Ciudad | Gualeguaychú | Luis Castillo

El mundo en blanco y negro

La supremacía parece ser el máximo motivo de desvelo de la raza humana. En la naturaleza, en las etnias o en el barrio, lo importante siempre fue ocupar el palo más alto del gallinero.

Cada tribu, al comienzo de la historia; cada imperio, después, se las ingenió para encontrar a alguien en condiciones de ser sometido. Alguien que le permitiera sentirse o mostrarse superior. Cada pueblo —a su tiempo—, encontró a quien llamar bárbaro, ubicándose así en sus antípodas y autodenominándose con su antónimo. Bárbaro, etimológicamente, significa: el que balbucea, es decir, el que no conoce mi lengua. Bárbaros eran para los romanos los pueblos del norte, y bárbaros eran para los griegos los que no dominaban el griego o el latín, las lenguas cultas.

Del otro lado del océano, los aztecas, a quienes no hablaban su lengua llamaban “popolucas”, término igualmente peyorativo. Tras la revolución francesa y el nacimiento de la cultura como argumento de dominación, nacieron ciertas teorías antropológicas, para las cuales, evolución mediante, un pueblo podía —no sin sacrificio—, crecer desde el salvajismo y la barbarie hacia la civilización, ilustrado Olimpo terrenal.

“Civilización y barbarie” es, casualmente, el título de una de las obras cumbre del discutido educador sanjuanino, para quien el destino del país que estaba naciendo como tal debía elegir entre la culta Europa y los bárbaros nativos, los guachos haraganes, los mestizos irredentos, los negros sin alma.

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Se dice que fue Fray Bartolomé de las Casas quien, en un noble acto de caridad cristiana al ver cómo morían los aborígenes sometidos al cruel sometimiento de los colonizadores españoles, sugirió traer negros desde el África, ya que por su fortaleza física y resistencia eran más aptos para el trabajo de esclavos que los indios americanos. 60 millones de esclavos fueron enviados a América, solo 12 millones llegaron vivos.

Argentina los tuvo como esclavos y más tarde conformaron las primeras milicias; a partir de las invasiones inglesas, el Batallón de Pardos y morenos se sumaba al de mulatos; separados, naturalmente, del de Patricios. Los llamados Regimientos de Castas, cuyo salario era la mitad del de los criollos y españoles. Desde 1811, los oficiales pudieron agregar “don” delante de sus nombres. No obstante, el tucumano Bernardo de Monteagudo (adlátere de San Martin) en 1812 no pudo formar parte del Primer Triunvirato por su origen étnico “dudoso”. Quien lo impugnó fue nada menos que Rivadavia, quien también era descendiente de negros africanos. Y un detalle no menor es que, pese a lo que nos contaron de la Asamblea del año XIII, la abolición de la esclavitud recién fue en 1853.

La gran conquista de la población negra, resultó entonces, integrar los ejércitos y luchar por un país al que sentían como propio. Se dice que durante las Guerras de la Independencia los señores feudales de nuestra tierra ofrecían sus esclavos y dinero a cambio de no mandar sus hijos a la guerra. El último y mayor sacrificio fue la fratricida participación en la guerra contra el Paraguay, entre 1865 y 1870.

Los que sobrevivieron, cayeron luego frente a la fiebre amarilla al año siguiente. Y continuaron descendiendo no solo en número sino también a partir de un proceso de invisibilización ya que, como reza el informe oficial del censo de 1895 “No tardará en quedar la población unificada por completo formando una nueva y hermosa raza blanca”.

Ya en el siglo XX, entre los años 30 y 40, arrastrados por las crisis, gentes de todas las provincias, en especial del norte argentino, llegaban a Buenos Aires en busca de un bienestar a todas luces negado en sus lugares de origen. Eran los nuevos negros. Los que no tenían las cabezas rubias de los inmigrantes de la Europa hambreada pero culta. Las cabecitas negras.

Al respecto, escribe Pedro Orgambide “El desprecio por el cabecita negra, su rechazo por parte de la pequeña burguesía liberal y democrática muestra hasta qué extremos el prejuicio impregna nuestras racionalizaciones... Ser diferente, ser gente, ser bien, significa no tener nada en común con ese intruso, que nos recuerda un origen humilde, de trabajo, de pequeñas humillaciones cotidianas. En esta fantasía, el pequeño burgués transfiere sus propias carencias al cabecita negra: el otro es el indolente, el ignorante, el poca cosa, el advenedizo”.

Nuestros nuevos negros son los pobres. Los Qom. Los mapuches. Los coyas. Nuestros nuevos negros mueren anónimamente cada día de hambre, de enfermedades, de miseria y de olvido.

Pero no son negros de piel y eso, de un modo u otro, nos saca un peso de encima, ya que nos exime de ser racistas.

* Médico y concejal de Gualeguaychú Entre Todos

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