El país y el pecado original de la codicia
En cierto modo a las personas las definen sus "quereres". Uno es, ante todo, lo que desea. Con las sociedades es igual: un "destino manifiesto" las mueve y justifica."¿Qué hacer en este país en el que se reproduce la parábola del Hijo Pródigo? Se ha echado a andar en busca de deleite y riqueza", reflexionaba, no sin tormento, Eduardo Mallea.El gran escritor, iba a la raíz del mal: la escala axiológica de los argentinos. "La Argentina que queremos es otra", se decía a sí mismo, angustiado por el ethos deformado de sus compatriotas.Hace tiempo que entre nosotros el robo, la estafa, el prevaricato y el cohecho, marcan la tónica de los negocios públicos. Detrás, un pecado capital domina las acciones: la codicia.Charles Darwin, padre de la teoría sobre la evolución, estuvo seis meses entre nosotros allá por 1833. Su descripción de los argentinos es una pieza antropológica.El científico inglés viajó como naturalista por estos lares a bordo de la nave 'H.M.S.Beagle'.Observador penetrante, el inglés escribió luego un comentario sobre los argentinos, cuya vigencia es impactante: "En la Sala de Buenos Aires no creo que haya seis hombres cuya honestidad y principios pudiesen ser de confiar. Todo funcionario público es sobornable. El jefe de Correos vende moneda falsificada. El gobernador y el primer ministro saquean abiertamente las arcas públicas"."No se puede esperar justicia si hay oro de por medio. Conozco un hombre (tenía buenas razones para hacerlo) que se presentó al juez y dijo: 'Le doy doscientos pesos si arresta a tal persona ilegalmente; mi abogado me aconsejó dar este paso'. El juez sonrió en asentimiento y agradeció; antes de la noche, el hombre estaba preso", relató Darwin."Con esta extrema carencia de principios entre los dirigentes, y con el país plagado de funcionarios violentos y mal pagos, tienen, sin embargo, la esperanza de que el gobierno democrático perdure. En mi opinión, antes de muchos años temblarán bajo la mano férrea de algún dictador", vaticinó con una lucidez asombrosa.Entre nosotros la inmoralidad es viveza y la honestidad equivale a zoncera. Como bien decía Borges: "El argentino suele carecer de conducta moral (...) Pasar por un inmoral le importa menos que pasar por un zonzo. La deshonestidad, según se sabe, goza de veneración general".Eso sí, la corruptela de nuestros políticos nos subleva, como si ellos perteneciesen a una raza distinta, unos representantes que nada tienen que ver con la sociedad que los encumbró.Ahora bien, ¿nos indignan o nos producen envidia? ¿Nos subleva el instinto ético, el hecho de que todo robo, sobre todo desde el Estado, es una ofensa a los indigentes de este país, y que por tanto clama al cielo?¿O en el fondo nos quejamos porque no estamos allí para sustituirlos, de suerte que haríamos lo mismo en su lugar? ¡Ya que sería una zoncera no aprovechar esa situación dorada!La hegemonía del factor codicia, que da la tónica a los negocios públicos, define una situación ética pre-ideológica. Se diría que los argentinos más que creer en ideologías, amamos la plata. Nos hemos echado a andar en "busca de deleite y riqueza", al decir de Mallea.Y bien mirada, esta obsesión es casi genética. Tiene raíces en el pasado. Y de hecho la heredamos de los primeros conquistadores, que vinieron a estas tierras creyendo que escondían tesoros maravillosos.Por eso le llamaron Argentum, plata. ¡Nada menos! Quizá no pensaron que ese nombre, que evoca prosperidad, señalaría un destino a los habitantes de este país, marcaría a fuego su querer, prefiguraría su historia.
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