Opinion |

El peronismo juega con fuego y con el futuro de Cambiemos

Sigue siendo el peronismo el que tiene la llave de las definiciones este año. No hay vueltas. Se puede girar el tablero, mirar atrás del telón o levantar el mantel, pero se llega a la misma conclusión. En junio se vencen los plazos para las candidaturas. Y la pelea está abierta. ¿Será Massa? ¿Será Lavagna?, ¿Será Urtubey?, ¿Será Cristina?   Jorge Barroetaveña     Deshojan la margarita y se van acomodando a las circunstancias. En un par de reuniones que tuvo con él, a Sergio Massa pareció quedarle la impresión que Roberto Lavagna quiere que todos se rindan a sus pies. No los cubiertos de medias y franciscanas como la inmortal foto, sino a los pies de su ego. Porque en esta pulseada sorda que libran los dirigentes del peronismo, los egos juegan un papel clave. Desde Cristina hasta Massa. Desde Lavagna a Urtubey o cualquier otro que tenga aspiraciones serias. En un claro mensaje a sus adversarios el tigrense presentó en la Rural una especie de declaración de principios bien general con lo que haría si llega al poder. Desde algún lugar que no es Cariló donde vacaciona, Lavagna le contestó con pocas pulgas que no comulgan el mismo proyecto. En realidad las diferencias no parecen ser tantas. Hay una cuestión de metodología que los separa. Lavagna, la esperanza ‘blanca’ del establishment, no quiere embarrarse en una interna, y tampoco quiere saber nada con Cristina. Sueña con que todos van a bajar para apoyarlo a él, o al menos le van a sembrar de rosas el tránsito a octubre. Y Massa, que ya tiene el cuero curtido por un par de derrotas duras, sabe que nadie puede quedar afuera del plato si le quieren ganar a Cambiemos. Y le van corriendo los límites. Hace poco la propia Cristina dijo que no tendría problemas en reunirse con Massa y el encargado de llevar el mensaje fue Máximo. Alberto Fernández, el operador todoterreno e ideología, es un puente de plata entre ambos. Claro que no todos en el peronismo alternativo piensan como Massa. Urtubey se sigue resistiendo a saber algo de Cristina, lo mismo que Pichetto y un núcleo duro de gobernadores. Aunque de ellos, el más difícil que era Schiaretti, parece que Massa lo está por convencer de guardar el poncho cuando escuchar hablar de los K. No lo admiten pero la irrupción de Lavagna los incomodó a todos. El ex ministro de Néstor, cuyo principal mentor es Eduardo Duhalde, les hace roncha. Los pone además en una situación incómoda porque los obliga a sumarlo a la mesa de las decisiones. Lo paradójico es que Lavagna también provocó remezones en el oficialismo, sobre todo entre los radicales. El pasado del economista lo llevó a ser candidato presidencial con un radical (Morales) hoy gobernador de Jujuy. Vaya paradoja del destino que ahora, otro sector de la UCR, no vería con malos ojos un acercamiento. Son los enojados con el PRO por la escasa participación en el poder que han tenido en estos años, y cualquier oferta más o menos digna que reciban, la pasan a considerar. Entre ellas, la de ir con Lavagna, no es tan mala. Llevarse a Lousteau en la arremetida forma parte de sus cálculos. Hasta de pelear algunos distritos grande como la Capital, recordando el susto que “rulo” (Lousteau) le pegó a Rodríguez Larreta en el último balotaje. El radicalismo, si no aprovecha el momento de debilidad que vive el PRO se recibe de ingenuo. El jueves, en un restaurante porteño, los coroneles de Cambiemos empezaron a diagramar una nueva división del poder. Peña, Vidal, Rodríguez Larreta, escucharon con atención las condiciones que Cornejo y Morales les ponían para los nuevos parámetros de la relación. Los pedidos incluso fueron más allá y se metieron en cuestiones económicas, no sólo políticas. Los urgieron a tomar medidas para reactivar la economía y salir en auxilio de algunos sectores productivos que están en la lona. “Si la situación no mejora vamos a perder…”, advirtieron los radicales que perciben cierta apatía presidencial a la hora de identificar las dificultades. Unas horas antes, el Presidente Macri había estado en Entre Ríos para apoyar a los candidatos locales y provinciales. No pasó desapercibido, y dejó una estela de enojados, desde el gobernador Bordet hasta la empresa de energía eléctrica provincial que salieron a contestarle. Los pocos que llegaron a hablar con él le transmitieron la angustia de los sectores productivos y hasta dónde la inflación hace estragos entre los más necesitados. Abrazado a su discurso, el Presidente repitió como una letanía que ‘este’ es el camino y que está haciendo ‘lo que en 80 años nunca se hizo’. Como esperando escuchar buenas nuevas, a cada rato habla con Dujovne para preguntarle por los números de la economía, tratando de vislumbrar algún indicio de reactivación y saber cuándo eso llegará a la gente. No son pocos los que ven al Presidente resignado a la casi epopeya de ganar la elección con números abiertamente desfavorables. Ahí aparece el eterno engaño de Cristina y el espejo que devuelve la imagen contraria. Los estrategas de Cambiemos han hecho maravillas en los últimos años. Si algo sabe Durán Barba es ganar elecciones. En esta la cosa se le ha puesto cuesta arriba. El maquillaje y los discursos no alcanzan para ocultar la realidad. Apenas pueden disimularla. En seis meses Cambiemos se juega la ropa y su propia subsistencia. Han cometido tantos errores que su futuro parece estar en manos de otros. Claro que ‘los otros’ tampoco son garantía de nada.

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