El mundo online y el debate sobre la virtualidad
La hegemonía de las redes digitales replantea el lugar que ocupa en nuestras vidas la nueva tecnología, sobre todo en el plano de los vínculos humanos.El jueves último se festejó en todo el mundo el nacimiento de Internet hace 43 años. Tal es el impacto que ha tenido la red de redes que se cree que la vida ya no es igual. La aparición de estas tecnologías marcaría, así, un antes y un después en el derrotero humano.La definición de Marshall McLuhan de que los medios son una extensión de las facultades sensoriales del ser humano -como la rueda lo es de la pierna- despoja a la tecnología de su carácter de artificio.Las redes digitales, bajo este concepto, no constituyen una realidad virtual como una versión falsa de la realidad, puesto que también son una extensión de nuestro cerebro o de nuestra sensibilidad.Definir al ciberespacio como "irreal" o no auténtico en comparación con la realidad, por tanto, sería cometer un error epistemológico grave. Eso piensan quienes funden lo real en lo virtual, como si ahora fuésemos "ciborgs", un espécimen posthumano, hechura de la revolución digital.La palabra ciborg se utiliza para designar una criatura compuesta de elementos orgánicos y dispositivos cibernéticos. Esta figura posthumana rompe la frontera entre naturaleza y artificio, cuerpo y máquina.Se trata de una postura filosófica radical que subsume lo humano en el ciberespacio. Desde aquí se ve al hombre anterior al ordenador como un prehistórico o un ser obsoleto, aun no modificado por la tecnología virtual.Pero cabría ser cauteloso contra toda visión extremistas -por no decir mesiánica- que hace de la técnica una deidad capaz de crear seres a su imagen y semejanza. En este sentido, lo virtual no debería ser visto como lo real, del mismo modo que las redes nunca debieran perder su carácter de herramienta.Acaso convenga remarcar el hecho de que las nuevas tecnologías son gestionadas por seres humanos, que hasta donde se sabe mantienen superioridad ontológica frente a ellas, por lo pronto desde el momento en que pueden dejar de usarlas si quieren.En el otro extremo, se puede caer en el error contrario: el que supone que las tecnologías configuran el "eje del mal", vistas como entes dotados de un poder demoníaco que, sin saber uno cómo ni por qué, han tomado el control de nuestras vidas, con el único propósito de destruirlas.Entre los fundamentalistas del cybermundo -en la línea de la celebración fetichista del mundo digital- y los tecnófobos que ven las nuevas tecnologías de la información como la encarnación del Anticristo, existe una posición intermedia que acepta la gestión de estos medios, aunque bajo una actitud crítica y vigilante.Por ejemplo, los argumentos a favor de los vínculos virtuales son muchos y válidos. Pero no es cierto que lo que ocurre en las redes sociales, como se insinúa, sea algo extraordinario, como si la sociabilidad internáutica fuese superior a todo lo conocido.Esos contactos chocan contra un límite imposible de rebasar: la presencia humana es insustituible. La conexión cibernética podrá abrir un sinfín de posibilidades, a la hora de relacionarnos, pero el teclado y una pantalla no sustituyen el encuentro cara a cara con otra persona.¿Por qué son tan populares las redes sociales? Hay razones para sospechar que esto responde a una necesidad ancestral del ser humano: somos seres sociales, necesitamos del otro, deseamos sentirnos parte del grupo.Pero no está claro que estos encuentros sean de una calidad superior a los que se dan en la vida real. De hecho, podrían entrañar una forma de alienación. Como cree en un punto el escritor argentino Juan Faerman, para quien Facebook es un "gran placebo para la autoestima", al señalar que allí los sujetos exhiben sólo lo que quiere que se vea de ellos.
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