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El peronismo vuelve al poder pero no tendrá un cheque en blanco

No hubo sorpresas, o sí. El panorama que quedó después de las elecciones del domingo elevó a Alberto Fernández a la categoría de Presidente electo. Es cierto que no fueron los guarismos de los que hablaban los eficaces encuestadores y que la diferencia fue menos con su correspondiente impacto, pero el 10 de diciembre habrá nuevo jefe en la Rosada y nueva jefa en el Congreso. ¿Quién lo hubiera imaginado hace un año?

Jorge Barroetaveña

Hay que reconocer que la movida que hizo Cristina Kirchner cuando eligió a Alberto Fernández fue clave en la historia. Por primera vez en mucho tiempo, la ex presidenta hizo una evaluación correcta de su situación personal y hasta dónde condicionaba las chances de victoria del peronismo. El gesto de dar un paso al costado, dejando para las cámaras el centro de la escena, tuvo un doble efecto. Dejó sin argumentos a sus detractores internos, sobre los que decían que con ella no iban ni a la esquina, y descolocó a Cambiemos con Durán Barba a la cabeza que había estructurado toda su estrategia con ella en la cúspide de la fórmula. Algunos como Massa igual se vieron obligados a forzar sus argumentos para dar la voltereta pero les dio resultado. Algún día el peronismo le deberá reconocer a Massa que ganó por él en la Provincia de Buenos Aires. Esos diez puntos que le aportó a la fórmula Fernández-Fernández fueron claves para recuperar el poder. “Yo no podía ser cómplice de otra derrota peronista y menos de la continuidad de Macri…”, se cansa de justificar el tigrense. Todavía espera que le paguen porque sabe que su factura es abultada.

La economía terminó inclinando la balanza. Tal como se esperaba, aunque no es un dato menor el 40% que recibió el candidato perdedor y Presidente hasta el 10 de diciembre. Se equivocan los que explican ese porcentaje alto sólo en un anti-peronismo militante. Es más anti-kirchnerismo que otra cosa, con su correlato de reclamo de mayor transparencia en la administración de la cosa pública y el ‘que devuelvan lo que afanaron’. Es, en líneas generales, la misma clase media que se sintió decepcionada con Cambiemos pero que, ante la opción de hierro, de votar algo con aroma K, resolvió quedarse con lo que había.

Otro sector de clase media, sobre todo en el Gran Buenos Aires, sí le dio la espalda al oficialismo y así se explica el resultado final. No hubo sorpresas ni en el norte ni en el sur y la Ciudad de Buenos Aires vota casi de memoria en cada turno.

Después de los primeros guarismos y enancados en las encuestas que le daban hasta 15 o 20 puntos de ventaja, los principales referentes del Frente de Todos tenían un gusto amargo el domingo. Menos les gustó el rostro tranquilo de Macri, su anuncio que seguirá liderando la oposición y el pretendido ‘acá no pasó nada’. Por eso el discurso bélico de Kicilloff, enrostrándole la crisis a Cambiemos, con números incluidos.

Es que Alberto imaginaba una victoria más holgada, con mayoría en ambas cámaras que le diera otro margen de maniobra. Tras que tendrá que lidiar con los cristinistas, también se verá obligado a negociar con la oposición de Cambiemos, sobre todo en Diputados. Lo mismo para Kicilloff, pero peor, en Buenos Aires. Será minoría en el Senado y con fuerzas parejas en Diputados. Lejos del escenario que imaginaron en las PASO. Pero, ¿quién hubiera imaginado a Fernández Presidente hace menos de un año? El peronismo se encaminaba hacia otra derrota electoral que lo dejaría con futuro incierto. Alcanzó con la desastrosa situación económica y la jugada de Cristina de bajar un peldaño en la escalera hacia la Rosada. Les alcanzó y les sobró.

Más allá de la foto, celebrada por el establishment que ha recibido con los brazos abiertos a Alberto Fernández, el camino al cielo está sembrado de espinas. Para el que se va y para el que llega. Macri, al final de su carrera, se vio obligado a hacer lo mismo que Cristina, poniéndole un súper cepo al dólar, para garantizar que queden reservas el 10 de diciembre. Otras cosas, como los aumentos tarifarios no podrá contener. Igual que los cuestionamientos internos a su liderazgo, fortalecido por los votos, pero debilitado por el fracaso económico que se llevó puesto a su apuesta más importante que fue María Eugenia Vidal.

El futuro de Cambiemos está por escribirse. Si Macri quiere liderar la oposición quedó en buenas condiciones para hacerlo. Pero pueden surgirle competidores. Alberto Fernández tendrá otros problemas más urgentes y desgastantes. Atender la crisis que hereda, conseguir que le den tiempo para aplicar sus políticas y abroquelar a todo el peronismo detrás suyo. La foto del triunfo fue una luz amarilla. Tanto que se tomó un avión a Tucumán para aplacar los ánimos de sus aliados. Para tomar medidas de fondo hace falta respaldo político. Y los que conocen de historia sostienen que sólo el peronismo puede hacerlo. Alberto tendrá algo que no tendrá ningún otro: la lapicera del poder. ¿Le alcanzará con eso?

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