Ciudad | Luis Castillo

El mundo silencioso de una mujer con sombrero

Si existe algo que no es inocente, eso es el lenguaje. Esa prisión de la cual no podemos escapar, como sentenciaba Nietzsche. Pero ¿qué sucede cuando dejamos de considerarlo apenas un instrumento para describir la realidad y comenzamos ―mediante él―, a construirla?

Hoy vemos –algunos no exentos de estupefacción― que el lenguaje puede modificar el ámbito en el que nos desenvolvemos. Cambiar nuestra realidad. Cambiar nuestro mundo ya que, parafraseando a Emil Cioran, podemos afirmar que no es un mundo lo que habitamos sino un lenguaje.

Utilizamos el lenguaje para denominar a las personas y a los objetos, para etiquetar el mundo y hacerlo así más accesible, más práctico. Más útil. Más cosa. Y esas etiquetas nos condicionan a ser lo que dice que somos, sin opción ni alternativa. Como seres sociales ―así se nos define―, precisamos de la comunicación para realizarnos como seres humanos. ¿Y si no podemos comunicarnos? ¿Si habitamos lenguajes diferentes? La discapacidad queda así redefinida como un problema de comunicación. Discapacidad. Así, en negativo, dis-capacidad, lo que no es capacidad, definida esta, naturalmente, desde el lado de la “capacidad‟, de las personas “normales‟, por lo tanto, la discapacidad se convierte, casi sin mencionarlo, en lo que no debe ser. En lo que no se es.

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Judith Scott fue una escultora de fibra estadounidense de renombre internacional.
Judith Scott fue una escultora de fibra estadounidense de renombre internacional.

El 1 de mayo de 1943, en la ciudad de Cincinnati, en Estados Unidos, nació una niña a la que llamaron Judith. Judith Scott. Ella, a diferencia de su hermana melliza Joyce, era sordomuda y con Síndrome de Down. Sus padres, de una típica clase media norteamericana, no dudaron a la hora de aceptar las recomendaciones de los médicos que la controlaban y así, a los siete años, pusieron a Judith en una institución pública especializada en discapacidad. Su hermana y protectora Joyce relató muchos años después lo que sintió en aquel momento: “Sentí el frío de la cama. Judith no estaba allí. Bajé a preguntar a mis padres. Mi madre estaba en la cocina. Se puso muy nerviosa. Le empezó a temblar el labio… Dejamos de hablar de ella y así dejó de existir…”. De lo que no se habla, no existe.

En aquella institución, en donde se suponía que debía aprender a leer y escribir, a nadie pareció importarle si lo que padecía era sordera o una discapacidad cognitiva sobre la que nada podía hacerse. Por lo tanto, no se hizo nada. Ni siquiera se le enseñó el lenguaje de señas. El mundo en donde le fue asignado vivir a Judith fue un mundo sin lenguaje, un mundo de silencios, un mundo donde no existían sonidos ni palabras, donde no podía compartir lo que sentía ni lo que pensaba. Un mundo vacío. Aislada hasta de su propia hermana, que hasta entonces compartía su anterior mundo.

El mundo en donde le fue asignado vivir a Judith fue un mundo sin lenguaje, un mundo de silencios

36 años más tarde, su padre murió y Joyce solicitó la tutela −a regañadientes de la madre que estaba en contra de sacar a Judith del lugar en donde tan cómoda estaba−. Ella, no Judith. El Estado accedió al pedido y marcharon juntas a California. Allí, el esposo de Joyce había escuchado hablar de un sitio llamado Creative Growth Art Center, un lugar en donde las personas con dificultades mentales o psicológicas hacían arte. Un lugar en donde no se hacía terapia sino arte. Dos años permaneció allí sin que mostrara ningún interés por la pintura, la escultura o los dibujos de los que muchos de sus compañeros parecían disfrutar. Seguía sumergida en su mundo de callada oscuridad.

Cierto día observó un objeto cualquiera que llamó su atención. Y decidió cubrirlo con hilos de lana. Y después hizo lo mismo con otro, con un trozo de madera, con una rueda de bicicleta, con una silla. Naturalmente, es poco probable que haya habido en ese acto una intención comunicativa o una necesidad de expresión interior, sin embargo, sin proponérselo, comenzó a “hablar” el lenguaje de los que estaban a su alrededor, el lenguaje simple de aceptar la proximidad de los que hacían lo mismo que ella, que la aceptaban y que abrían sus mundos para que ella ingresara con el suyo; Judith Scott antes era una paciente hermética y diagnosticada, ahora, el arte le había permitido ser una persona con la que se podía “hablar” de algo: de madejas de lana, de objetos, de colores, de sombreros.

sin proponérselo, comenzó a “hablar” el lenguaje de los que estaban a su alrededor

Sus primeras piezas envueltas en ovillos de lana fueron sus primeras palabras. Encontró su lenguaje y descubrió entonces un mundo nuevo. Su hermana la describió entonces y por primera vez, como una persona feliz; más tarde, los críticos la señalaron como una artista original y enigmática. Fue reconocida como escultora y se convirtió en la primera artista con Síndrome de Down que se presentó en el Museo de Arte Moderno de San Francisco. A medida de que iba siendo, tanto ella como sus obras, reconocidas, cuidaba más su aspecto físico vistiéndose cada vez con más pañuelos, bufandas, adornos y algo que nunca más faltó en su vestimenta: el sombrero.

Judith Scott murió en 2005, en su lápida no dice que hubiera tenido Síndrome de Down o que fuera sordomuda, solamente que fue una artista que descubrió su propia voz. Y que usaba sombrero.

*Médico y Concejal de Gualeguaychú Entre Todos

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