El peso que ejercen costumbres y hábitos
Mientras cada cual cree vivir por su cuenta, en virtud de razones que supone personales, se suelen perder de vista aquellos automatismos que llevan a actuar y que son difíciles de cambiar.Se adquiere conciencia de esta suerte de "piloto automático", de estas formas rutinizadas de conducta, cuando osamos cambiarlas o intentamos alterarlas porque se nos ocurren nefastas.Entonces coincidimos con el poeta latino Ovidio, quien llegó a la conclusión de que "nada es más fuerte que el hábito". Otro romano antiguo, Marco Tulio Cicerón, percibió que "con la costumbre se forma otra naturaleza".Casi la mitad de las cosas que hacemos a diario (el 40%) no las realizamos en forma racional, según una investigación realizada por la Universidad de Duke, de Estados Unidos.Por esta razón, de acuerdo al informe, cada vez que intentamos cambiar un hábito estamos forzando al cerebro a invertir energía en una acción que antes era realizada automáticamente, sin esfuerzo alguno."Los hábitos son pequeños rituales con los que demarcamos la vida (alimentarios o de higiene, por ejemplo), que dan cierta temporalidad rítmica, le dibujan un rostro a nuestra vida, que ha dejado de ser pura biología, y se ha transformado, tejida en estos rituales, en vida simbólica", define la psicóloga Malena Elmiger.El hombre es un animal de costumbres, es alguien que está sometido a rutinas establecidas. Ahora bien, que la mayor parte de las decisiones que tomamos a diario no sean producto de una toma de decisiones, sino de disposiciones adquiridas, tiene sus bemoles.En principio el hábito hace a la economía del psiquismo humano, que siempre está buscando una forma de ahorrar esfuerzo. Conductas básicas como comer, caminar o conducir un vehículo, están automatizadas.El problema es que no todos los hábitos son buenos. Pueden convertirse en destructivos de la personalidad, en lugar de constructivos. La pereza y la holgazanería, por ejemplo, son malos hábitos.El analista Moisés Naím, al preguntarse por la persistencia de la crisis ecológica global, plantea que el principal problema es la naturaleza humana, que se resiste a cambiar ante el peligro inminente.En su opinión, la adicción al consumo de carbono es tan difícil de romper como la dependencia al tabaco, al azúcar o al alcohol. Nos hemos acostumbrado, en el fondo, a un estilo de vida que es incompatible con la vida del planeta."La manera en que alumbramos, calentamos o enfriamos nuestras casas y oficinas, nuestros medios de transporte o los productos que consumimos —de plásticos a hamburguesas— implican un alto consumo de carbono que, una vez emitido a la atmosfera como CO2, contribuye a calentar el planeta y a enloquecer el clima", razona.Naím sostiene, por otro lado, que no hay nada más eficaz para modificar hábitos y costumbres de vida poco sanos que padecer un infarto que no nos mate. Por lo general son estos tipos de sustos los que son capaces, lamentablemente, de producir cambios de conducta.Por lo visto las señales que nos está mandando el planeta -a través de los fenómenos de cambio climático- no son suficientes para alterar nuestra adicción al consumo de carbono.El analista razona, entonces, que quizá solo un "infarto climático" pueda tener la capacidad de obligar a la humanidad a modificar su estilo de vida. Pero es probable que cuando eso ocurra sea tarde, porque ya no habrá tiempo de reparar el daño provocado.
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