El ocaso del arte de escribir a mano
Como se sabe, la formación de letras se enseña en las primeras etapas de la escuela primaria. Las maestras instruyen a los chicos sobre las habilidades de la escritura.
Tener “buena” letra sigue siendo una clave de prestigio en el aula, más allá de la importancia gramatical del discurso. Por eso la forma, las inclinaciones y las curvas de la caligrafía pesan tanto.
Es el mundo del lápiz y el papel. El lugar en que los alumnos deben ejercitarse en la destreza de la mano sobre el papel. Y la práctica del dictado ha estado unida a este aprendizaje.
Algunos de nosotros, además, habremos escuchado historias sobre las torturas de que eran objeto los zurdos en el pasado. Se cuenta que muchos de ellos eran obligados a escribir con la mano derecha mientras le amarraban la “mano mala”.
Sin embargo, el dato es que la escritura a mano pasa a un segundo plano a medida que el niño crece. Ya en la vida adulta las oportunidades en las cuales se requiere de este arte son cada vez más escasas.
¿En cuántas ocasiones comunicativas utilizamos un lápiz o un bolígrafo? El lector que pueda hacer el auto-análisis correspondiente, caerá en la cuenta que esa práctica se ha restringido.
En principio el correo electrónico está reduciendo al mínimo a la carta como instrumento de comunicación cotidiana. Y por cierto que estamos muy lejos de esa época en que todos los registros del Estado se hacían a mano.
Antes, cuando circulaban más papeles escritos a mano, podíamos detectar la presencia de una persona al toparnos con su caligrafía, devenida en una huella humana inconfundible.
Por eso generaba tanta fascinación, en la generación anterior, ese arte de escudriñar la personalidad a través de la escritura que es la grafología.
Pero el avance de las nuevas tecnología electrónicas –sobre todo la computadora- ha reducido notablemente en la vida cotidiana las oportunidades para empuñar un bolígrafo.
A veces lo único que las personas escriben a mano es un garabato rápido con los números telefónicos de alguien, dictados rápidamente y escritos sobre un papel. O hacen alguna lista para el supermercado.
Se escribe algo para saludar en las fiestas de fin de año, pero por lo general las tarjetas de Navidad contienen los pensamientos ya impresos. De suerte que casi no hay que agregar nada, de cuño propio, al mensaje prefabricado.
Estos cambios son objeto de reflexión de escritores y semiólogos en el mundo, quienes especulan que quizá en el futuro nuestros nietos no puedan leer nuestras cartas.
“Cuando tus tataranietos encuentren una antigua carta en el ático de la casa tendrán que llevarla a un especialista, a un señor mayor en la biblioteca que tendrá que descifrar lo que está escrito”.
Eso comenta la escritora británica Kitty Burns Florey, autora del libro “Caligrafía y garabatos: auge y caída de la escritura a mano”. Es decir, no es descabellado pensar que en el futuro, nuestras cartas podrían convertirse en algo tan difícil de leer como un manuscrito medieval.
A propósito, la proliferación de los textos electrónicos, en reemplazo de los de papel, supone la desaparición fáctica de las huellas humanas, como legado a nuestros descendientes.
Sin embargo, persiste la duda de la pérdida cultural de estos cambios. ¿En qué medida no afectan el aprendizaje de la expresión de ideas, sobre todo en las nuevas generaciones?
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