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El peronismo prueba sus límites con la pelea de Alberto y Cristina

Un mínimo gesto de autoridad. La cena del martes en Olivos, las declaraciones de Losardo, la contestación de Solá. Algo para contrarrestar la andanada de la Vicepresidenta el viernes pasado. Y de sus seguidores que ni siquiera disculparon a los que no aplaudieron. Ahora hay dos grietas en la Argentina. La de afuera y la de adentro. La exterior ya la conocemos. La del gobierno se está construyendo.

Por Jorge Barroetaveña

El acto en el Estadio Único de La Plata, de ahora en más Diego Armando Maradona, fue convocado y armado por Axel Kicillof. La idea era, más allá de las diferencias, dar muestras de unidad en la coalición gobernante, demostrar en público que siguen todos arriba del mismo barco y que más o menos hay coincidencia en el rumbo.

Sergio Massa y Máximo Kirchner más o menos la pilotearon. Tiraron algunos tiros pero fueron medidos en sus palabras. Todo se fue por la borda cuando la Vicepresidente tomó el micrófono y durante casi media hora se dedicó a pasar facturas a los funcionarios, al propio Presidente y a remarcar cuál debe ser la política económica del próximo. Hay que reconocer algo: Cristina es sincera y se lo dijo en la cara. Dejó la carta, los voceros, los dimes y diretes, para decirle al Presidente todo lo que pensaba. Honestidad brutal.

En sus palabras ratificó lo que escribió hace un par de semanas. Con el “búsquense otro laburo si no se animan”, se convirtió en tendencia. Barrió grueso porque cayeron todos en la volteada, del Presidente para abajo. Un poco después llegó Alicia Castro, ex embajadora frustrada en Rusia que terminó mal con Alberto, para pedir condena a los que no aplaudieron, sobre todo Juan Pablo Biondi, amigo personal y responsable de la comunicación del gobierno. Biondi, tibio, apenas retrucó con un posteo ensalzando la figura de sus compañeros. El daño ya estaba hecho.

La Vicepresidenta fue más allá de lo político, y le marcó la cancha a Martín Guzmán. Tarifas, salarios y precios tienen que estar alineados, lanzó. Y rescató la demanda como único motor para el despegue de la economía. Para remacharla, al Presidente no se le ocurrió mejor frase que decir “hice lo que me mandaste”. Poco importa lo que siguió, sino el efecto que su expresión causó.

Esa noche de La Plata el gobierno de la coalición que ganó el año pasado y desbancó a Cambiemos del poder entró en estado deliberativo. ¿Qué cabezas pidió Cristina delante de todos? Solá, Losardo, Biondi, Kulfas son algunos de los “funcionarios que no funcionan”. A Solá nunca le confiaron y lo condenan por su doble discurso con Venezuela. A Losardo no le perdonan hacer poco por las causas que el kirchnerismo tiene en tribunales y su actitud pasiva ante los reclamos. ¿La reforma judicial? Le hizo pito catalán y por eso le pasan factura. A Biondi le reprochan problemas de comunicación, algo tan viejo como los gobiernos. Si nos va mal o hay muchas críticas es porque no sabemos comunicar. Encima es amigo personal del Presidente.

Con Kulfas las cuestiones son más profundamente económicas. Lo acusan de haber fracasado en los controles de precios y ser muy blando con las corporaciones.

En la intimidad, a la que acceden muy pocos, sostienen que Cristina está arrepentida de haberlo elegido a Alberto. Que se pregunta por qué no fue ella la candidata. Es una hipótesis claro que nunca tendrá respuesta. Todas las encuestas decían que ella, sola, no le podía ganar a Cambiemos. Pese a la crisis, los cuestionamientos y el fracaso económico de Macri. Que Alberto era el puente de plata para los sectores refractarios del peronismo y una porción del electorado veleta, que a ella no la digiere. Cristina no se equivocó. Fue una jugada maestra que le permitió al peronismo retornar al poder. Pero una cosa es ganar una elección con una coalición y otra diferente es gobernar con ella.

La distribución del triunfo fue por loteo. Nadie podrá negar que el kirchnerismo, puro o a través de La Cámpora, domina amplios espacios de poder. Las principales ‘cajas’ del estado le pertenecen, tanto como el dominio del Parlamento. En el Senado la vice hace y deshace y el Diputado Máximo impone condiciones. Sólo Massa intenta disimular, muchas veces sin éxito, semejante alarde de poder.

Por eso, las cajas destempladas de Cristina para con Alberto y su gobierno, que es el mismo de ella, no encajan. No hacen más que debilitar la autoridad presidencial e hipotecar cualquier intento de salida a la crisis económica que podría derivar en una política. Mucho se ha escrito sobre esto en los últimos meses. A ninguno le conviene romper con el otro. Les será difícil sobrevivir si dinamitan la pareja. No sólo como coalición sino como gobierno.

Pero Cristina no para de sacudir la caja. La abolla, la dobla y la azota contra el piso. Es cierto que el peronismo no es de cristal. Que es flexible y con tal de conservar el poder se banca todo. Aunque hay límites. Los están probando. No se vayan a pasar de rosca muchachos porque en el revoleo perdemos todos.

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