El Papa que pensó la globalización
Benedicto XVI, cuya renuncia al gobierno de la Iglesia Católica ha conmocionado al mundo, es considerado un pensador de fuste, aun por sus adversarios intelectuales.De hecho ha sido el teólogo más relevante e influyente de las últimas décadas, siendo primero el inspirador en materia doctrinal del pontificado de Juan Pablo II, y en los últimos ocho años como jefe de la Iglesia.Sobre el alemán Joseph Ratzinger recayó, en gran medida, la tarea de pensar desde el catolicismo la nueva fase histórica de la humanidad, consolidada entre el último tramo del siglo XX y la actualidad, conocida como "globalización".El término, a decir verdad, ha sido sobrecargado de sentido peyorativo o de connotaciones positivas, según sean las ideas o los intereses de quienes lo emplean.Se diría que ha servido para definir posiciones ideológicas, de rechazo o adhesión, en lugar de aludir a una realidad que necesita ser comprendida en toda su multidimensionalidad y polivalencia.De ahí que detrás del debate sobre la globalización lo más común es que se reedite la vieja querella capitalismo-anticapitalismo, o imperialismo-antiimperialismo, entre otras antinomias.Ratzinger parece decir, en cambio, que el asunto no radica en la apología a ultranza ni en el rechazo a libro cerrado, sino en asumir la "interdependencia" como un producto de la actividad humana.Como tal -al igual que otras realidades del hombre como el mercado y el Estado- se está frente a un hecho que no es bueno o malo en sí mismo, y cuya eticidad se la dan las personas.Esta visión aparece en la encíclica "Caritas in Veritate", donde Benedicto XVI confronta la doctrina social de la Iglesia Católica con los hechos contemporáneos.Allí se dice que el sentido que pueda adquirir la globalización, sea negativo o positivo, no es imputable a su naturaleza. Para visiones simplistas opuestas, efectivamente lo global ocupa el sitio del Bien o del Mal, en términos maniqueos.Pero no es así, aclara el teólogo, quien rechaza una visión unilateral del fenómeno. "La globalización no es, a priori, ni buena ni mala. Será lo que la gente haga de ella", se lee en la encíclica.Oponerse ciegamente a esta "realidad humana" es caer en una actitud errónea, prejuiciosa, que acabaría por ignorar sus aspectos positivos, como es el intercambio entre los grupos humanos de distintas culturas.De la misma manera, equiparar la globalización a la beatitud, aceptando acríticamente el proceso, sin advertir que puede estar guiado por intereses antisociales, es un error inaceptable.No hay ninguna fuerza impersonal y anónima en la historia que decrete que los asuntos humanos deban tener un sentido ético determinado, con independencia de la voluntad humana.Si esto fuese así, si todo ocurriese de acuerdo a un esquema preestablecido, y fenómenos ecuménicos como el proceso de globalización gobernasen la vida, de una manera necesaria e inapelable, ¿dónde queda entonces el libre albedrío y dónde el sentido de responsabilidad de los actos humanos?En todo caso, aclara Benedicto XVI, de lo que se trata es de corregir las disfunciones de la globalización, a través de una gestión que oriente el proceso "hacia metas de humanización solidarias".Para el Papa que acaba de anunciar su retiro, "la verdad de la globalización no está en lo económico, ni en lo técnico, sino en la unidad de la familia humana".Y es desde esa concepción antropológica, desde esa escala de valores, que el fenómeno global debe ser gobernado.
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