El modelo no es gestionar la miseria
Cada tanto en Entre Ríos surgen entredichos sobre si alcanzan las partidas para sostener los comedores escolares. Pero nadie se pregunta por qué el Estado da de comer a 90 mil gurises.Esos niños desayunan, almuerzan y meriendan en 1.100 comedores repartidos en todo el territorio entrerriano. Los dineros públicos, obviamente, nunca alcanzan.Y esto motiva cortocircuitos entre la comunidad educativa y los funcionarios provinciales. Pero lo increíble del asunto es que éste parece ser el debate. Es decir, si un peso más o un peso menos.No sólo eso. Aquí los gobiernos miden su eficacia en función de la extensión del brazo asistencial. Se auto-elogian por su "sensibilidad social" en la gestión.Los gobiernos "progresistas" exhiben con orgullo la planilla de los "asistidos". He ahí el éxito de la política del Estado: destinar equis por ciento del presupuesto a darle de comer a la gente.¿Acaso no se ve que esta retórica del mérito encubre un rotundo fracaso político y social? No es ninguna hazaña aumentar las partidas para matar el hambre.A menos que se acepte que la política consista en gestionar la miseria, resulta ofensivo a la inteligencia que se alabe como política de Estado la existencia de los comedores escolares.Pregunta: ¿estos burócratas del presupuesto mandan sus hijos ahí?. ¿Reciben la mentada copa de leche o el guiso de rigor del Estado?.A decir verdad, los entrerrianos -autocrítica incluida al periodismo- hemos "naturalizado" esta realidad. Es decir, la hemos aceptado sin más, como un dato de la naturaleza.Así como existen el río Paraná o la selva del Montiel, también forma parte del paisaje que 90 mil gurises asistan a los comedores oficiales en vez de comer en sus casas, como Dios manda.Es más, nos parece hasta deseable que así ocurra. "Porque de esa manera, llenándose la panza, también estudian", concluimos. ¿Acaso somos tan hipócritas que no vemos la calamidad de esta situación?Un sociólogo diría: es la inercia de la decadencia, la resignación cultural ante lo inmodificable. A la larga esta actitud conlleva, por una operación misteriosa de la mente, a eliminar el problema subyacente.Entonces, el debate no pasa ya por erradicar esta morbidad social -finalmente aceptada-, sino por contenerla. Bien miradas, estas políticas sociales son profundamente reaccionarias.Al atacar los efectos, al ponerle un parche al problema, contribuyen a preservar el status quo. Curiosa parábola de nuestros políticos, tan progresistas en sus discursos: son funcionales a un orden injusto.Que se nos entienda: no decimos que a esos chicos no haya que alimentarlos. Porque está claro que hoy no hay otra cosa. Lo que decimos es que esto no puede ser la meta de un gobierno.Una política provincial "transformadora" -como gustan decir desde Paraná- debiera atacar las causas de este problema. Y medir su éxito el día que no haya ningún pibe en Entre Ríos que concurra a los comedores estatales.Está bien aplicar el principio de "subsidiaridad" en este caso. Si hay hambre el Estado tiene que asistir. Ahora, siempre aceptando que es una intervención excepcional ante una anomalía social.En este sentido, a la política le tiene que causar vergüenza esta situación. Porque es la prueba palmaria de su fracaso. Resulta dolorosamente paradójico la proliferación de comedores oficiales en una provincia rica como Entre Ríos.Es un absurdo en toda la línea. Una política provincial con aspiraciones debiera hacer que los entrerrianos alcancen la autonomía en la búsqueda de sus recursos.Para que nuestros hijos no dependen de los burócratas para alimentarse.
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