sea por la ruptura de nexos afectivos, laborales o de propiedad.Como sea, la explicación sociológica resulta siempre insuficiente para abordar la problemática existencial que conduce al suicidio, cuyos móviles son diversos y permanecen en gran medida insondables.El psiquiatra Víctor Frankl (1905-1997), a partir de sus reclusión en Auschwitz y Dachau, donde procuró identificar qué fuerza mantenía el deseo de vivir en las víctimas de los campos de concentración, llegó a la conclusión de que la vida humana tiene sentido y por tanto merece vivirse.En 'The Doctor and the Soul', Frankl escribió: "El suicidio no puede justificarse desde el punto de vista de la ética (...) Es nuestro deber convencer al suicida de que quitarse la vida va en contra de toda razón, que la vida tiene sentido para cualquier ser humano en cualquier circunstancia (...) Nadie puede saber qué le depara la vida, o qué alegrías le esperan".
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