El miedo, ese gran disciplinador social
En plena crisis del 2002, el entonces presidente Eduardo Duhalde, cuando todavía su autoridad no hacía pie, confesó que “las sociedades toleran todo, menos la anarquía”.
Las mafias conocen como nadie esta condición esencial del ser humano. Se diría que su poder descansa y se legitima en el miedo a la inseguridad y al desorden. En este contexto, lo que más desean las personas es ser protegidas.
Aunque saben que las mafias representan un orden “injusto”, que son el crimen organizado, cuyo negocio es el robo y la muerte, no obstante son el mal menor frente a la anarquía.
En una sociedad que los atemoriza, en la que se sienten inseguros, los individuos están dispuestos a aceptar el “orden” de la mafia, a cambio de ser protegidos para poder desarrollar sus vidas.
“Las sociedades toleran todo, menos la anarquía”. Lo dijo quien alguna vez tuvo el control del aparato pejotista del conurbano bonaerense, sospechado de manejo mafioso del poder.
Atemorizar a las personas ante la perspectiva del caos –algo que hace el kirchnerismo en la campaña política- no es algo que debiera sorprender. El miedo en la Argentina da poder.
Bien mirado, es un recurso clave en la consolidación del statu quo. En efecto, bajo esta lógica, todo cambio en la distribución del poder, por ejemplo votando en contra del gobierno, es visto como un movimiento desestabilizador del orden público.
Hay que hacerle sentir al electorado, por tanto, que el precio de cambiar es más alto que el precio de prescindir de la protección –no importa lo precaria que sea- del poder establecido.
“Nosotros o el caos”, podrá ser una disyuntiva antirrepublicana, incluso escasamente democrática, más propia de las dictaduras y de los gobiernos totalitarios, pero tiene una eficacia superlativa en la sociedad argentina.
Una sociedad hace tiempo dominada por el miedo a la violencia, a la inseguridad y al desorden. Por tanto, una sociedad dispuesta a tolerar la corrupción del poder, llegado el caso, con tal que no la lancen a la disolución anárquica.
Este aserto genera preguntas: ¿no le conviene al poder de turno fabricarse el caos, en ciertas circunstancias, con fines de supervivencia? ¿No ha sido el recurso al que han apelado los gobiernos que tienen la “suma del poder público”?
El miedo es un gran disciplinador social. Esto ya lo descubrió siglos atrás Thomas Hobbes (1588-1679), quien en “Leviatán”, su obra más conocida, asegura que el orden social se afirma en ese sentimiento.
Justificaba así un gobierno fuerte, un poder soberano que impusiera orden. La teoría política del filósofo inglés parte de una antropología pesimista. En efecto, Hobbes creía que el hombre es un animal incurablemente egoísta y miedoso.
Se reía de las ilusiones de los humanistas, para quienes en el hombre había un núcleo de bondad, y era posible mejorarlo si se despertaba en él el amor a la virtud.
Hobbes no se hacía ilusiones con la naturaleza humana. Concebía a los hombres como “egoístas psicológicos”, involuntarios, criaturas mezquinas programadas para interesarse sólo por su propia supervivencia y prosperidad.
Ahora bien, abandonado a este estado de naturaleza, el hombre se convierte en “lobo del hombre”. La vida sería un infierno de violencia e inseguridad. La salida es lógica: alguien debe poner orden para no caer en la barbarie.
Es la filosofía de la obediencia originada en esa pasión básica que es el miedo.
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