El ostracismo hacia las personas mayores
Mientras la "esperanza de vida" se estira, gracias a los progresos de la higiene y la medicina, y hoy está alrededor de los 80 años, las personas mayores tienen la percepción de que la sociedad los excluye.Es una de las paradojas -quizá más dolorosa- de la sociedad contemporánea: multiplicamos el número de ancianos, pero a la vez culturalmente los exiliamos, para regalarles muchas veces indiferencia y olvido.Pocas veces prestamos atención sobre la soledad y la angustia moral de las personas mayores, cuyo retiro suele devenir en una virtual condena al ostracismo social.El envejecimiento suele traer aparejado una disminución de las actividades profesionales. Esto es natural. Sin embargo, eso no valida una actitud de rechazo hacia las personas mayores.Una mirada productivista -hegemónica en muchos sentidos- podría estar detrás de este desprecio. Toda vez que el hombre mayor ya no produce. Es, para esta mentalidad, "inútil" desde el punto de vista económico.Operaría aquí una brutal "selección natural" de la especie: los más jóvenes y fuertes vencen, los más débiles deben perecer. Como si la sociedad estuviese regida por una ley inhumana.Muchos de nosotros, sin embargo, hemos conocido otro modelo de trato a los mayores. Nuestros padres nos enseñaron a amar y respetar a sus propios padres -es decir nuestros abuelos-.Al punto que estos seres con canas estaban rodeados de un halo de sabiduría. Irradiaban una autoridad natural en el hogar. Ellos tenían el don del consejo, fruto de su larga experiencia en la vida.Ahí residía el privilegio que, naturalmente, el grupo familiar concedía. Esto contrasta con el desdén o indiferencia que campea en una sociedad que ha sacralizado la fuerza vital de la juventud y la novedad.Hay un discurso equívoco de exaltación de la adolescencia, en toda la línea, y todo lo que no se ajuste a este modelo biológico vitalista y hormonal pasa al universo de lo "vejestorio".No nos percatamos que la adolescencia, justamente, es "adolecer", es una etapa de tránsito, cargada de ambigüedades, hacia la plenitud de la madurez, que se desea naturalmente a esa edad.Como la sociedad se ha vuelto en gran medida insensible al anciano -pese, insistimos, a la lógica de que hay que vivir a toda costa- todo lo que transita hacia esta etapa de la vida se vive como un verdadero trauma.Se ve en el hecho de que a cierta edad -acaso entre los sesenta- muchos no están dispuestos a aceptar el devenir lógico de la vida, y entonces, en una regresión grotesca en muchos casos, pretenden volver a ser jóvenesEl envejecimiento se siente como una injuria inmerecida del destino. "Quien no tiene el espíritu de su edad tiene todas las desgracias de su edad", dice un conocido axioma.Esta confusión contemporánea -de maduros que quieren ser adolescentes, más allá de la biología- aumenta el descrédito de una época vital que, pese al ocaso que se cierne sobre ella, es rica en experiencia y sabiduría.En épocas pasadas los ancianos gozaban de prestigio. Su palabra tenía peso, porque enseñaban a las generaciones precedentes sobre los secretos de la vida.Incluso las sociedades antiguas los encumbraban en los puestos de gobierno, porque se tenía la creencia de que la autoridad debía acompañarse con la virtud de la sabiduría, algo que se conseguía con los años vividos.Pero se ha producido una inversión de los valores. El anciano, vestigio del pasado, hoy parece no tener carta de ciudadanía en un mundo hipnotizado por la novedad. Si hasta se le niega el don del consejo, fruto de una larga experiencia de la vida, que era antes su privilegio.
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