El peronismo busca liderazgo para ponerle clavos a la transición
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Para los que conocimos y disfrutamos siendo adolescentes la década del '80, alguna vez escuchamos hablar del Samba. Estaba en el desaparecido Italpark, un parque de diversiones de Capital Federal. Si el Samba hoy existiera, bien podría invitar a más de un político, especialista en equilibrio, para que diera cátedra. Jorge Barroetaveña Todo indica que así se definirá la convulsionada interna del peronismo bonaerense, que condiciona al resto de la oposición y también a parte del gobierno. Cansados, los gobernadores con Schiaretti y Manzur a la cabeza, más Bordet y otros resolvieron marcarle la cancha el miércoles desde la Casa de Entre Ríos y avisar que ellos no están dispuestos a inmolarse por nadie. A los caciques provinciales les interesa, por ahora, cuidar su pago chico y asegurarse los fondos para pagar los sueldos y hacer obras. ¿Qué la Nación tiene otro color político? Justamente, por eso lo hacen. Molesto, el gobernador con mayor peso propio, Juan Schiaretti, fue claro: "No me voy a meter pero que el peronismo bonaerense resuelva sus problemas. Nosotros pensamos en el peronismo después de octubre y no vamos a poner en riesgo la gobernabilidad. Cada vez que hubo crisis en la Argentina, el resultado fue más pobreza. No queremos caer de nuevo en ese error". Algún desprevenido, sin saber quién lo dijo podría sospechar que fue un oficialista. No es así.Pero Schiaretti, como la mayoría de los mandatarios opositores, propició otro gesto la semana pasada, como para dejar en claro que la pelea electoral, desean, sea de baja intensidad: bajó al mejor candidato que el peronismo cordobés podía presentar para octubre, que es José Manuel De la Sota. El gesto, leído a partir de la buena relación que los cordobeses tienen con Macri, fue en la misma dirección que sus palabras.Cada gobernador pues, hará lo que mejor le parezca para cuidar su distrito, independientemente de lo que suceda en la caótica Buenos Aires.Un sector del peronismo, el más refractario al kirchnerismo, no quiere quedar atrapado en esa puja. Ese deseo, claro y conciso, tampoco tiene aún quién lo lleve a la práctica. En los '80, cuando la política conminaba a tirar por la ventana a los 'Herminio Iglesias', estaba Antonio Cafiero, que supo catalizar aquella renovación, poniéndole raciocinio y empuje. Hoy, ni Randazzo ni Urtubey, por ejemplo, parecen tener algo de aquel Cafiero.El peronismo es, pues, un barco a la deriva, con candidatos que suben y bajan, o quedan a merced de los escándalos privados. Y de los caprichos y los apellidos. La reunión por la unidad frustrada del miércoles fue un sainete. Era para unir al 'peronismo' pero lo que menos había eran peronistas. Desde Sabatella hasta D'Elía, pasando por Moreau o terminando en Boudou. Y los intendentes bonaerenses, que no necesitan mucho para soliviantarse no lo digirieron y pegaron el portazo. Cuentan que esa noche el teléfono de Randazzo volvió a ponerse colorado. De vergüenza no por supuesto, algo que varios perdieron hace rato.Ausente sin aviso, Cristina Kirchner supone que con Máximo alcanzará para alinear la tropa. Una tropa deshilachada que busca definiciones. La mayoría al menos quieren escuchar de su boca si será o no candidata. No están dispuestos a esperar hasta último momento. Cristina actúa todavía como si fuera Presidenta de la Nación y la conductora natural del peronismo. Lo primero es evidente que ya no lo es y lo segundo nunca lo fue. Para ella el partido siempre fue una presencia molesta. Nunca le gustaron las clásicas roscas ni entenderse demasiado con gente que tampoco conocía. Para eso estaba Néstor que manejó como pocos los hilos de esa relación.Ahora, sin la cobertura que da el poder, y después de la derrota del 2015, de la que tampoco se hizo cargo, su decisión urge, más no la presencia de Máximo. Con el apellido no alcanza para domesticar a esa tropa sin rumbo. Sólo el peso de los votos duros del Conurbano podría ponerla en caja. Y quizás ni siquiera eso alcance.En este río revuelto, ganancia para los pescadores y para el oficialismo, que monitorea cada devaneo opositor. Que haya uno, dos o varios peronismos es el principal objetivo. No importa cómo se llamen o por dónde vayan.Tampoco, sostienen, que los candidatos propios tengan escaso nivel de conocimiento como los casos de Bullrich o González. Si no hay conocimiento, es fácil hacerlos conocidos. Aunque todos se encomiendan a 'San María Eugenia'. Creen que bajo el paraguas protector de Vidal, los votos llegarán por decantación. Teoría que solo se comprobará el día de la elección.A izquierda y derecha, Massa intenta hacer callar los cantos de sirena que llegan desde el PJ no kirchnerista y buscan soplarle referentes. Ya se lo llevaron a Alberto Fernández y a Rodolfo Daer, el triunviro de la CGT. La próxima presa sería Facundo Moyano, que sigue vociferando que no se mueve del Frente Renovador pero no se priva de decir que el peronismo debe ir 'unido' a las elecciones.Parece una empresa más fácil plancharle los rulos a Lousteau que evitar los pases entre los distintos sectores que adscriben al peronismo. ¡Qué paradoja! El peronismo siempre fue un movimiento. Lo sigue siendo. Pero hoy no tiene conductor. Ese es su punto débil.
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