El ocaso de la noción de responsabilidad
"Eso a mí no me toca", suele ser la expresión más común que denuncia, en los distintos ámbitos de la vida, la huida a asumir las consecuencias de nuestros actos.El clima general de época, y una cultura nacional cuyo rasgo central consiste en echar la culpa a los otros, han logrado incapacitarnos para aceptar las cargas de las propias acciones.El diccionario define la responsabilidad como "el carácter de aquel que puede ser llamado a responder por las consecuencias de sus actos". Ser responsable, en suma, es asumir los penosos efectos de un acto libre.Lo cual implica, según los casos, una serie de sanciones morales y materiales que van desde el puro y simple arrepentimiento hasta la reparación de los daños y la condena penal.La huida generalizada de la responsabilidad no sólo responde a una inclinación humana a apartarse de situaciones incómodas, sino a condiciones culturales inherentes a grupos humanos.En la política Argentina, por ejemplo, es un deporte el "yo no fui" de los distintos actores, ante el espectáculo de la involución del país. Siempre hay una excusa a mano para cargar en otros las negligencias y errores propios.Esta ideología ocupa el lugar del poder. Los gobiernos K, de mentalidad izquierdista, se quejan del mundo todo el tiempo. Cuando las cosas no salen, es "porque no me dejan".Es la neurosis progresista: ven un complot en todos lados. Son los que tienen el poder pero viven hablando en contra de los que tienen el poder. Esta es la visión K de la realidad.Una visión montada sobre una astucia: que las consecuencias de los errores propios recaigan directamente sobre otros. Pero a no engañarse: los argentinos somos así.Si el país está cada vez peor, creemos, es porque hay enemigos siniestros conjurados para arruinarnos la vida. Los personajes son varios: van desde el capitalismo hasta el agujero de ozono.Mega entidades manipuladoras, así, están detrás de nuestras frustraciones colectivas. La sociedad argentina, tan inocente, es víctima de la intención aviesa de poderes oscuros.La responsabilidad, luego, está en otro lado. Hay derecho para la queja entonces -no debe haber otro país más quejoso que el nuestro- y producir la catarsis consecuente.El comportamiento del Estado, en un país burocratizado como la Argentina, acentúa esta tendencia, si pensamos que la responsabilidad disminuye en función del gigantismo.Resorte de una máquina en lugar de miembro de un organismo, el individuo metido en estas estructuras no ve bien el lazo entre su trabajo, demasiado frecuentemente impersonal y fragmentario, y los resultados de su trabajo.Así, sus faltas, diluidas y reabsorbidas en su inmenso complejo anónimo, le parecen sin consecuencias, expresión para designar la ausencia de responsabilidad.Además, aquí las sanciones son inciertas y lejanas. El mal manejo de la superestructura estatal -que conlleva déficits crónicos que caen sobre la sociedad- no recibe castigo alguno.Si mientras en una empresa privada el gerente sería apartado en breve plazo por la quiebra de ésta, los funcionarios negligentes siguen manteniendo su puesto, y en Argentina pueden incluso llegar a ocupar altos puestos de conducción.Por lo demás, entre nosotros una forma de no dar cuenta de nada a nadie, de no responder ante la ley, es encumbrarse lo más alto posible. Siguiendo así la definición de Alfredo Yabrán de que "el poder es tener impunidad".En suma, la ruptura entre nuestras acciones -o nuestras omisiones-, y sus acciones, es mortal para el sentido de la responsabilidad. Una sociedad que se muestra insensible a este problema, está condenada a la ruina.Educar en el sentido de la responsabilidad, en la casa y en la escuela sobre todo, es una tarea patriótica, en una Argentina que no quiere asumir sus errores.
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