El líder, humano, demasiado humano
La consagración de los gobernantes en deidades -una idolatría que practicaban sobre todo en la antigüedad- revela hasta donde el poder es capaz de embriagar a quienes lo ejercen.La exaltación de los hombres poderosos al rango de dioses -proceso que se conoce como deificación- esconde la pretensión de vencer a la muerte. Pero la inmortalidad no les ha sido concedida a los hombres, aunque sean poderosos.El comentario viene a cuento a partir de la conmoción pública que generó la noticia de que Hugo Chávez, el presidente de Venezuela, padece cáncer, y de los esfuerzos del gobierno de ese país por minimizar el dato.La razón de Estado, se sabe, impone ocultar la dolencia del político lo más que se pueda. El hermetismo es la táctica habitual en estos casos para no dejar trascender debilidad política.En regímenes autocráticos, del tipo que conduce el caudillo venezolano, la enfermedad del líder equivale a un verdadero golpe de Estado. Es lógico que esto suceda en aquellos sistemas políticos que descansan en la voluntad omnímoda de un sujeto.Cuando la salud del líder que todo lo concentra derrapa, la zozobra y la angustia atrapan a su facción social simpatizante la cual, consciente e inconcientemente, lo ve más como un héroe invencible que como un hombre de carne y hueso.La condición mortal de los jefes de Estado ha hecho que la ciencia política extraiga algunas conclusiones. Una de ellas es que es preferible que la estabilidad política dependa del sistema y no de un caudillo.Los regímenes de impronta personalista que superponen la figura del mandatario con el Estado, que instalan simbólicamente el culto del caudillo o el mito de las jefaturas invencibles, no sólo desafían la biología.También incuban inestabilidades futuras, porque cuando el mandamás queda minusválido, el Estado aparece discapacitado. Además la lucha por la sucesión, ante el vacío dejado por quien dominaba la escena, puede ser despiadada.El fascismo y el nazismo, al igual que el estalinismo -para dar algunos ejemplos del siglo XX- se ajustan a este esquema de reverencia jerárquica al poder de uno solo.Las democracias modernas, en cambio, construyen la gobernabilidad alrededor de un entramado institucional que evita que la desaparición física de un jefe de Estado equivalga poco menos que al fin del mundo.De suerte que la enfermedad terminal que pueda sufrir el mandatario no haga metástasis en el sistema político-institucional en su conjunto, que funciona independientemente de la suerte de las personas y prevé el relevo dirigencial sin conmoción.El periodista Carlos Pagni, a propósito del caso Chávez, especula sobre el hecho de que un estilo autoritario de gobernar termina enfermando a sus protagonistas.Trascartón cita a Alberto Lederman, un experto en factores emocionales y liderazgos, quien sienta la tesis contraria: "El poder no es la causa. Es el síntoma (...) El poder es una estrategia defensiva para resguardar una vulnerabilidad del mundo emocional del sujeto. El que va detrás del poder es porque lo necesita (...) Poder y fragilidad son vecinos".Es común que la dolencia de los líderes se convierta en secreto de Estado. Siempre fue así. Ocultar graves enfermedades durante los mandatos al parecer es recomendable políticamente.Pero hay algo más: por alguna razón ancestral, ningún hombre con poder puede mostrarse como un simple humano. Desde los Césares hasta acá, quienes se colocan por encima de los semejantes suelen alimentar fantasía divinizadoras.Hasta que llega la enfermedad y la muerte para recordarles, al decir de Nietzsche, que son humanos, demasiado humanos.
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