El modelo social y el tópico de la felicidad
¿Qué legitima una organización económico-social? Varias legislaciones modernas postulan, en sus enunciados, que la clave es la felicidad. Un estado de satisfacción social que, por otro lado, sería difícil de medir.La declaración de la Independencia estadounidense -que ha servido de modelo a tantas constituciones- afirma el derecho de los ciudadanos a "la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad".En el mundo anglosajón surgió una filosofía, el utilitarismo, que postulaba la felicidad como programa de gobierno. Su fundador, Jeremías Bentham (1748-1832) decía que era necesario trabajar continuamente por una legislación capaz de promover "la máxima felicidad posible para el mayor número posible de personas".Ahora bien, ¿de qué tipo de felicidad habla Bentham? En su concepción moral, los hechos que cuentan de verdad son el placer y el dolor. Por tanto, la clave de la felicidad pasa por maximizar el placer y minimizar el dolor.El principio de la máxima felicidad, así, coincide con una existencia exenta de dolores y rica en placeres. Probablemente esta concepción hedonista de la vida goce hoy de mucho predicamento.El máximo placer posible para el mayor numero posible de personas. Éste puede ser un programa para cualquier gobierno que quiera ganarse la adhesión de sus gobernados.Cuando la Constitución Argentina, por ejemplo, habla del "bienestar general", ¿no se refiere acaso a la concepción utilitarista formulada por Bentham? Sin embargo no todo es tan simple: la cosa se complica cuando el modelo deseado pretende encarnarse en la realidad.Al respecto se ha creído que difícilmente se pueda ser feliz sin prosperidad material. De ahí que la riqueza despierte la apetencia de muchos. Y esto por la capacidad que tiene de proporcionar placeres.La economía, por tanto, ha sido sobrevalorada como aquella actividad en la que se juega la felicidad de las personas. Las naciones se han lanzado, así, a incrementar su "Producto Interno Bruto (PIB)", porque se da por sentado que allí está cifrada la dicha.Sin embargo, pese a los progresos del capitalismo, la riqueza ha llegado acompañada de malestar y descontento. Se habla, incluso, de los males de la abundancia.El economista Richard Easterlin, por caso, descubrió el "ciclo hedónico": una vez que alguien consigue hacerse rico, se acostumbra a ese nivel de vida, y ya se muestra otra vez insatisfecho.En la década de 1970, en Bután, un diminuto reino del Himalaya, se decretó que el crecimiento económico no era tan importante. El progreso de la sociedad no se mediría por criterios económicos. Y entonces se adoptó el "índice de felicidad interior bruta".Dasho Meghraj Gurung, ministro butanés, justificó el giro diciendo: "La ideología de la felicidad interior bruta relaciona las metas de desarrollo de Bután con la búsqueda de la felicidad".Y añadió: "Esto significa que la ideología refleja la concepción butanesa del propósito de la vida humana, una concepción que sitúa en el centro el desarrollo personal del individuo".Hay controversia acerca del experimento butanés. Más allá de que se afirme que el dinero no lo es todo, no está claro qué cosas hacen felices a las personas, y si algo por el estilo puede medirse.Por otro lado, ¿a qué oficina de propaganda no le gustaría publicar una noticia de este tipo: "Aumentó la felicidad a nivel nacional"?Como sea, el tópico se ha convertido en moda. Así, New Economics Foundation elaboró el "índice del planeta feliz", que combina las medidas de satisfacción subjetiva, la esperanza de vida y la huella ecológica per cápita.
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