El lenguaje después del “scroll”: ¿Qué impacto tienen las pantallas en el desarrollo del habla?
:format(webp):quality(60)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2026/08/ninos_pantallas.webp)
Vivimos en una época en la que las pantallas forman parte de nuestra vida cotidiana. Teléfonos celulares, tablets, televisores y computadoras están presentes en los hogares desde edades cada vez más tempranas. Para muchos niños, deslizar una pantalla, elegir un video o reconocer el ícono de una aplicación se ha convertido en una acción habitual incluso antes de desarrollar plenamente el lenguaje oral. Frente a esta realidad, es importante preguntarnos: ¿qué lugar ocupan las pantallas en el desarrollo del habla y el lenguaje?
El lenguaje no se adquiere simplemente por estar expuesto a palabras. Los niños aprenden a comunicarse principalmente a través de la interacción con otras personas. Una mirada, una sonrisa, un gesto, una respuesta a un balbuceo o una conversación durante una actividad cotidiana son experiencias fundamentales para el desarrollo comunicativo.
Desde la perspectiva de autores ampliamente utilizados en el campo de la Fonoaudiología, como Monfort y Juárez Sánchez, el desarrollo del lenguaje se construye en estrecha relación con la comunicación y la interacción con el entorno. El niño no sólo necesita escuchar palabras, sino participar activamente en situaciones comunicativas significativas, en las que pueda expresar, comprender, compartir y recibir respuestas de los otros.
Desde los primeros meses de vida, los adultos suelen interpretar y responder a las expresiones del bebé. Si el niño señala algo, el adulto puede nombrarlo; si realiza un sonido, alguien puede responderle e intentar establecer un intercambio. Esta dinámica, aparentemente sencilla, constituye una verdadera base para el desarrollo del lenguaje. El niño aprende que sus acciones generan respuestas, que puede comunicar deseos e intereses y que las palabras tienen un significado compartido.
Las pantallas, en cambio, suelen ofrecer una experiencia predominantemente pasiva. Un niño puede observar imágenes, escuchar canciones o repetir palabras, pero eso no siempre implica que exista una interacción comunicativa real. La diferencia fundamental se encuentra en la reciprocidad: para aprender a comunicarse, el niño necesita participar en intercambios donde alguien responda a lo que dice, adapte su lenguaje, espere su turno y acompañe sus intereses.
Esto no significa que toda exposición a pantallas produzca inevitablemente dificultades en el lenguaje. Sería simplificar demasiado una realidad compleja. El impacto depende de múltiples factores, entre ellos la edad del niño, el tiempo de exposición, el tipo de contenido y, especialmente, qué actividades se están dejando de realizar mientras se utiliza el dispositivo.
El problema aparece cuando las pantallas comienzan a reemplazar experiencias esenciales para el desarrollo infantil: el juego compartido, la conversación familiar, la lectura de cuentos, la exploración del entorno y el contacto directo con otras personas. Un niño aprende vocabulario cuando vive experiencias y puede hablar sobre ellas. No es igual observar la imagen de un perro en una pantalla que verlo en una plaza, escucharlo ladrar, señalarlo y compartir ese momento con otra persona que pueda poner palabras a la experiencia.
En la actualidad, también es frecuente observar el uso de dispositivos durante las comidas, los paseos o los momentos de espera. Muchas veces las pantallas se utilizan como un recurso para entretener o calmar al niño, algo comprensible dentro del ritmo acelerado de la vida cotidiana. Sin embargo, es importante que no se conviertan en la única estrategia disponible. Momentos como una comida familiar o un viaje en auto también pueden transformarse en oportunidades para conversar, observar, preguntar y desarrollar habilidades comunicativas.
Como profesionales de la salud y como sociedad, quizás el desafío no sea pensar únicamente en “prohibir” las pantallas, sino en aprender a utilizarlas de manera consciente. La tecnología puede ofrecer recursos educativos y contenidos de interés, pero no puede reemplazar el valor de una conversación cara a cara.
La presencia del adulto también modifica la experiencia. Cuando un niño observa un contenido acompañado y un adulto comenta lo que sucede, realiza preguntas, relaciona las imágenes con situaciones cotidianas y espera sus respuestas, la pantalla deja de ser una experiencia completamente pasiva. Aun así, el intercambio humano continúa siendo irremplazable.
También debemos recordar que el desarrollo del lenguaje no ocurre de manera aislada. Está relacionado con el juego, la atención, la comprensión, las habilidades sociales y las experiencias que el niño vive en su entorno. Por eso, ofrecer tiempo de calidad no requiere necesariamente actividades complejas o materiales costosos. Hablar mientras se cocina, leer un cuento, cantar canciones, jugar a imaginar, describir lo que ocurre durante un paseo o simplemente escuchar lo que el niño tiene para decir son acciones cotidianas de enorme valor.
En un mundo cada vez más digitalizado, el desafío es recuperar el valor de la presencia. Mirar al niño, esperar su respuesta, seguir su iniciativa y conversar con él, sigue siendo una de las herramientas más poderosas para favorecer su desarrollo.
Las pantallas forman parte de nuestra realidad y probablemente continuarán ocupando un lugar importante en el futuro. La clave no está solamente en cuántas horas un niño pasa frente a un dispositivo, sino también en todo aquello que ocurre fuera de la pantalla. Porque el lenguaje se construye en el vínculo: en las miradas, en los juegos, en las preguntas, en las respuestas y, sobre todo, en la necesidad profundamente humana de comunicarnos con otros.

