El ojo incómodo de los escépticos
“Las elecciones nos rompen las pelotas. La campaña electoral ya está en el aire; charlo con amigos, pregunto, escucho, y me parece que a casi todos les pesa pensar en votar. A mí sin duda me pesa pensar en votar a estos muchachos”.
¿Cuántos argentinos se identifican con esta confesión del escritor y periodista Martín Caparrós, realizada en el diario Crítica de la Argentina? ¿Hay alguna comunión espiritual con estas palabras cargadas de desazón?
“Las elecciones –continúa- nos molestan porque son una puesta en escena cruel, descarnada, de nuestra mediocridad, nuestras incapacidades: si tenemos estas opciones –si las opciones que tenemos son éstas– la culpa es toda nuestra, somos nosotros los que no supimos conseguir otra cosa, preparar otra cosa, organizar otra cosa, merecernos otra”.
La crueldad de estas elecciones está en su simulación y en el exterminio de un sentido superador, parece decirnos el escritor, para quien la sociedad no es inocente de la vulgaridad en la que está envuelta.
Otro escritor, Santiago Kovadloff, descarga con particular elocuencia su indignación ante la era del vacío político. “Si algún rasgo patético llegara a guardar la memoria colectiva de la marcha hacia las elecciones legislativas que se avecinan, seguramente ése será el de lo grotesco”.
“Una atmósfera circense y burda se ha adueñado del curso, seguido por un proceso político en el que parecen predominar un sentimentalismo pringoso y una elocuencia barata, acomodaticia y divorciada de toda responsabilidad conceptual”.
Ha vuelto la mediatización de la política, un escenario en el cual las entrevistas “sin sustancia cívica” hacen proliferar slogans y frases hechas, dando otra vuelta de tuerca a la banalización de lo público.
“Los postulantes despliegan, casi siempre, un repertorio de ideas anémicas y lugares comunes destinados a operar como sucedáneos de una cultura política tan indispensable como faltante. No aspiran a orientar a la ciudadanía, sino a justificarse ante ella”.
Una política vaciada de sentido, que apenas encubre vulgares proyectos de poder personales y grupales, en medio de un país descoyuntado social y culturalmente, la mayoría de cuyos habitantes sobrevive en el descreimiento.
“Es preciso advertirlo: la apatía ante el discurso político no fue revertida”, advierte Kovadloff. Por eso “lo circense busca esa reversión desesperadamente. Quiere capitalizar como sea la desorientación pública. Para ello, renueva sus recursos sin cesar”.
De ahí la puesta en marcha del marketing político, que trabaja sobre la simulación, sobre las apariencias y las tácticas seductoras. Pero, “¿hasta cuando perdurará esta disociación entre política y conocimiento?”, se pregunta el escritor.
“¿Quiénes los reconciliarán en una sociedad atenazada por la pobreza, el delito, la mala educación, la explotación prostibularia de la ley?”.
La apoteosis de la atmósfera circense de la que habla Kovadloff la configura el hecho de que gran parte de los argentinos se ha involucrado en la política a través de “Gran Cuñado”, símbolo de un país jocoso que se ríe todo el tiempo de todo.
La tinellización de la conciencia cívica es la contracara de la apatía y la indiferencia ante la política y el Estado. Entre nosotros la República (del latín res publica, ‘la cosa publica’, lo público) ha caído bajo sospecha.
El humor acaso sea el atajo con el cual una sociedad sublima su fracaso político. Y a la vez una cura momentánea ante tanto escepticismo.
Este contenido no está abierto a comentarios

