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El peronismo apela a todas sus caras para seducir a la clase media

La cara de los dirigentes del agro lucía aliviada. Fue a la salida de la charla con el Presidente, en la que, merced a la intervención de Felipe Solá, las cosas no pasaron a mayores. Oficiando más como Ministro de Agricultura que como Canciller, el papel del cuestionado funcionario sirvió para contener las aguas. ¿Cuánto durará la tregua?

Por Jorge Barroetaveña

El debate sobre la inflación en la Argentina es tan viejo como nuestra decadencia. Mientras el país tuvo niveles más o menos aceptables de inflación, cercanos a los de los países desarrollados, todo fluyó más fácil. Pero muchos gobiernos se terminaron enamorando de la política de convivir con la combinación de un alto déficit fiscal, emisión monetaria y correlato en los precios. Y es una carrera que la historia ha demostrado nunca se podrá ganar. Los salarios corriendo detrás de una zanahoria que no van a poder alcanzar, es la muestra más acabada de nuestro fracaso.

Ahora, con algo más de glamour que en la época de Macri, el gobierno se apresta a dar su propia batalla a la inflación, con herramientas más o menos conocidas. Empresarios y sindicatos anduvieron por la Rosada y escucharon pedidos de prudencia. A los primeros que hagan el máximo esfuerzo por no aumentar los precios en fábrica. A los segundos que, si bien la paritaria será libre, sean medidos porque subas excesivas no harán más que estimular el impacto en las góndolas. El jueves, varios de los popes de empresas aplaudieron al Ministro Guzmán, aunque aprovecharon para reclamarle por los dólares. Un puñado de horas antes, el Presidente sellaba una ‘pax’ transitoria con la Mesa de Enlace ante quien asumió el compromiso de ‘por ahora’ no retocar las retenciones ni intervenir en los mercados. Les reclamó claro hacer todo lo posible por incidir en la larga cadena que va desde el productor primario hasta que la gente compra el producto.

Si algo conoce Alberto Fernández, más allá de las cuestiones técnicas, es la lógica peligrosa que tiene un enfrentamiento con el sector más dinámico de la economía. Justo el que más dólares puede aportar. Por eso la intervención de Solá fue oportuna. Para el ex ministro de Menem, el campo debe ser un aliado del gobierno peronista y no un enemigo. Su visión convive con la de otros, como el senador Parrilli, que vomitan sapos y culebras y defienden la visión de los últimos años de Cristina en el poder. No en vano, aquella pelea del 2008 marcó a fuego la permanencia de Alberto en la Jefatura de Gabinete de donde terminó eyectado. Aunque a veces sus movimientos no lo delaten, en su memoria sobrevive aquel conflicto y los caminos innecesarios por los que transitó.

Tampoco él mismo contribuye con las amenazas públicas porque lo dejan mal parado. En la interna, los más duros no le perdonarán porque dio marcha atrás. En la externa la movida mella la autoridad presidencial o, lo que es peor, devalúa su palabra. Pero Alberto es Alberto con sus contradicciones a cuestas y su eterna lucha con los fantasmas que le permitieron llegar al poder.

En ese zigzagueante camino deberá descifrar algunas de las claves, al menos para enfriar el proceso inflacionario. Los economistas de siempre, esos que no aciertan nunca, vociferan que el retraso del dólar, es peligroso pero necesario para un año electoral y un mensaje eficaz para mantener a raya los precios. No será posible hacer lo mismo y pisar el precio de los combustibles y las tarifas que están esperando agazapadas para pegar el salto.

La urgencia electoral quizás lleve a una postergación, aunque no a una suspensión de las PASO. Hasta esto debate el gobierno porque no todos piensan lo mismo. Si hasta Sergio Massa aprovechó para sumarle ítems a su proceso de diferenciación aclarando que nunca es bueno modificar las reglas de juego en el mismo año electoral. Claro que la estrategia de Massa, como el impulso de la modificación de la alícuota del Impuesto a las Ganancias, tiene un objetivo bien distinguible y de doble resultado. Le sirve al propio titular de Diputados para tomar distancia de las cosas que no le gustan de su propio gobierno y, al mismo tiempo, desandar el camino de la reconciliación con sectores de clase media enojados con la política oficial y la falta de cumplimiento de varias promesas de campaña, entre ellas el tema ganancias. Desde el Presidente, hasta Cristina, pasando por Massa y compañía, saben que persuadir a esos votantes será la diferencia entre perder y ganar en octubre o cuando se hagan las elecciones legislativas este año. Y nadie mejor ni más apto que el peronismo para ofrecer esas alternativas. De izquierda a derecha, de arriba para abajo, todo tiene cabida en ese eficaz disfraz. Massa, que fue aliado primero, enemigo feroz después y ahora comparte gobierno con Cristina, es el hombre indicado para la faena.

Serán los votantes al cabo los que definan el éxito o no de la iniciativa. En su propia carrera contra la herencia de Macri, las secuelas de la pandemia que todavía no terminó y su eficacia para gobernar, el Presidente se juega una parada brava.

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